Nuestra autonomía municipal: ¿feudo o gobierno innovador y eficaz?

La autonomía municipal resulta una novedad de la actual Carta Magna. Su institucionalización no comenzará hasta aprobarse el Reglamento del gobierno de la República. Sin embargo, todo proceso posee una etapa anterior a su inicio constitutivo, formal. Por eso, de seguro, pronto escucharemos al respecto, y será posible atisbar hechos, afanes, acomodos.

Dicho estatus pretende que esta instancia (la más inmediata del ciudadano) constituya la unidad política primaria y fundamental de la organización del Estado. Esta idea debe lograr solidez y su praxis habrá de consistir en un colosal re-dimensionamiento. En ello, el gobierno del municipio dejaría de ser un mero administrador a partir de las orientaciones de las instancias superiores de gobierno. Continuará subordinado al gobierno provincial y al ejecutivo central, y su desempeño estará signado por el ejercicio de la administración, pero ahora con la potencialidad y la obligación de instituirse como sujeto creativo del desarrollo humano en el municipio y en cooperador de este propósito en todo el país.  

Mucho debe analizarse sobre las robustas facultades y las proliferas actividades que deberían resultar prioridad del gobierno municipal, sin perjuicio de las responsabilidades del gobierno central y del ejecutivo provincial. Igualmente, será imprescindible comprender que, para su desempeño real, dicha autonomía necesitaría de recursos económicos que, además, deberían ser adquiridos, en buena medida, por el propio gobierno municipal. Al respecto, no me referiré en este artículo, pues ya esbocé algunas ideas en un texto titulado “¿Autonomía municipal y gobierno provincial sui generis?”, y me propongo extenderlas en otros trabajos.

El gobierno del municipio dejaría de ser un mero administrador a partir de las orientaciones de las instancias superiores de gobierno.

Sin embargo, la autonomía municipal posee otra arista de tanta envergadura como la esbozada. Esta no poseería sentido ni potencialidad, si deja de resultar un medio que empodere e implique a la ciudadanía y conduzca a su beneficio. Ello exige trabajar para que las personas del territorio no se perciban como meros empleados y contribuyentes al fisco; sino además como vecinos de una localidad; e igualmente logren constituirse en ciudadanos hacedores del municipio; concibiendo éste como unidad primaria que, junto a otros peldaños y medios, las convierte en protagonistas del Estado. Pero este propósito, que pudiera parecer simple y fácil, tiende a ser arduo; pues demanda fortalecer el sentido de “comunidad municipal” y de “sociedad civil en la localidad”, así como “entretejer esto con el ejercicio del gobierno”, y asegurar que se “encamine al bienestar de la comunidad, de los individuos y de las identidades particulares”. 

Para hacerlo, deberíamos tener claro que la “comunidad” es el organismo vivo; y está vinculada a los afectos compartidos y a las aspiraciones comunes; y proviene de la proximidad territorial, del parentesco y de cierto humus; capaces de crear intereses sociales, culturales, económicos, políticos. Asimismo, hemos de comprender que la “sociedad” proviene de las construcciones mecánicas que parten de todo lo anterior y están mediadas por ello; y se realiza a través del interés, del cálculo, de la evaluación instrumental, la deliberación y del tejido asociativo.

Además, será necesario aceptar que todo ello será tal, sólo si consigue ser atravesado por la conjunción de -los fundamentos, las ideas y los objetivos de la comunidad; -las necesidades, las aspiraciones y lo intereses de los individuos; y -las demandas, los anhelos y los intereses de las identidades particulares (por ejemplo: grupos religiosos, expresiones culturales o sociales minoritarias, sexuales y de género). Esto, como ya indiqué, demandará un sistema instrumental que facilite dicha conjunción, desplegada por medio de la sociedad civil, así como su integración al desempeño gubernativo municipal y al logro del bienestar compartido; aunque tampoco me referiré a ello en estas páginas.

Continuará subordinado al gobierno provincial y al ejecutivo central, y su desempeño estará signado por el ejercicio de la administración, pero ahora con la potencialidad y la obligación de instituirse como sujeto creativo del desarrollo humano en el municipio y en cooperador de este propósito en todo el país.  

Por otro lado, no tienen razón quiénes indican suspicacias acerca del empoderamiento de las singularidades, alegando el peligro de la fragmentación y del localismo, de la factible desarticulación y del posible desinterés por la comunidad nacional. La autonomía municipal debe provocar todo lo contrario; porque se trata del desarrollo de matices, de concreciones y de momentos, de ese mismo universo de singularidades que conforman toda la sociedad del país y constituyen la comunidad nacional. Otra cosa sería que, por error, se impongan obstáculos que afecten la universalidad e integralidad nacional de este desenvolvimiento. Incluso, podría sostener que, en alguna medida, nuestros intereses e identidades particulares también forman parte de las singularidades que conforman la humanidad “toda”, y nadie debería considerar esto un peligro, sino una oportunidad.

Trato el tema con la intención de suscribir que un buen propósito puede conducirnos al mejoramiento o a la frustración, en dependencia de cómo lo edifiquemos. Por ello, advierto acerca del rigor que demanda la institucionalización de tal autonomía. Debemos lograr una forma de gobierno innovadora, participativa y eficaz, y alejarnos del peligro de instituir una especie “feudo”, que habremos de lamentar. Sobre ello, alguna experiencia positiva podemos encontrar en el mundo actual, y en su decurso anterior. Sin embargo, también podríamos hallar consecuencias negativas provocadas por “autonomías mal concebidas”.

Estoy seguro de que podremos tener disimiles formas de concebir esta autonomía, pero nadie desea su distorsión, ni su fracaso. En tanto, anhelo el esfuerzo más cualitativo posible en torno a esta idea, que ya entusiasmaba en nuestro siglo XIX y fue anhelada durante todo el siglo XX.          

Trabajo publicado en el Boletín INSIDER, en La Habana, correspondiente al día 10 de noviembre de 2019.

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