¿Será un sistema mundo posible?

Por Roberto Veiga González

Con el covid-19 hemos confirmado cuán frágil somos los individuos, las sociedades. Las personas han sido sobrepasadas por los efectos de la pandemia. A la vez, los estados han resultado insuficientes, en unos casos, o ineficaces, en otros. Mientras, las estructuras globales se han develado carentes, agotadas, extemporáneas. O sea, una “humanidad” desprovista y humillada frente a un “simple artilugio”, ni siquiera con algún tipo de vida.  

Deberíamos conducirnos a la búsqueda de un mejor “dominio” de la naturaleza, de las entidades sociales y estatales, de nuestro paraje en la existencia. Esto es imprescindible y sobre todo funcional; de lo contrario perderemos todos, aunque algunos o muchos no lo comprendan. Debemos hacerlo, ya nos motiven las filantropías o los egoísmos, o diferentes mixturas de ambas.  

Para eso, habría de proponerse un mayor equilibrio de los ámbitos y dimensiones de la realidad, aunque siempre imperfecto y por medio de la tensión entre diversas formas de concebirlo. La articulación debida del individuo, la comunidad inmediata, la nación, el continente, los bloques de países, el orbe. A su vez, la imbricación adecuada de la naturaleza, la cultura, la ciencia, la economía, el bienestar social, la política, el derecho. Además, en todos los casos, con diferentes tipos de relación (pero siempre) equitativa entre libertad y libertad en la justicia.

Ello demanda personas que vivan su individualidad y también, de alguna manera, sean ciudadanos globales de un sistema mundo. Este debería promover sujetos ciudadanos e institucionales, ya sean locales y transnacionales, estados eficaces, y un orden político internacional. Y hacerlo de un modo que, conjuntamente, puedan asegurar un servicio universal y evidente a favor de todos los derechos humanos en cada lugar del planeta.   

Un sistema mundo, que solo convendría de forma subsidiaria (complementaria, supletoria, accesoria, etcétera), debería priorizar la solución de los problemas económicos, sociales, políticos y culturales. Para esto sería necesario una estrategia económica global, el avance hacia la interdependencia y cohesión adecuadas entre las múltiples economías nacionales, y colocar al trabajo como centro de las relaciones económicas. También resultaría imprescindible el desarrollo de los actuales sistemas constitucionales, legales, estaduales, institucionales y civiles. Igualmente, sería indispensable asegurar el acceso universal a una educación cualitativa. Estas forman parte de las precedencias para un desarrollo humano compartido.

Dicho entramado global sería efectivo si representa y expresa al conjunto diverso, evita que las grandes potencias procuren que los otros concurran por la fuerza, no invade la competencia propia de cada Estado ni de los individuos y las sociedades civiles, funciona con la aceptación y el cometido de todos, y posee las facultades correspondientes. Además, sus poderíos habrían de ser particularmente subsidiarios. 

En tal sentido, debería constituir una autoridad política repartida y, a la vez, diferenciada de las nacionales y regionales, pero capaz de integrar a estas y quedar su servicio. Le correspondería sustentar relaciones de colaboración entre los Estados, así como desarrollar la articulación de la autoridad política en los ámbitos locales, nacionales, regionales e internacionales. Para ello, necesitaría capacidad de coordinación de los diferentes foros internacionales. También facultad política e institucional para hacer respetar las decisiones consensuadas y gestionar soluciones económicas, sociales, políticas y culturales. Todo esto, protegiendo siempre la seguridad ciudadana, en su sentido más integral, así como el cumplimiento de la justicia y el respeto de los derechos humanos.

Igualmente, considero que ello exigiría institucionalizar el diálogo como recurso político fundamental. Esto, a la vez, solo sería tal por medio de procedimientos múltiples que, sin desconocer la preeminencia de la mayoría, persistentemente encauce el consenso posible entre ésta y las minorías. De este modo, resultaría factible un quehacer más universal, donde todas las posiciones participen desde una igualdad proporcional y los consensos se acerquen a satisfacer las necesidades más generales.

La cuestión estaría en lograr que la prosperidad de cada ciudadano, país y localidad, sean causa y efecto del desarrollo de todos los ciudadanos y pueblos. Además, en considerar este progreso a partir de la realización formal y material de todos los derechos humanos que, igualmente, solo podrán serlo desde la libertad.

Casi he dibujado “otro artilugio”. La complejidad de lo humano, la concurrencia de tantos intereses (todos legítimos) y también de mucha vileza, lo hacen difícil. Igualmente, ello suele desfallecer ante la fragilidad del ser que debe gestionar el mejoramiento continuo de la humanidad. Lo cual, además, no ocurre si deja de intentarlo a la vez en lo individual, en la comunidad inmediata, en el país dado, en el mundo todo. No obstante, esbozos de esta índole sí pueden apoyar a esos referentes que hacen posible el bien cotidiano o parcial y, de ese modo, cimentar bienes mayores. También podría aportar al hálito del necesario movimiento humanista que reclaman los signos de este tiempo.    

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