Redimensionemos la política

Las dificultades para una convivencia humanizante atraviesan el tejido de muchas sociedades. Resulta complejo alcanzar una interrelación adecuada entre todas las cosmovisiones de las mayorías y minorías sociales, de las identidades particulares (por ejemplo: grupos religiosos, ciertas expresiones culturales, así como proyecciones sexuales y de género) y de las individualidades.  

Todas pueden ser legitimas, pero poseen historias diferentes y han forjado intereses y propósitos que, muchas veces, proceden de forma discordante. Ocurre una cierta querella entre cosmovisiones e identidades desarrolladas durante buena parte de la historia, y entre algunas de estas con otras con expresiones emergentes que, incluso, pueden haber padecido sometimiento, exclusión.    

Es imposible evitar las tensiones, las disputas, los conflictos, que resultan de la naturaleza de los acontecimientos. Sin embargo, no deberíamos aceptar una batalla por el aniquilamiento entre unos y otros, por la búsqueda de nuevos vencidos y victoriosos, por exclusiones distintas, etcétera. Debe imponerse el respecto y el reconocimiento, el acuerdo y la inclusión.

Ello implica el desarrollo de reglas y actitudes apropiadas para una sociedad diversa que debe procurar la dignidad de todas y de cada una de las personas. Por eso, todas las singularidades deben poder existir con la mayor plenitud posible; hacerse presente en toda la sociedad por medio de relaciones que pretendan reciprocidad y a través de los espacios públicos comunes y particulares; así como promover sus legitimas demandas sin escamotear las solicitudes o logros de las otras singularidades, ya tengan expresiones emergentes o tradicionales.

En tal sentido, sería impolítico pretender el cumplimiento de algo, por parte de toda la ciudadanía, porque sea una demanda legitima de una parte de la sociedad. Por ejemplo, no deberían imponerse ciertos cánones educativos que habrían de cumplir todas las instituciones educativas de un país si no proviene de un consenso general. En lugar de un avance social y cultural, estaría gestándose un retroceso seguro.

En estos casos, podrían educarse en tales cánones sólo quiénes lo deseen y pudieran ofrecerlos, como norma para todos sus estudiantes, aquellas instituciones docentes particulares que los hayan incorporado. Pero no deben ser impuestos a todo el estudiantado sin que ya sea una proyección cultural compartida. Esto no sería exclusión, ni menoscabo, sino oportunidad, igualdad, factibilidad de una evolución madura, convivencia civilizada. Asimismo, las singularidades tradicionales que han disfrutado de hegemonías no deben oponerse a esto. Tienen la obligación de garantizarlo.    

Señalo el tema de la educación por su centralidad. La persona es libre únicamente cuando puede ejercer su conocimiento y su voluntad. Por ello, resulta imprescindible la educación, la cultura y la espiritualidad. Una persona y una sociedad sin educación, y además al modo que demandan sus retos culturales, no podrán ser auténticamente libres.

Igualmente concurren otros temas centrales como por ejemplo el trabajo. Sin un empleo digno y con remuneración justa, la persona quedaría desprovista de condiciones para el ejercicio del conocimiento y de la volutad; o sea, de la libertad.

Las actuales dificultades de esta índole reclaman la solidez ese Estado de derecho que instituye la aconfesionalidad y laicidad del Estado. En sus orígenes estos dos términos esbozaban la separación entre las iglesias y el Estado, así como la prohibición absoluta de que alguna religión fuera oficial o gozara de beneficios otorgados por el poder a los cuales no tuvieran acceso las otras religiones.

Sin embargo, con el paso del tiempo también ha implicado la exigencia de que no existan filosofías e ideologías oficiales, como garantía para que el Estado logre ser integrador y canalice todas las opciones existentes. Esto no se refiera a que las ideologías vigentes en una sociedad dejen de hacerse presente en las dinámicas sociales y estatales, sino que lo hagan sólo como mediación y de manera plural y equilibrada, y jamás de forma única, absoluta, soberbia, excluyente.

A la altura del siglo XXI, nuevamente diversas sociedades se encuentran en una senda que se bifurca entre “la lucha por el aniquilamiento recíproco” o “el redimencionamiento de la política”. El momento exige escoger.

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