Martí, invitación y enigma

Por Roberto Veiga González

Cada año vivimos el lapso entre el 28 de enero y el 19 de mayo: nacimiento y caída en combate de José Julián Martí Pérez, el apóstol de la independencia de Cuba. Martí fue humanista y maestro, editor y escritor, abogado y periodista, político y diplomático, una persona extraordinaria que renunció a las enormes posibilidades sociales que se le presentaron y a la tranquilidad hogareña, para poner sus virtudes (talento, imaginación, cultura, honradez, abnegación, desinterés y valentía) al servicio de la nación cubana. Se propuso que el cubano tuviera fe en Cuba y la construyera con amor. Toda su obra está marcada con el signo del amor a los otros, al cubano sufriente, al esclavo, al español honrado.

Él mismo, a los 17 años, padeció el presidio político. Allí tuvo que sufrir con una cadena remachada a un pie, el palo y el látigo, y ver a su padre, un día que logró visitarlo, arrodillarse llorando para abrazarle una llaga que la cadena le había producido. La experiencia del presidio lo llevó a escribir: “Y yo todavía no sé odiar”. No sólo venció al odio, asegura Cintio Vitier, sino que incluso logró sentir piedad por sus flageladores, y afirmar: “El orgullo con que agito estas cadenas valdrá más que todas mis glorias futuras, el que sufre por su patria y vive para Dios, en éste u otros mundos tiene verdadera gloria”.  Al salir del presidio hizo moldear un anillo con un fragmento de esta cadena y le grabó el nombre de su país: Cuba. Siempre usó ese anillo de hierro con el nombre de su patria y hazañas de hierro realizó por ella. Martí fue un místico del deber.

Este místico cubano nos legó un humanismo que trasciende todo tiempo y espacio. En su obra hay una referencia continua a un momento superior y sintetizador todavía no alcanzado por la historia humana. El proyecto social de José Martí es espiritualista y enaltece tanto lo individual como lo comunitario, y cree en la fraternidad como única forma de lograrlo.

A mostrar dicho mundo dedicó su talento, su pluma. Con ella le regaló luces a toda la humanidad, especialmente al continente americano y a su país. Enfrascado en hacer de la Isla una nación, fue intensificando su labor política hasta entregarse por entero en este empeño. Martí decidió trabajar agudamente por la emancipación de Cuba. Para ello, dirigió la organización de la segunda guerra por la independencia, iniciada en 1895. No obstante, asegura Vitier, Martí sollozaba en las noches por el sufrimiento que ocasionaría. Como resultado, ejerció toda la influencia que pudo para que la guerra, juzgada como necesaria, fuera corta y lo menos inhumana posible, sin odio a las personas.

Se propuso que el cubano tuviera fe en Cuba y la construyera con amor. Toda su obra está marcada con el signo del amor a los otros, al cubano sufriente, al esclavo, al español honrado.

Intentó humanizar la contienda bélica, así como crear todas las condiciones para que las actitudes negativas que incorpora la guerra a las personas y a los pueblos no estropearan la victoria. Para que, con la independencia, se estableciera en Cuba una república moral y democrática, culta y emprendedora, justa y libre, solidaria y no excluyente, capaz de sublimar la fraternidad y ser hermana de todas las naciones.

Enorme fue la actividad que desplegó y alto el rol que jugó. Se dedicó a sensibilizar a los cubanos en su deber para con la patria, a conciliarlos, pues estaban divididos por prejuicios generacionales y de otros tipos, y a lograr el consenso necesario, para unirlos, tarea siempre difícil, en el empeño de lograr la independencia. Cuando el trabajo maduró lo suficiente, creó el Partido Revolucionario Cubano (PRC), constituido el 10 de abril de 1892.

Este Partido estaba integrado por todas las asociaciones organizadas de cubanos que funcionaban y continuaron funcionando de forma independiente. No era un Partido clásico, sino más bien una especie de confederación de asociaciones civiles y políticas con una amplia base democrática, que tomaba partido por la independencia de Cuba y por auxiliar la de Puerto Rico. Para ayudar a cristalizar estos ideales fundó también, en New York, el periódico Patria, órgano oficial del PRC.

Cuando consideraron terminados los preparativos e iniciada la guerra, Máximo Gómez, la máxima figura militar, y José Martí, el líder político, firmaron el Manifiesto de Montecristi, el 25 de marzo de 1895. El Apóstol procuró que este documento fuera más que una proclama bélica y un programa de lucha, un mensaje de paz y un llamamiento a la conciliación entre cubanos y españoles. Y así entró en la guerra real un excepcional hombre de paz, un humanista trascendente.

Muy pronto, algunos patriotas, miembros importantes del Ejercito libertador, que una vez desatada la guerra eran imprescindibles, aprovecharon que su servicio como delegado del PRC había expedido y que la situación de entonces no permitía realizar de inmediato unas nuevas elecciones en las que pudo haber sido reelecto, para limitar su liderazgo político y obstaculizar la posibilidad de que llegara a ser presidente de la República en Armas, “invitándolo” a marcharse de Cuba. Tuvo que aceptar la ingratitud, pero no permitió que lo privaran del derecho de darlo todo por su patria, y para ello fue en busca de una muerte ofrecida por Cuba. La consecuencia con su profundo pensamiento lo llevó al martirio.

Luchó para que, con la independencia, se estableciera en Cuba una república moral y democrática, culta y emprendedora, justa y libre, solidaria y no excluyente, capaz de sublimar la fraternidad y ser hermana de todas las naciones.

Hemos de sentir la obligación de conocer a Martí. Para hacerlo hay que leer y releer toda su obra. Por ejemplo: en El Presidio Político en Cuba podemos encontrar al cristiano sensible y en La Edad de Oro al maestro tierno. Sería imposible comprender al líder que organizó el PRC, sin estudiar sus discursos pronunciados en el Liceo Cubano de Tampa, los días 16 y 27 de noviembre de 1891:  Con Todos y Para el Bien de Todos, y Los Pinos Nuevos, respectivamente. También se hace imprescindible, para comprender los ideales democráticos de Martí y su proyecto de República, estudiar la carta que le envió al general Máximo Gómez el 20 de octubre de 1884, dos días después que discute con el Generalísimo y con el general Antonio Maceo sobre las formas de organizar y dirigir la Revolución, y en la que les hace saber su decisión de separarse del movimiento por carecer del ingrediente decisivo.

José Martí, como dijera José Lezama Lima, es “un misterio que nos acompaña”. Un enigma que debemos desentrañar a través de la meditación acerca de los principios, ideas y actitudes que lo convirtieron en un ser universal. 

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s