Otras dimensiones en tiempos del coronavirus

Por Domingo Amuchástegui

No pocos especialistas del tema cubano (unos con júbilo morboso y otros con seria preocupación) valoran desde el exterior la actual situación en la Isla en términos cada vez más alarmantes. Ñp hacen hasta tal punto que utilizan la célebre fórmula de una “tormenta perfecta” para describir lo que se avecina.

Sin lugar a dudas, la situación puede alcanzar perfiles de extrema gravedad, pero (entiéndase bien) no en la dimensión de la salud pública y la asistencia sanitaria a la población. En esto el sistema de salud del país (incluso en condiciones de emergencia extrema) da todavía sobradas muestras de su eficacia. Algunos datos (abril 15) de fuentes oficiales consignan 2 466 hospitalizados, de estos 814 confirmados, 151 recuperados y 24 fallecidos. En comparación con el resto de los países de América Latina, Cuba presenta un cuadro realmente menor.

No ocurre lo mismo cuando examinamos la dimensión económica. Pero, hay que tener mucho cuidado en culpar tanto al virus como a la guerra económica desatada por la administración Trump. No por casualidad aclara el economista cubano Ricardo Torres (Progreso Semanal, 4/8/2020): “La economía cubana ya exhibía un panorama sombrío antes del comienzo de la actual epidemia.” Este panorama se advertía claramente cuando el crecimiento económico promedio anual descendía de forma imparable con un 2,7 por ciento en el 2010-2015 y para el 2016-2019 mantenía la misma tendencia, con un crecimiento de apenas el 1.4 por ciento (datos que aporta Torres).

Esta dimensión macroeconómica de Torres se complementa con datos claves que nos ofrece otro bien conocido economista cubano, Juan Triana Cordoví, en un análisis (OnCuba News 4/8/2020).: “En el bienio 1985-1986 la superficie cosechada total fue de 1 328 600 hectáreas, la producción alcanzó los 68,5 millones de toneladas de productos y los rendimientos fueron de 51,6 por ciento toneladas por hectárea.”

Y agrega la comparación con los resultados entre el 2015 y 2016 (nota: entonces persistía  el embargo, pero Trump no había comenzado su guerra económica). “La superficie cosechada fue de 421 600 hectáreas (nota: obsérvese: casi un millón menos), la producción fue de 18,1 millones de toneladas (nota: 50 millones de toneladas menos) y los rendimientos por hectárea fueron de 43 toneladas por hectárea, o sea, 8 toneladas menos. Si la política oficial hasta hoy clama por una drástica reducción de la importación de alimentos, el factor determinante es su fracasada política durante décadas en la esfera de la producción doméstica de alimentos. Y me permito añadir: este elemento (la producción de alimentos) es esencial para una buena salud.

A manera de conclusión, Triana conecta estos números con el tema del virus y subraya: “La pandemia enfatiza algo que desde hace muchísimos años casi todos sabemos: lo estratégico de tener un sistema de producción de alimentos lo más sólido posible, algo que no hemos logrado jamás.” La conclusión de Torres en este terreno es muy similar y precisa en los términos siguientes: “Ya es hora de que se reconozca que el esquema de producción y distribución actual es un fracaso rotundo y requiere ser revisado desde sus fundamentos. En esa revisión, el sector privado y cooperativo debe ser empoderado.”

Las potencialidades y resultados del sistema de salud de Cuba están ahí. Tienen amplio reconocimiento internacional, incluyendo la Organización Mundial de la Salud (OMS) y la Organización Panamericana de la Salud (OPS). En no menor medida se suman los éxitos de la industria e investigaciones del sector biofarmacéutico. No por casualidad en estos momentos críticos una veintena de países, incluyendo la mayoría de los países integrantes del CARICOM, Italia (regiones de Lombardía y Turín), Andorra, Qatar, África del Sur, Angola, Venezuela y otros han contratado los servicios médicos de que dispone la Isla. Pero semejante componente exitoso no se conjuga “con”, ni es complementado “por”, el cuadro económico antes presentado por dos economistas cubanos bien conocidos.

No obstante, el factor servicios de salud (médicos en primer lugar) y productos biofarmacéuticos se ha visto sensiblemente afectado y reducido por factores polítocos en América Latina. Por ejemplo. La expulsión de los médicos de Brasil por parte de Bolsonaro, contrariando el criterio favorable de todas las municipalidades donde estos prestaban sus servicios. El viraje político del presidente ecuatoriano Lenin Moreno. La asonada golpista de Bolivia.

No se disponen aún de cifras que permitan medir en qué medida los servicios médicos contratados en la actualidad y los mercados para los biofarmacéuticos puedan compensar los reveses hemisféricos antes apuntados.

En semejante contexto, Cuba entró en una fase de aguda recesión y su PIB podrá reducirse en cualquier magnitud, bien difícil de calcular a esta altura. Torres lo sintetiza de la manera siguiente: “Un impacto negativo sustancial es inevitable: abierta, bajo Fuertes sanciones, dependiente del turismo y nulo acceso a algún mecanismo de compensación externa en la forma de préstamos contingentes de organismos financieros internacionales.”

Otras dimensiones que agravan esta situación son:

  • La paralización total de la industria turística a corto plazo y las muchas incertidumbres sobre su eventual recuperación a corto y mediano plazo, así como una sensible reducción del flujo de las remesas de los cubanos emigrados atendiendo a dos condicionantes: a) reducción de los ingresos de estos emigrados y b) la interrupción de los viajes y de los flujos monetarios por esta vía.
  • Las presiones derivadas de las obligaciones financieras de Cuba con respecto a su deuda externa y adeudos comerciales a corto plazo. El G-20 ha acordado una moratoria sobre la deuda de 70 países pobres (40 de ellos africanos) hasta diciembre, insistiendo el presidente francés, Emmanuel Macron, en la hipótesis de perdonar porciones significativas de dicha deuda. Pero Cuba no entra en dicho grupo de beneficiados y tendrá que negociar un tratamiento similar sobre bases bilaterales con el Club de París, con sus acreedores europeos (España en primer lugar) y asiáticos (China en primer lugar). En estas condiciones, y su prolongación incierta, es imposible imaginarse que las autoridades cubanas puedan esperar una mejoría en sus ya reducidísimos niveles de IE.
  • Paralelo a la pandemia, la crisis en los mercados petroleros ha afectado y afectará en el futuro próximo la capacidad de pago de dos grandes deudores de Cuba por concepto de proyectos de cooperación, Venezuela y Angola. Igualmente, no es de esperar en lo inmediato inversiones de parte de ambos en ninguna esfera de la economía cubana, incluyendo la importante esfera del petróleo.
  • Los proyectos multimillonarios acordados con Rusia a finales del pasado año se verán aplazados por tiempo indefinido, con un precedente negativo de muy reciente fecha. Rosneft, la gran empresa petrolera de Rusia, cedió ante las presiones y amenazas extraterritoriales de la administración Trump y anunció el fin de sus operaciones en Venezuela, en cuyo caso cabe plantearse serias dudas sobre sus operaciones, actuales y futuras, en la esfera energética con Cuba. Un panorama muy similar se presenta en las relaciones y acuerdos de La Habana con Beijing, pero con una diferencia muy significativa: China es el principal socio comercial de Cuba y tiene pendiente desde hace años la ejecución de múltiples proyectos acordados y el otorgamiento o no de nuevos préstamos blandos y perdón de porciones de la elevada deuda de Cuba con China.

Ante todo esto, cabe esperar que los proyectos y medidas de reforma o rediseño del inoperante sistema económico de Cuba quedarán, una vez más, “congelados,” a la espera de mejoras circunstancias. Y esto nuevamente pondrá a prueba (esta vez frente a dimensiones inusuales de extrema gravedad) la capacidad de sobrevivencia y recuperación de parte de la dirigencia cubana.

La disposición o no al cambio y las circunstancias venideras dirán la última palabra.

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