La rigidez y la exclusión: ¿algo más que una doctrina oficial?

Por Roberto Veiga González

Varios amigos se han comunicado a propósito del artículo “¿Será posible la reconciliación con una doctrina de la rigidez?”. Algunos criterios son disconformes con la “reconciliación entre cubanos”. Casi idénticas opiniones en contra, aunque provienen de posiciones ideológicas “diferentes”.

Uno afirma que será imposible compartir el país con quienes apoyan el cambio de régimen, el bloque de Estados Unidos a Cuba, etcétera. Otro asegura que jamás reconocerá legitimidad a cualquier realidad aproximada al “régimen”, ni a quienes le han servido de diversos modos. Tal vez la rigidez, el dilema y la exclusión, sean algo más que una doctrina oficial.

Por supuesto que la importancia del pasado y la justicia resultan necesidades fundamentales. Pero ello reclama convertirlas en una condición cultural, social y política, y evitar asumirlas como simple catarsis, mero pretexto, eslogan estéril. Precisamente ella exige que esto no ocurra. Además, la justicia en torno al pasado sólo reivindica cuando sostiene esfuerzos precisos a favor de un mejor presente y un superior futuro.

Mucha experiencia hay al respecto en el mundo, de la cual hemos de aprender. Pero también cada proceso es un cosmos único e irrepetible que no debe encuadrase en el recuento de otros, ni en códigos bocetados para sintetizar experiencias y, en algunos casos, para intentar otorgarle visos de “universalidad infinita”. Sólo resultan experiencias, muy útiles, que no pueden sustituir la libertad y el ingenio de los sujetos de nuevos procesos.    

En el estudio de prácticas al respecto, podemos examinar los procesos de “reconciliación nacional” de España y Sudáfrica. En España encontramos un ejemplo de la suspensión del recargo a los presuntos culpables, a partir del criterio de que ambas partes habían cometido atrocidades y en el deseo compartido de evitar su repetición. Sudáfrica, por su parte, brinda el ejemplo de un camino de reconciliación que acuerda disminuir las causales a sancionar sólo para los casos de violencia extrema, excluyendo las vejaciones y violaciones cotidianas. En ambos casos lograron procesos exitosos, aunque no exentos de déficits, ni capaces (lo cual es imposible) de asegurar la estabilidad futura sin la adecuada responsabilidad ciudadana y la debida gestión política.

También sostengo que no aprecio las llamadas “comisiones de la verdad”, y sus homologas, que en su momento surgieron en América Latina, Europa del Este y Sudáfrica. Estas entidades, que en gran medida capitalizaron los supuestos procesos de reconciliación, tendieron a supeditar todo el quehacer a la investigación de las culpas y a la exposición de las mismas, a modo de castigo. Y no hicieron bien, sus consecuencias no suelen ser las mejores. Incluso, en Sudáfrica, en unos casos las victimas resultaron aún más humilladas y los victimarios disfrutaron de instrumentos “hipócritas” que les permitieron reciclarse, y no para ser mejores personas y ciudadanos, sino todo lo contrario. 

Nunca resultará favorable supeditar toda la armonía que se debe lograr a la expiación de las culpas. Debe ser todo lo contrario, tener en cuenta la expiación de las culpas, pero a merced de la concordia necesaria. Esto no exige eliminar la búsqueda de las faltas cometidas, pero si implementar una metodología que coloque dicha gestión en función del bien de todos, incluso de los responsables de daños ocasionados.

En Cuba no estamos en medio de un proceso de esta índole, aunque necesitamos algo equivalente, que no parece llegar. Para conseguirlo, lamentablemente, aún debemos comprender los peligros que nos fustigan a todos por igual y las necesidades que estamos obligados a compartir. Además, la actual condición de los cubanos dispuestos no parece capaz de prefigurarlo. Por ello, al menos en este momento, sólo el Estado podría colocar el pilar que lo sostenga. ¿Sería realista esperarlo?

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