¿La humanidad contra sí misma?

Por Roberto Veiga González

Atravesamos un tiempo de furia. Pareciera que el dolor enloquece y se torna vengador.  Nos lanzamos unos a otros, y en contra de la historia, a partir de las particularidades propias más afectadas, las cuales soportan mayor carga de injusticia. Prevalecen las reivindicaciones psico-sociales, clasistas, raciales, sexistas… ¡Cuánto daños nos hemos hecho, durante tantos siglos! Mas no sé si labramos un mejor futuro o ahondamos los mismos fosos.  

Laceramos y derribamos estatuas y otras imágenes. Levantamos discursos que cuestionan diversas injusticias, pero lo hacemos alzando fortines y catapultas de actitudes y conceptos capaces de quebrantar la comprensión integral e incluyente que demanda la redención necesaria. Además, usamos todo esto como quien desea acallar el dolor derribando la historia y a quienes nos han hecho mal y/o aún podrán hacerlo.  

Ello es comprensible, pero resulta un error. Nuestros entrañables dolores dejan de ser demandas, además con posibilidades concretas de reivindicación, cuando trastocan la parte por el todo, cuando desean desconocer las aspiraciones e intereses de otros, aun en los casos que nos desagraden, y cuando por eso intentamos erradicar a nuestros reales o supuestos “contrarios”. En estos casos, tales reclamos pierden la capacidad para alcanzar la redención aspirada. Jamás hay solución por medio de la desagregación y porque, además, nunca se erradican “los contrarios”, quienes, en algún momento, siempre regresan en busca del desagravio y, por lo general, con mayor ventaja.

Por otra parte, no se borra la historia. Ella siempre estará ahí, con la complejidad de sus consecuencias. En el afán de soslayar la memoria y la experiencia, quizá sólo se logre mayor confusión y menor sustento para marchar. Sólo se avanza (lo cual es mucho más que combatir) incorporando (no digo queriendo) todo lo bueno y lo malo de cada momento de nuestra historia, porque solamente en la conjunción de todo ello está “lo humano”, “la historia plena” y “la experiencia real”, así como “la potencialidad actual” y “la esperanza del futuro que podríamos construir”.

Hay que convertir el decurso humano, al menos, en una espiral ascendente y no en un círculo vicioso, o descendente. Para eso “la lucha” debería ser un medio fundamental de la política, pero no la política en cuanto orientación y finalidad general. El propósito de la política ha de ser la libertad, la concertación y el bienestar de todos, que es la mayor aproximación a la justicia. Por supuesto que sin “la lucha” no suele avanzarse en ello y a veces hace falta “una lucha ardua”. Pero mientras más peliaguda sea “la lucha”, sean los “enfrentamientos necesarios”, mayor habrá de ser la oferta sanadora, incluyente, humanista. 

Presento esta idea desde una posición política que procura integrar los mejores principios, que pueden encontrarse en posturas de izquierda o derecha. Indudablemente, también lo hago como persona que posee un origen nacional y familiar, una pigmentación tal de la piel, un sexo y un ápice en ese sitio que llamamos clase. Pero quiero hacerlo integrando todo esto y, además, con un hálito que coloco “yo”, para sustentarlo y darle sentido. Pues no tengo dudas, somos sujetos, no una mera “condicional” con neuronas y emociones.

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