Cuba: ¿ cooperativa versus autonomía?

Por Roberto Veiga González

Desde hace mucho tiempo se debate acerca de la economía cubana. Ahora con la agravante de la crisis provocada por la pandemia.

Muchos abogan por la convivencia de la propiedad pública, las disímiles formas de propiedad privada, la propiedad familiar, las diversas expresiones de la asociación económica y la propiedad mixta. La cooperativa es una de las formas de propiedad privada compartida.

Todos estos instrumentos económicos resultan posibles a tenor de la Constitución cubana de 2019. Sin embargo, falta claridad, consenso, disposición.

Con suma preocupación por el bienestar en general y la seguridad alimentaria en particular, algunos exhortan al desarrollo de auténticas cooperativas, tanto para labores agroalimentarias como para otros ámbitos socioeconómicos. Ello representaría el progreso a un escalón superior y sólido (si bien no debe tratarse de imponer la forma cooperativa a todo ejercicio de la iniciativa económica).

Cabe destacar que una cooperativa suele ser una asociación de actores económicos que ponen en común patrimonios y/o medios y/o modos para fines lucrativos. Más bien comparten cuestiones tangibles que por lo general no sean capital.

La asociación de actores económicos en una entidad cooperativa puede implicar sólo la puesta en común de sus productos y servicios en el mercado, o únicamente importar conjuntamente, o exclusivasmente producir juntos, etcétera. También hay otros modos, menos clásicos, pero aún de tal naturaleza.

Por ejemplo, existen centros cooperativos de salud. En estos casos un grupo de “clientes” institucionaliza una asociación con un aporte de cada miembro, a partir del cual habilitan un centro de salud. Además, contratan al personal especializado que requieran. De este modo, esos médicos y especialistas serán retribuidos en la medida que los asociados perciban buena atención y aumente así la cantidad de personas que integren dicha asociación.

No obstante, también existe la posiblidad de unir a los socios para desarrollar todas las etapas del proceso empresarial y gestionarlo de manera cooperativa. Esta última es la modalidad de cooperativa que ha querido establecerse en Cuba y, al parecer, ahora se reivindica.

Muchas pudieran ser las aristas desde las cuales se analice la problemática de estas cooperativas en Cuba y sus factibles potencialidades. Pero una asoma como esencial. La necesaria autonomía de estas y su fundamento, o sea, la real titularidad de los ineludibles socios.

No podrán haber cooperativas auténticas sin reales socios titulares y sin un desempeño autónomo de estas. Pero ambas razones fundamentales han sido desdibujadas del esenario cooperativo cubano y no alcazan suficiente relieve en el debate actual.  

Las cooperativas de la Isla, en especial las de producción agropecuaria (CPA), siempre han padecido del control excesivo por parte del Estado. La relación entre estas y el gobierno, en particular con el ministerio de agricultura, jamás ha sido de mera coordinación, como demanda la naturaleza de las mismas. El vínculo ha sido orgánico, casi a modo de empresa estatal, aunque hayan podido ostentar escasas flexibilidades.

Asimismo, la legislación correspondiente se encargó de que los campesinos/fundadores/socios de las cooperativas no tuvieran herederos como propietarios de sus “fincas” y, por ende, como nuevos socios de tales empresas compartidas. Tal vez esto sucedió a partir de una concepción que entendía la presencia de las coopertivas como algo transitorio, llamadas a desparecer en el decurso del tiempo, quizá en beneficio de la estatización absoluta de la economía.

Lo cierto que es la norma jurídica estableció que sólo era posible heredar la “finca” por aquellos herederos que la hubieran laborado al menos los cinco años previos a la necesidad de transferir su titularidad. Igualmente prohibió la compra-venta de estas.

En la Isla estudiaron los hijos de los campesinos. Muchísimos de estos se convitieron en profesionales y fueron a las ciudades para trabajar en empresas u otra instituciones, donde además crearon familias y se establecieron. Esto cambió la demografía del país, el cual quedó sin campesinos jóvenes y, según la legislación, sin herederos de las “fincas”, sobre todo de las integradas a cooperativas.

Como consecuencia, tales cooperativas fueron quedando sin socios y sólo con administradores y empleados que, en la mayoría de los casos, no resultan estables, sino contratados en dependencia de los ciclos y logros productivos. Por ello también desaparecieron los modos cooperativos de gobernarla, controlarla, repartir las ganacias, etcétera.

En tanto, las actuales CPA no son tales. Frente a ello podría decidirse convertirlas en otro tipo de instrumento institucional/económico o, lo que tal vez sea más beneficioso, buscar modos de conceder la titularidad efectiva de sus lotes a nuevos propietarios y otorgarle innegable autonomía a estas.

Por otro lado, las recién aprobadas y cada vez más asfixiadas cooperativas no agropecuarias (CNA) tampoco suelen serlo. Incluso, resulta incomprensible que sean definidas por lo que no son, o sea, como cooperativas “no agropecuarias”. Esto, con independencia de que su objeto social pueda ser contable, constructivo, etcétera. 

La generalidad de estas cooperativas surgidas al amparo de esa novedosa oportunidad suelen acercase a las caracterísiticas de una empresa privada. Además, han de sufrir porque, como es lógico, no pueden funcionar al modo de cooperativas, porque realmente no lo son, y por ello resultan un “blanco” fácil ante potentes detractores que desean su aniquilamiento.

Cualquier cooperativa, contable por ejemplo, surgida con las finanzas de tres o cuatro personas que para desarrollar el trabajo contratan un grupo de economistas y contadores, no convierte a estos últimos en “socios”, en algo diferente a “empleados”. En ello no basta la voluntad.

Por tanto, aquellas CNA que no posean socios reales y que, además, los pocos asociados lo sean sólo de capital, deberían instituirse como asociaciones económicas privadas. Por supuesto, sin dejar de promover la concreción de genuinas cooperativas en todos los ámbitos donde sea factible.    

A Cuba le apremia el desarrollo de un sistema empresarial plural, consistente, pujante y eficaz. Las cooperativas forman parte de las opciones que se deben desplegar. Además, estas pueden instituirse y lograr exitos con relativa facilidad, lo cual puede constituir una ventaja.

Lamentablemente, la evolución hacia ese modelo económico capaz de incorporar todas las potencialidades humanas se encuentra atravesada por los prejuicios de poderosos ideólogos en torno a la autonomía de los individuos y de los instrumentos económicos y sociales. Pero también se hace forzoso advertir que debemos consolidar ahora la autonomía a favor de un bienestar seguro o el país se instalará en la pobreza, cuando no en el abismo.  

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