Roberto Veiga González: Vivo fuera de Cuba en contra de mi voluntad

Por Carlos Cabrera Pérez

Roberto Veiga González (Matanzas, 1964). Licenciado en Derecho por la Universidad de Matanzas y Master en Desarrollo Social por la Universidad Católica de Murcia. Pactamos una conversación, en la que solo pidió excluir -por ahora- el sufrimiento personal que implicó el enfrentamiento de Cuba posible, con el inmovilismo castrista, y el anterior desamparo de la cúpula de la Iglesia Católica.

En Veiga González conviven el rigor histórico e intelectual con la bondad cubana de hacer el bien y no mirar a quien, pese a que no se siente cómodo en su extravío forzoso en España, donde extraña a su mujer, hijos y nieto y el olor de esa Cuba que conoce como pocos porque ha dedicado buena parte de su vida a pensarla desde una óptica ecuménica; en la que nadie se sienta excluido ni dañado y donde no haya nuevos vencidos.

Habla con la libertad coherente de un intelectual comprometido con la democracia y asistido por su fe, que le impide lastimar incluso a los jerarcas católicos que no supieron entender y defender el papel de Espacio Laical, ni a quienes abandonaron a Cuba Posible en medio de una terca represión; será del trozo de conversación en la que hablará con más reflexión y pausas que las habituales en su manera de decir.

No lo proclama, pero eligió con precisión el cierre de esta charla: Quiere volver a Cuba, para servirla…

¿Por qué te fue imposible seguir viviendo en Cuba defendiendo un país posible?

Resultó frustrante detener un esfuerzo que procuró el bienestar y la libertad, a modo de triunfo compartido, sin nuevos vencidos. También lo fue salir de Cuba en busca de un sitio donde comenzar a recuperar mi condición de persona. Vivo fuera de mi país, en contra de mi voluntad.

La revista católica Espacio Laical, desde 2005 a 2014, y el Laboratorio de Ideas Cuba Posible, creado en 2014, ahora sin labores, pero solo temporalmente, fueron la apoteosis de este atrevimiento, si bien estuvieron precedidos y acompañados de otros quehaceres de tal índole.

Estos proyectos lograron legitimidad, incluso en “bases y “cuadros” de la propia oficialidad. Por eso, el poder llegó a considerar que nuestro trabajo instituía la “duda en los suyos” cuando requería la “fe de estos”, y nos convirtió en “el mayor peligro”. A la vez, se fueron agotando circunstancias que ayudaron.

Espacio Laical era un proyecto de la Iglesia Católica, conducido por el cardenal Ortega, ejecutor de la política de diálogo entre la Iglesia y el Estado, que era una estrategia del Vaticano, y al gobierno siempre le ha interesado poseer buenas relaciones con la Santa Sede, aunque no sean tan buenas con la Iglesia en Cuba. Asumimos este quehacer como una labor pastoral sobre la política, pero la Iglesia nos evacuó en junio de 2014 porque estimó que ello no era oportuno, ni era eclesial, ni era evangélico. También fue cancelado el proceso de normalización con Estados Unidos, denominado peyorativamente “obamismo”, del cual casi éramos parte.  

¿Cuánto afectó a Cuba Posible la contienda en contra del “obamismo”?

Desde el año 2005 abogamos por las relaciones entre Cuba y Estados Unidos, y así conocimos a muchos estadounidenses que después trabajaron por la normalización durante el mandato de Obama. De este modo, quedamos insertados en tal proceso.

Pudiera enumerar diversas evidencias al respecto, pero es factible una muy concreta. Uno de los cinco editoriales publicados por el New York Times, previo al anuncio del restablecimiento de relaciones, fue dedicado a Cuba Posible.

Por otro lado, después del discurso del presidente Obama en La Habana ocurrió una rápida regresión política. El sector más conservador del PCC logró sostener que el desarrollo de lo autónomo en Cuba, en lo económico, en lo cultural y en lo político, se asemejaba más al sueño estadounidense que a los principios de la Revolución cubana.

En ese instante se agudizó la batalla en contra nuestra. Visitaron todas las universidades y todos los medios de comunicación del país, para prohibirles colaborar con nosotros. Quienes no obedecieron, fueron expulsados.

En marzo de 2017 se convoca a una sesión extraordinaria del Parlamento. En ella el presidente Raúl Castro canceló su “reforma” y la TV transmitió pequeñas entrevistas a diputados, quienes expresaban desaprobación por toda postura “posibilista”, “centrista”, “obamista”. Conjuntamente fue publicado en el periódico Granma una página completa en contra del “posibilismo”.

De contiguo se agudizó esta campaña, a través de los medios del PCC. Pero fue muy amplía la participación de actores en nuestro favor. Esta “batalla” duró un poco más de cuatro meses. Nosotros recopilamos todos los criterios en dos tomos. Según conocimos después, los inmovilistas estimaron que no habían ganado aquella cruzada, sino que sólo quedaron “empatados”.

En paralelo, desplegaron un sutil quehacer con instituciones del extranjero para que nos retiraran el apoyo, lo cual resultó fácil porque siempre trabajamos con entidades extranjeras que, a pesar de diferencias ideo políticas, laboraban con instituciones oficiales. Aún más sensible fueron los procedimientos no públicos, sino orientados a la vida laboral, personal y familiar. Pero sobre ello no expondré, de momento.

Emplearon mecanismos poderosos para quebrantar las condiciones de trabajo y nuestra reputación política y personal en Cuba, en el barrio… En mayo de 2019 suspendimos los trabajos y debí escoger entre la ignominia del inxilio o la frustración del exilio.

Eres un estudioso de la Cuba actual y futura, pero te ruego una mirada atrás; ¿tienes idea de qué pudo haber ocurrido para que, en 20 años, la nación alumbrara una constitución como la de 1940 y apoyara los fusilamientos castristas?

Una misma persona posee comportamientos variados en torno a determinados intereses, de acuerdo a las circunstancias. Más contrastante puede parecer cuando se trata de la actuación de una persona colectiva, integrada por una pluralidad amplia de individuos.

Siempre ha concurrido el vínculo, a veces tenso, entre el desempeño cívico y el ímpetu pugnaz en el propósito de instituir la República cubana. Ello condujo a debates entre Carlos Manuel de Céspedes e Ignacio Agramonte, una vez iniciadas las gestas independentistas en 1868; y posteriormente entre José Martí y Antonio Maceo, durante la década del 90 del siglo XIX.

En aquellas discusiones, cuando parecía que los argumentos de las partes en diálogo eran contrapuestos, de conjunto indicaban retos que las futuras generaciones estarían llamadas a integrar de manera progresiva y complementaria. Lo cual aún queda pendiente.

Desde los inicios del siglo XIX se boceta una República de derecho, con deberes, ciudadanos libres, que procuran una democracia social y política, con cultura y prosperidad compartida. Pero la búsqueda de condiciones cívicas para ello siempre ha incorporado lo pugnaz. Por ejemplo: La faena política del padre Félix Varela, el movimiento libertador durante las guerras de independencia, la prédica de José Martí, la aspiración de una renovación nacional en la década de 1920 y la Revolución de 1930.

La Constitución de 1940 expresa esa República, pero resulta de la Revolución del 30, cívica y violenta, a la vez. La Asamblea Constituyente fue muy representativa de las distintas posiciones políticas, corrientes de pensamiento y tendencias socioeconómicas. Ese fue su gran mérito, el mejor ejemplo de un diálogo nacional, representativo, y genuinamente plural.

Todo esto haría suponer que la Constitución sería institucionalizada con prontitud y eficacia. Pero lo cierto fue que, si bien se cimentaron algunos de sus posturales, la clase política no alcanzó la altura necesaria para acometer este desafío.

Era difícil lograrlo. Al estudiar los procesos de la República se revela un camino de ascenso, pero complejo. En la estructura socioeconómica de aquel país, próspero y pobre a la vez, “sobraban” aproximadamente dos millones de cubanos y la estructura económica, incluso más allá de la voluntad de quienes la poseían, no podía solucionar ese dilema. No obstante, podría decirse que, si hubo ascensos progresivos, hubiera sido posible una evolución gradual y serena. Pero, si meditamos, también podríamos concluir que esto parecería imposible. Por eso se dejó de confiar en “la política de reforma” y tomó legitimidad “la opción revolucionaria” que, en aquellas condiciones, sólo podía serlo si además era lo más radical posible, lo cual después desataría un nuevo conflicto.

La Fortaleza de San Carlos de la Cabaña constituye emblema de los fusilamientos ordenados por la Revolución de 1959. Pero también lo es de los fusilamientos en torno a los sucesos de la Revolución de 1930 y de la Revolución de 1895, por sólo citar otros dos ejemplos.

En la actual estructura de Cuba continúan sin esperanza de bienestar esos dos millones de cubanos o una cuantía mayor, y también abunda la desidia, entre otros males. Hoy de nuevo pujan el desempeño cívico y el ímpetu pugnaz, y ello finalmente conducirá por otros derroteros. Ojalá no volvamos a utilizar “de aquel modo” La Cabaña. Entonces testificaríamos que somos diferentes, que nuestra cultura política ha madurado, que inicia un cambio.

¿Hay justicia en Cuba? ¿Hay libertad en Cuba?

Es difícil separar ambos términos conceptualmente y tal vez no deban desagregarse en ciertos estudios politológicos. Pero el análisis político y la contienda política suelen aislarlos y, además, fragmentar cada uno, para lograr una especie de argumentos “absolutos” y fáciles herramientas discursivas, de contienda. Esto es legítimo, pero no funcional a lo que hago.

Además, el propio carácter múltiple de estos términos hace muy difícil una valoración absoluta del estado de los mismos en cualquier sitio, cuando no sea una mera generalización con facilidad para ser defendida y también cuestionada. En tanto, si me posiciono desde la vivencia particular de un individuo, varios o muchos, puedo ofrecer testimonios concretos de la cualidad de la justicia y la libertad.

Pero estos sólo se aproximan a una generalización cuando expresan un enfoque proveniente de la integración, yuxtapuesta y/o sincrónica, de la vivencia plural de ese carácter múltiple de ambos elementos.

Sin embargo, no cabe dudas de que no hay comunidad justa sin individuos que respondan por unas relaciones sociales capaces de asegurar el desarrollo en libertad. Por ello, si lo valoro, de modo escueto, desde la existencia en la Isla de mi colega opositor político, quien vive proscrito, puedo sostener que no hay justicia.

A la vez, de evaluarlo solamente a partir de beneficios extendidos, aunque afectados, debo sustentar que sí la hay. Ambos criterios pueden ser ciertos, convivir y mostrar una realidad que cada cual distingue más cercana o alejada de la justicia, según estime.

Asimismo, es mucho más reducido el margen acerca de diversos criterios sobre las oportunidades para la libertad. Es amplio el consenso acerca de que asisten restricciones a la autonomía de los individuos y de las instituciones. Si bien cohabitan opiniones diferentes en cuanto a por qué de tales limitaciones y de cuánto ha servido a favor de ciertas políticas.

Incluso, algunos las señalan como una necesidad ante la confrontación desde poderes de Estados Unidos, y también frente al peligro de que, en nombre de la libertad, queden abandonados todos aquellos con escaso margen en las actuales condiciones socioeconómicas, como sucede en el Tercer Mundo.

Esto es innegable, pero también lo es que, después de seis décadas, aún en la Isla hay muchos cubanos sin acceso al bienestar necesario, a causa de la incompetencia de estas mismas estructuras que en un momento ocuparon nuestra libertad. Aquella cifra, siempre proporcional, de cubanos al margen de las condiciones de subsistencia prometidas por nuestra República desde 1868, al menos todavía resulta idéntica.

Tenemos el desafío de modificar esto porque, de lo contrario, dichos cubanos no serían libres, ni disfrutarían de justicia. Pero eso no dependerá de la mera voluntad política, por ferviente que sea. Sólo dependerá del “ingenio” de todos, y esto será difícil si no ocurre con y para la libertad. Ella es el centro de cualquier idea de justicia que yo estoy dispuesto a consentir.

Uno de tus objetos de estudios es el papel del ejército en Cuba que -junto con la Iglesias católica y otras denominaciones religiosas- son las únicas instituciones con implantación territorial. ¿Existe una casta verde oliva? En caso afirmativo, ¿Cuáles son sus rasgos y objetivos principales? ¿Qué papel crees desempeñaría en una transición democrática?

No es una casta en cuanto a estrato. Si bien sus integrantes poseen el sentido de configurar una institución impar con peso histórico-político.

En Cuba, como en otros países, las fuerzas militares han tenido peso en la construcción de la nación. Por ejemplo: El Ejército Libertador, durante nuestras tres guerras independentistas; el controvertido papel del Ejército Nacional durante la llamada Revolución del 30; y el Ejército Rebelde que derrocó al gobierno ilegitimo del general Fulgencio Batista y aseguró la instauración de un nuevo sistema sociopolítico que, sobre todo en sus inicios, disfrutó del apoyo entusiasta de la inmensa mayoría de la población.

Además, son la institución más sólida del sistema. A modo de ejemplo, tal vez alguien, en ciertas condiciones, pudiera decretar la cancelación de las instituciones del modelo social y ello suceda con facilidad. Mas los institutos armados no quedarían cancelados, sino en condiciones de “cancelar o no” a quien dispusiera este derrotero.

Estos institutos poseen una composición diversa de sectores sociales, con disimiles condiciones socioeconómicas. A la vez, cohesionados alrededor de un criterio profesional que contiene un hálito nacionalista, una preocupación por el progreso y la estabilidad (además, comprenden que esta última no lo garantiza solo el control), y cierta autonomía económica que ofrece franquicia institucional.

Fortalece esto, algún orgullo por la solidez alcanzada, por considerar que, a pesar de no tener un estatus político por encima del PCC, fueron las entidades fundadoras de la Revolución, y por haber ganado “épicas” guerras en África. Además, lo concretan a través de diferentes círculos de lealtades internas que cimentan la institución.

Por otra parte, aunque continuará siendo un ejército eminentemente político y comprometido enormemente con el partido de poder -al menos durante nuestro tiempo vital- va dejando de participar en el quehacer directo de la política.

A diferencia de las últimas décadas, son escasísimos los altos oficiales que integran el Comité Central del PCC o son diputados a la Asamblea Nacional. También se decidió que los oficiales dejaran de ocupar responsabilidades gubernamentales, en lo cual avanzan apresuradamente.

El actual sistema empresarial de las FAR cobra mayor cuerpo cuando el II Congreso del PCC (1980) no incorporó modificaciones económicas que aseguraran los recursos necesarios. Pero con el tiempo, aunque aporta solvencia a la institución y suele emplear a oficiales jubilados, constituye una estructura vertical, insertada a la institución por medio de un vínculo con el despacho del ministro, sin implicaciones de los mandos militares.

De seguro, en el futuro cercano, las empresas de tal sistema serán integradas a los ramos económicos correspondientes. Muchas podrían ser las razones, ahora solo indico dos. Tal vez consiga peso el criterio de que una gestión de esta índole, por mucho que aporte a la institución, siempre pudiera ocasionar un sensible daño político. Igual, muchos suponen que el poder no trasladaría tamaño dispositivo a una joven generación de generales que pronto asumirá los cargos al frente de ese ministerio.

La combinación del capital que poseen los institutos militares y de los instrumentos que puedan estar “perdiendo”, quizá resulten una ganancia institucional que facilite su próximo rol político. En nombre su peso histórico-político, y de la estabilidad y el progreso del país, al ejército le corresponderá nuevamente participar, de manera decisiva, en el cauce de los eventos sociopolíticos que ocurrirán en el futuro inmediato.

Sin renunciar a su compromiso con los sectores revolucionarios, ni vulnerar sus contornos institucionales, ha de apoyar la legitimidad de proyectos patrióticos que expresan los nuevos imaginarios de la nación, y la vigorización de un proceso de reformas económicas, civiles y políticas que ofrezcan el mejor rumbo a la Constitución de 2019.

Siempre dejo constancia de que, en este momento de la historia, “La Patria” necesita sostener un pie sobre ese “ejército” que está llamado a mantener, en espíritu y con inspiración martiana, nuestra “República en Armas”, con el propósito de garantizar que todos los cubanos podamos colocar el otro pie de “La Patria” en el firmamento de la polis (como era denominada por los griegos de la antigüedad) para edificar y consolidar la “República Civil”.

El régimen cubano insiste en desplazar el conflicto nacional a un diferendo bilateral con Estados Unidos, que es real; pero ¿por qué el Palacio de la Revolución no acaba de asumir la pluralidad política, pese a haber firmado los Pactos de Derechos Civiles de Naciones Unidas en 2008?

El desarrollo de Cuba dependerá del entorno que pueda encontrar en procesos de América Latina, de América del Norte y del resto del mundo. Además, estoy convencido de que todo ello necesita de una necesaria, aunque difícil, normalización de relaciones entre Cuba y Estados Unidos. De lo contrario, será difícil que la isla consiga las condiciones de estabilidad económica y social, capaz de sostener un cambio sociopolítico que, a la vez, asegure desarrollo.

El 17 de diciembre de 2014 pareció que se rompían las cadenas de la historia y comenzaría la apertura de una puerta clausurada por más de medio siglo que introduciría los dos gobiernos y a las dos sociedades, en un nuevo escenario signado por la distensión y la cooperación, tanto entre los dos países como entre los cubanos.

Sucedieron acontecimientos en esta dirección y la visita del presidente Obama a Cuba resultó un éxito para el mandatario estadounidense. El pueblo cubano se sintió visitado a sí mismo. En muchos casos, mientras más populares eran los segmentos sociales mayor sintonía lograron con el inquilino de la Casa Blanca.

Como consecuencia, el sector más conservador del PCC, que ya se resistía a la normalización desde el propio 17 de diciembre de 2014, implosionó el proceso.

A estos conservadores les sirve igual “Obama” que “Trump”, a pesar de que pudieran marcar una diferencia entre ambos.

Ellos prefieren una relación entre los dos gobiernos que permita beneficiarse de los recursos de Estados Unidos, pero con poca presencia estadounidense en la Isla; y tampoco desean vínculos difíciles, pero manejables, entre ambos estados y ambas sociedades, que orienten al desmontaje del “modelo sociopolítico de resistencia” y a la evolución de un “modelo sociopolítico de desarrollo” que, naturalmente, liberaría la subjetividad y la autonomía de todos los cubanos. Y, como consecuencia, empoderaría económica y políticamente a cada ciudadano.

Desde esta lógica, “Trump” dificulta la posibilidad de beneficiarse de los recursos de Estados Unidos y “Obama” menoscaba los fundamentos de un “modelo de resistencia”, ya naturalizado, cómodo y beneficioso para el poder.

Sin embargo, la actual crisis en Cuba impone una nueva búsqueda de esa oportunidad, que actualmente parecen desear hasta quienes la mancillaron. Opino que todos deberíamos apoyar este esfuerzo, si bien debo precisar dos detalles. Esta política tiene que orientarse a una relación con los ámbitos estadounidenses propensos a la negociación y también con aquellos que recelan de la misma, porque esta sería la única forma de avanzar con solidez.

Además, era concebido que el mundo apoyara a Cuba para que estuviera en condiciones de realizar las reformas. Pero la práctica convenció a los poderes de que esa estrategia ha resultado fallida, y que el mejor camino será que las transformaciones en el modelo social cubano sean el pilar para la cooperación internacional. Esto último resulta una inversión radical de las variables, un verdadero cambio copernicano.

Aun si en noviembre el partido demócrata ganara las elecciones en Estados Unidos, dispuesto a reanudar la negociación con el gobierno cubano, las cosas no se retomarán en el punto donde fueron canceladas con Barack Obama. Considerar que esto sería posible, es otro error. También Joe Biden llevará su agenda con Cuba sobre este carril.

¿Con qué ventajas e inconvenientes cuentan los cubanos para vivir en democracia?

Para vivir en democracia hay que ser demócrata y ello solo es posible con una orientación adecuada. La democracia es una exigencia, aunque algunos deseen asemejarla a cierta laxitud. Sin embargo, también un proceso democratizador estable puede ir democratizando en el tiempo.

En Cuba, habría que trabajar, al menos, en tres grandes direcciones. La primera, garantizar el desarrollo de un modelo económico y social que asegure el mayor bienestar posible y facilite la disponibilidad de los ciudadanos para servir a la sociedad.

La segunda, promover un espacio mucho más profundo para el desarrollo de la cultura y la educación, con el objetivo de propiciar que el compromiso de la ciudadanía se enrumbe hacia una libertad responsable.

La tercera, cincelar una estructura política que asegure a todos, y sobre todo a los más jóvenes, construir el país que desean.

Pero ello, a la vez, demanda condiciones que no hemos podido construir. La convergencia, bien aprovechada, de una voluntad política del poder y de la sociedad civil.

La propensión de valores; no me refiero a principios, por ejemplo: la inclusión, la democracia y la equidad, sino a talantes que puedan sostener los principios, como pueden ser: cultura ciudadana, sentimientos de sociabilidad, sentido del deber, tolerancia, laboriosidad y respeto de las leyes.

Y la participación política resuelta de esos cubanos que posean la madera propia de aquellos que históricamente han marcado el progreso de los pueblos.

Además, tal vez siempre tengamos pendiente una cuestión, difícil de alcanzar, pero donde se define que seamos o no demócratas. Un ciudadano no es más demócrata de que otro por la convergencia de sus ideas con tales o más cuales inclinaciones, aunque ello sea un elemento importante a valorar.

Un ciudadano es demócrata por la manera libre, responsable y respetuosa; o sea, democrática, con que promueva su cosmovisión ideo política y se relacione con las otras. Por lo general consideramos esto a la inversa y culminamos todos, al menos, siendo autócratas. En política, como en pocas realidades de la vida, la forma es el fondo.

¿Cuál sería tu agenda para una evolución democrática en Cuba?

Hace muy pocos años, al observar Cuba, me interesaba sobre todo por los análisis acerca del desarrollo institucional, legal, democrático, civil, etcétera. Sin embargo, en los últimos años, cualquier ligero examen de la realidad sólo me empuja, de bruces, hacia la búsqueda sobre lo elemental: conseguir que las cosas funcionen. Mucho hay que hacer para colocar a la sociedad cubana en condiciones de una vida satisfactoria.

La Constitución de 2019 fija elementos proclives al desarrollo de los derechos ciudadanos, aunque de manera brumosa. Pero con un poco de voluntad política quizá ello podría suceder. En tal sentido, procuraría que la práctica y las normas jurídicas orienten su mejor institucionalización.

Para eso, por ejemplo, sería necesario completar el catálogo de derechos con los derechos de primera, segunda, tercera y cuarta generación aún ausentes, y situarlo como imperativo para todo el funcionamiento del Estado y de la sociedad civil, de la ley y la impartición de justicia.

Concebir el desempeño de las agrupaciones políticas como un servicio público de asociaciones privadas que, en todo momento, deben obediencia a la ley.

Otorgar fuerte protagonismo a una sociedad civil autónoma que, incluso, pueda estar representada en instituciones de poder, y protagonizar dinámicas de negociación y coordinación en aras de participar en las decisiones y gestiones de la “cosa pública”.

Profundizar los elementos del sistema de gobierno desde una noción “presidencialista-parlamentaria”, caracterizada por la desconcentración y cooperación de los poderes, la descentralización y profesionalización del quehacer público, y el desempeño autónomo de los gobiernos locales.

Esto podría fortalecer el marco estatal y social dentro del cual gestionemos Cuba, apaleando siempre a la salvaguarda de los Derechos Humanos.

En este esfuerzo tendríamos muchísimos retos. Por ejemplo, ahondar el orgullo de ser cubanos y ciudadanos apreciados del mundo, a partir de nuestra capacidad para la prosperidad y la paz.

Enunciar y exigir, sin fluctuaciones, estrategias y condiciones, de toda índole, para revertir las diferencias raciales, sin lo cual Cuba jamás será realmente Nación, ni Estado de derecho, ni República.

Orientarnos definitivamente, y de manera integral, hacia un Estado-nación transnacional, que incorpore a nuestra emigración en todas las realidades sociales de la Isla.

Resolver el injusto descalabro de las jubilaciones en Cuba y dedicar toda la atención que le debemos a nuestra sociedad cada vez más envejecida.

Defender y desarrollar nuestros sistemas de educación y salud, y aquellas subvenciones de bienestar que demande el compromiso ineludible con los débiles.

Promover la iniciativa cultural, civil y económica de cada individuo, localidad, grupo, etcétera.

También instituir todos los procedimientos necesarios para que la prosperidad de cada ciudadano, territorio, clase, sean causa y efecto del desarrollo de todos.

Apoyar el cauce expedito de las agendas cubanas en torno a identidades particulares.

Desarrollar la infraestructura socioeconómica del país; por ejemplo: la vivienda, la electricidad, las comunicaciones, el transporte y el sistema vial.

Pero todo ello requiere de una economía, con una concepción múltiple y equitativa de la propiedad, una dirección estatal estratégica (no de ordinaria administración), y una dinámica socioeconómica coherente.

Por un lado, deberíamos convertir las empresas del gobierno, para que realmente sean unidad económica, en públicas, y desarrollar empresas provinciales y municipales; todas, con sus correspondientes autonomías, empresas sociales (como cooperativas, sociedades económicas, entre otras), empresas individuales (propiedad de una persona o de una familia), empresas mixtas, y asociaciones de empresas privadas, cuyos miembros sean accionistas y, de estas, con otras empresas públicas, sociales, individuales, o mixtas.

Por otro lado, deberíamos renovar el modelo de sector público. Promover el desarrollo de empresas, desde las diversas formas de propiedad, en la producción, los servicios, el ejercicio de las profesiones, etcétera. Desarrollar un proceso que favorezca una inversión (nacional y extranjera) capaz de aportar riqueza, empleo, experiencia, tecnología y mercado.

Impulsar aquellos renglones de la economía capaces de brindar un desarrollo que también aporte a la evolución de otros renglones. Inducir unas relaciones económicas y comerciales bilaterales, supranacionales, regionales e internacionales, que coloquen al empresariado cubano -público, social, privado y mixto- en las cadenas internacionales de creación de valores.

Gestionar el crédito internacional de modo que sus costos no hipotequen el futuro, no dañen el anhelo de un desarrollo social lo más equitativo posible, ni expropie a los cubanos de sus derechos soberanos.

Efectuar una unificación monetaria capaz de atenuar los efectos nocivos que en lo inmediato produciría. Implementar una estrategia de desarrollo de las finanzas y del crecimiento del valor de estas, y la extensión y profundización de las capacidades crediticias de los bancos nacionales y, quizá, extranjeros.

Establecer un sistema tributario cualitativo e implementar una política que garantice el mejor empleo de las finanzas recaudadas a través de impuestos.

Sobre el papel, parece asumible tu receta, pero…

Pero adelantar proyecciones como estas tiene acérrimos obstáculos. Es imposible sin asociarse con otras personas y eso, hasta ahora, no es permitido en Cuba.

Además, en el caso de que, por razón casi milagrosa, fuera dable algo análogo, sería difícil administrar la naturaleza de un quehacer político en un marco donde una sola agrupación es partido político (el PCC), ocupa una jerarquía jurídica por encima de la sociedad y el Estado, y ni siquiera esta habituada a la democracia partidista.

Al mismo tiempo, tal vez sería como una invitación al suicidio solicitar a otros este empeño, en medio de una tradición que toma en direcciones diferentes: 

La tendencia hacia una relativa vida individual, o la preferencia por la diatriba en contra de todo lo relacionado con el andamiaje social y el gobierno.

La propensión a una dinámica que procura aportar a la actual sociedad, pero sin que el poder imagine algún tipo de disensión, autonomía “excesiva”, o escasa disposición para servirle.

A diferencia, la nueva perspectiva habría de combinar la controversia y el anuncio -sin afectar el ofrecimiento por subrayar la crítica-, y también sistematizar la relación posible con todas las partes y el avance decidido hacia una Cuba mejor, pero sin perturbar estos fines, por preferir la anuencia de unos u otros.

Deseable, pero complicado, Roberto…

No creo que esto forme parte de lo posible. Pero también considero que solo podemos dejar de procurarlo si estamos dispuestos a esperar y en el futuro recoger al país al modo de la imagen de María y Jesús en “La Piedad”, de Miguel Ángel.

Leyéndote, se advierte una formación multifacética y la pluralidad como norma. ¿Cómo llegaste ahí, te costó mucho, cómo llevas los ataques?

En disímiles ámbitos de la vida he tenido que experimentar el quebrantamiento a causa de lo político, el dolor por ello, el anhelo por algo restaurador; y también la fuerza de la distensión, del entendimiento, del transformar las diferencias en bienestar compartido.

A la vez, cuando lo convertí en profesión, me correspondió ofrecer testimonio de que la diferencia y la tensión política eran posible y beneficiosa cuando concurrían de manera cívica y democrática. Estimo que, junto a muchos, confirmamos la hipótesis.

No obstante, ha sido como “pelear una partida salvaje”, si bien considero que me ha enriquecido como ser humano y como ciudadano de Cuba y del mundo. Únicamente no encuentro sosiego en aquellos daños recibidos por mi familia como consecuencia de estos quehaceres. En algún momento tendré que escribir esta historia personal. Pero ahora, continúo trabajando, y espero regresar a mi país, a servirle, cuando sea.

Entrevista publicada originalmente en CiberCuba

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