¿Será posible la reconciliación con una doctrina de la rigidez?

Por Roberto Veiga González

En días recientes escucho pocas y leves, pero bien producidas, referencias a la reconciliación entre cubanos. Hace tiempo no encontraba tal exhortación y pensé que jamás la toparía nuevamente. Como ya he indicado, retomo esa opción, pero ello reclama reflexiones. Aquí algunas breves ideas.

Varios procesos sociopolíticos han sido clasificados como reconciliación nacional”. La reconciliación siempre es un cauce muy interno, agudo y espiritual. Implica arrepentimiento sincero de errores y dolos propios, franco perdón a las faltas y culpas de los otros, y restitución de la confianza recíproca. Muy difícil de conseguir y aún más entre las “células de una misma persona colectiva” (en su interior sumamente diversa, plural, ansiosa, afectada, etcétera). Sin embargo, podría ser beneficioso en tanto referente hondo (capaz de orientar, halar) de un proceso de ajuste sociopolítico a favor de todos, o de casi todos.

Es importante comprenderlo, porque cualquier camino de esta índole, aun cuando incorpore estos elementos filantrópicos, sólo consigue sostenerse en la capacidad de responder a intereses (amplios y múltiples, insignificantes e idóneos, chocantes y atractivos, duros de soportar y proveedores de entusiasmo, etcétera) que, al integrarse, deben corregir perjuicios y contener una posibilidad de bienestar para todos. Dichos procesos, que siempre benefician a lo humano y provienen de fibras humanizadoras, resultan sobre todo un salto cualitativo de la condición política que permite el disfrute de heterogéneos intereses e ideales (tan naturales todos). Por ello, los actores que pueden convertirse en hacedores de esta senda, suelen movilizarse únicamente cuando aprecian la oportunidad de quedar relativamente incorporados y favorecidos de modo suficiente.

Acerca de Cuba, estimo innecesario trazar un glosario del sensible estado de las condiciones políticas y de las situaciones contrarias al bienestar, que reclaman un ajuste sociopolítico capaz de incluir, reponer, renovar, emprender. Sin embargo, esto no parece probable. Entre las posturas que abundan en la esfera pública, encontramos la que afirma en el periódico Granma que “estorban” todos los cubanos con una idea o posición diferente a las de ese grupo que asegura expresar a toda la militancia del PCC. Igualmente, hallamos cubanos contrarios al gobierno capaces de sustentar, incluso a modo de perspectiva integra, que no se involucrarán en cometidos directos a favor de la Isla hasta que “el régimen” haya sido derribado “¿por obra y gracia del espíritu santo?”

Estos últimos deberían comprender que tal vez un proceso de este tipo resulte un genuino suceso de justicia, pues de ese modo podríamos reponernos parte de lo debido. Además, quienes controlan el Estado deberían estimar cuánto beneficiaría que el orden jurídico y político del país se desplace de una posición de parte hacia una de moderador y garante de toda la diversidad. Y esos voceros oficiales del ocaso, deberían callar. Pero, reitero, nada de esto se supone probable. Importan demasiado los temores, las culpas, los requerimientos y el afán de prevalecer a toda costa.    

Sería necesario deponer todo alegato fanático acerca de las culpas y la justicia. El restablecimiento de la armonía es la esencia de la justicia. El castigo directo a la libertad de las personas responsables de faltas resulta un elemento al servicio de la justicia para cuando prevalece el peligro social, no la justicia en sí. Igualmente, cuando un asunto de justicia alcanza una dimensión nacional, es posible acordar la suspensión del recargo a los presuntos culpables o, al menos, una disminución sustancial de las causales a sancionar. En estos casos, cuando se determinan causales a sancionar, es indispensable precisar previamente qué extremos deben requerir sanción. Pero, además, estas medidas habrían de ser aplicadas entonces a todos los que hayan llegado a tales excesos, pertenezcan a un lado u otro del espectro político. Los sostenedores de que el castigo físico debe ser un axioma ineludible, quizá pueden hablar, en estos casos, de un necesario progreso incompleto en la justicia, pero les será imposible presentar una justicia lesionada.  Recordemos, además, la vieja sentencia del derecho antiguo que dice: “El derecho supremo es una injuria suprema”. Practicar la justicia es, entonces, un mínimo indispensable.

También prevalece el imperativo de “no olvidar” lo ocurrido, como exigencia de justicia. Realmente, constituye un requerimiento del bienestar. Pero resalto dos aspectos. El primero, tendrían derecho a recordar unos y otros y otros. Segundo, muchas veces este “no olvido” se exige con carácter justiciero, en remplazo de la sanción penal. Ello es característico de un hecho político y por eso comprensible, pero no resulta propio de un acto de reconciliación, donde la vindicación queda a merced de argumentos que nos trascienden. Sin embargo, esto último sólo puede ser una opción personal (moral, filosófica, religiosa) que no debe exigirse políticamente. Por tanto, sería beneficioso recuperar la memoria historia, pero a modo de experiencia, más que de alerta prejuiciada y a partir de pretendidas superioridades humanas.

En cualquier caso, la búsqueda de la memoria histórica debería fundamentarse en dos direcciones sincrónicas. La investigación libre, con la participación de una pluralidad amplia de actores y visiones, acerca de las causas y consecuencias de los disensos y enfrentamientos, para documentar toda la información posible. A la vez, alcanzar un “relato” capaz de orientar los disensos y enfrentamientos históricos y actuales hacia el desarrollo de la convivencia entre cubanos.

Siempre he optado por un camino de incorporación propia de la historia, inclusión serena de la diversidad y marcha responsable hacia el bienestar. Además, abundan los cubanos dispuestos a ello, en la “izquierda” y la “derecha”, “arriba” y “abajo”, “adentro” y “afuera”. Con estos bastaría para socorrer al país. No obstante, se torna imposible desde una doctrina oficial de la duda, de la rigidez, del dilema y de la exclusión.     

Un comentario sobre “¿Será posible la reconciliación con una doctrina de la rigidez?

  1. Es hora de que se escriba, se conciba, un manifiesto o conjunto de principios politicos, sociales y economicos basicos, una especie de pre-constitucion universal para los once, mas tres millones, de Cubanos, ante los cuales podamos reunirnos todos.. por ejemplo que? es Cuba y su Res-Publica, que principios nos han de guiar a todos, cuales son los deberes de todos los Cubanos, cuales son los derechos de todos los Cubanos, sin entrar en detalles muy concretos pero como lema con Todos y para el bien de Todos. Contra mas breve, conciso y hasta laconico sea, dejara espacio para en un futuro lo mas proximo posibles, redefinirnos e interpretarnos, como Cubanos en una Res Publica de Cuba. Manifiesto a ser memorizado, repetido diariamente y ensen/ado a nuestros hijos e hijas, por doquier. Hector Gonzalez Abreu. Deerfied Beach Florida Usa.

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