De Robert Malthus a la Covid-19

Por Eugenio R. Balari

Siempre han existido conjeturas acerca el origen de la persona, su evolución y muerte. Igual sobre el planeta donde la especie humana habita y desarrolla.

A lo largo de siglos tales incertidumbres han tenido sus causales, en el desconocimiento y la misma ignorancia de los seres humanos (sobre sí mismo, su entorno y las posibilidades para desarrollarse).

Quiere decir que esos factores han sido causas de equívocos, frustraciones, caminos errados, o incertidumbres. Entre ellas, probablemente, se encuentra la cuestión poblacional, puesto que desde siglos anteriores se alerta sobre la necesidad de ser precavidos ante el dinámico crecimiento de ella.

Desde finales del siglo XVIII o principios del XIX, Robert Malthus, nacido en Inglaterra y aún muy joven, origina su famoso “Ensayo sobre la Población”. Allí argumenta que la población crece a ritmo geométrico, pero la producción de alimentos lo hace aritméticamente.

Malthus, entre sus análisis, señala que los alimentos son necesarios a la existencia de la persona, pero igual la pasión entre sexos. Considera ambos aspectos como leyes de la naturaleza, sin posibilidad para que dejaran de manifestarse.

Sobre esas dos fuerzas naturales (tan desiguales), alerta que debemos mantenerlas al mismo nivel del crecimiento. Estima que una menor alimentación conllevaría a una constante presión restrictiva. En la contemporaneidad este criterio no es pleno u absoluto, aunque no deja de ser inhibidor para muchos. Realmente, el crecimiento poblacional en los países pobres es bien significativo. 

Malthus agrega que esa natural desigualdad entre las dos fuerzas (el crecimiento de la población y la producción de alimentos) se mantendrían constantes. Lo cual sería una insuperable dificultad en el camino al perfeccionamiento de la sociedad humana.

En los años en que vivió Malthus existió un capitalismo incipiente, los avances de las ciencias y tecnologías eran limitados, dado los pobres adelantos producidos. Décadas y siglos después, la situación se manifestaba diferente.

Varios avances tecnológicos se orientaron hacia el sector agropecuario, beneficiando los rendimientos y otros aspectos organizativos. La mecanización en las labores agrícolas y otros nuevos implementos, hicieron más eficientes y humanas las actividades del campo. Además, estas maquinarias e implementos agrícolas, fueron sometidas, de forma permanente, a procesos de innovación, lográndose alcanzar aún mayores rendimientos.

También adelantaron las ciencias químicas, que otorgan a las producciones agrícolas nuevos y mayores niveles de rendimientos. Se originaron los agroquímicos (fertilizantes, pesticidas, herbicidas, y el conjunto de productos que se utilizan para labores fitosanitarias).

Tales avances de las ciencias y las tecnologías, probablemente no los previó Malthus, o al menos no los conoció. Tampoco los conocieron muchos otros individuos mayores a él, que por entonces compartían el planeta. En esa fecha estaríamos rondando los ocho mil millones de personas; además, teniendo que enfrentar, en simultáneo, varias crisis o desequilibrios mundiales, preocupantes y de gran envergadura.

Es evidente, conviene poner atención al ritmo de crecimiento demográfico, por países, regiones y mundial. Se hace forzoso dada la existencia de los conocidos desequilibrios económicos, sociales y naturales. Por ejemplo, la desertificación de suelos o la carencia de agua en muchos lugares.

La situación demográfica, con su dinámica indetenible de crecimiento, origina preocupaciones. A la cuestión alimentaria podemos agregarle la crisis medio ambiental. Padecemos un agotamiento de las posibilidades de la naturaleza, la reducción de los recursos, la modificación del clima, etcétera. Ello atemoriza porque, a la vez, establece injustos desequilibrios económico/sociales, contradicciones, y frecuentes crisis políticas y militares, enfrentamiento de países por intereses geopolíticos.

Esto, igual, provoca numerosos fenómenos migratorios, desde países pobres hacia los ricos. Además, induce a recurrentes crisis de salud (epidemias o pandemias), deudas financieras de naciones pobres, insatisfacciones laborales y educativas, y pobreza extrema.

Ello, indudablemente, es resultado del modo de producción y consumo del capitalismo. Por sus características, objetivos y constante accionar, provoca diferencias; lo que establece innumerables contradicciones sociales, económica y naturales.

Ese modelo de producción y consumo promueve la exacerbación individualista, el afán de lucro o búsqueda de ganancias, porque esa es su razón de ser, su objetivo fundamental. Lo cual origina, de modo sutil o abiertamente, deformaciones humanas y sociales. No es posible permitir que el individuo se aparte de nobles e imprescindibles valores de comportamiento social y, unido a la desaparición de valores solidarios, florezca el egoísmo.

El Covid-19 hace reflexionar, dado que se han mostrado valores deshumanizados, egoístas, oportunistas y cínicos. Incluso, determinadas autoridades o gobiernos se desocuparon de sus pueblos, no importándoles si las personas viven o mueren. Esto, simplemente, porque no resultan útiles a intereses del sistema.

Son casos, probablemente, de personas jubiladas, tercera o cuarta edad, que padecen enfermedades crónicas, discapacitados, o minorías étnicas. De este modo, en muchas ocasiones, ciertos rectores de la ganancia desmedida, sin humanismo, se han aprovechado de situaciones análogas para plantearse reducciones poblacionales o limpiezas étnicas.

Afortunadamente, en oposición, aparecen otras actuaciones positivas. No todos los modelos socioeconómicos y gobiernos proceden tan antisocialmente. No es universal esa identificación con un capitalismo cruel y salvaje que puede destruir lo humano para privilegiar intereses o mantener hegemonismos mundiales.                                                       

Hay países del capitalismo, con modelos llamados de bienestar, que realizan esfuerzos en proteger a sus ciudadanos y promover ciertos valores solidarios. El caso de Cuba es diferente y más relevante o significativo. La Isla prioriza la salud del pueblo cubano y, a la vez, apoya solidariamente la salud de otros pueblos. Con ello muestra, ante la comunidad mundial, abismales diferencias de valores, o un muy distinto enfoque de desarrollo humano y civilizador.

La enorme miseria existente (a fuerza de sostener los privilegios de los ricos) le otorga razones a Malthus, al considerar insuperable la contradicción entre el crecimiento de la población y el ritmo de la producción de alimentos. Pero, por supuesto, a Malthus le faltó ahondar en las posibilidades de las ciencias y las tecnologías en la producción de alimentos y que, a pesar de ello, la esencia explotadora y promotora de desigualdades del capitalismo, no facilitaría ponerlas al servicio de la humanidad.

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