Desde ambos lados del Atlántico: preguntas y reflexiones sobre el presente y futuro de Cuba

En coloquio con amigos y colegas, Roberto Veiga responde preguntas de Alexei Padilla.  Compartimos un fragmento.

Alexei Padilla: Pregunta 1: La nueva Constitución cubana declara que la República es un “Estado socialista de derecho”. ¿Cuáles, en tu opinión, serían los prerrequisitos para la concreción de ese enunciado? Asimismo, ¿la ideología del PCC, y la cultura política de la sociedad y sus dirigentes, lo obstaculizan o viabilizan?

Roberto Veiga: Un Estado es la organización jurídica y política de una sociedad. La sociedad contiene al Estado, si bien dicha organización resulta el marco y el horizonte de actuación social. Existe una relación intrínseca. Además, desde la modernidad, en ese vínculo, la ciudadanía es la soberana (el primer poder y el origen de los demás poderes). Esto exige la configuración de un Estado democrático.

A la vez, un Estado se denomina de derecho cuando todo el orden social, político e institucional, gravita hacia la ley (el derecho). Presumo que tal vez nuestra Constitución de 2019 todavía utiliza el término a partir de ese criterio que concibe “al derecho como un instrumento de coerción de quién detenta el poder sobre toda la sociedad”. Al menos buena parte del texto se aleja conceptualmente del postulado que exige al Estado y a quiénes detenten el poder, colocarse todo el tiempo al servicio de todos los derechos de todas las personas

En cuanto al vocablo socialista, quizá sea un añadido innecesario. La conjunción de los términos Estado y de derecho, lo puede expresar todo. No obstante, pudiera ser aceptable algo así cuando resulta necesario insistir, con otras expresiones, en cierto compromiso social, político. Aunque este vocablo ha devenido en un esbozo equivoco; además ha sido empleado históricamente para fundamentar errores sensibles. No podemos dejar de considerar que, en política, la experiencia siempre vence a la semántica.

Lo anterior se sustenta en una sociedad inteligente, formada, incluso capaz de lograr niveles de organización; sin embargo, con escasa cultura política, donde la civilidad no se prefigura como un valor ciudadano. Asimismo, la práctica política de las autoridades (o dirigentes) no ha contribuido a revertir tal déficit. Con independencia del criterio acerca del pluralismo y del unipartidismo, ello no tenía que acontecer de ese modo. Los dirigentes del país, aunque desempeñen con cualidad sus funciones estatales o gubernativas, no las ejercen con talante de servir a la sociedad, aunque en muchos casos puedan pretenderlo realmente, sino como “tarea” de un “partido célula”, a manera de “cuadros” de este.   

Alexei Padilla: En el Derecho cubano o en lo que se dio en llamar “legalidad socialista” (concepto que niega la noción de Derecho por considerarlo burgués), se nota la presencia de la doctrina marxista soviética. Según dicha doctrina, las leyes y normas son instrumentos de la clase dominante para la consecución de sus objetivos económicos y políticos.

Tal cual fue aplicado en la URSS, de modo que la política del PCUS primaba sobre las leyes, incluyendo la Constitución. Sabemos que en Cuba sucedió algo parecido y la prueba está en una cierta cantidad de normas que violaban la Constitución de 1976, y nunca fueron siquiera cuestionadas por el parlamento.

La nueva Constitución exhibe una suerte de actualización del lenguaje, incorpora elementos que no estaban en su antecesora, pero el PCC sigue teniendo carácter supreaestatal e supralegal.

Te pregunto: ¿consideras que la propia ideología, en especial lo que dice respecto al marxismo-leninismo, que defiende el PCC, el estatus que se dio en la Constitución y la cultura política de su elite son obstáculos para la concreción de un Estado de derecho? ¿Quiénes han disfrutado de un poder casi absoluto se someterían al imperio de la ley, corriendo el riesgo de que la justicia acoja la denuncia contra ellos, de cualquier ciudadano con ¿Concibes la posibilidad de una democracia amplia (política, social) en el marco del unipartidismo?

Roberto Veiga: Quizá progresivamente tengamos mayor libertad y, de algún modo, también democracia. Pero será difícil que, de pronto, seamos un paladín del Estado derecho, del imperio de la ley. Jamás hemos marchado por esa senda. Incluso, la Constitución de 1940 tuvo escaso peso político, a pesar de su grandeza como texto constitucional y, sobre todo, como proceso constituyente.

Ciertamente, desde que iniciamos la República en Armas, en 1868, procuramos reverencia a las leyes e instituciones, y ello tal vez nos distingue de otras sociedades. Pero, de todos modos, finalmente, gravitamos hacia otros asideros. Por ejemplo, quien destituyó a De Céspedes de la presidencia fue la Cámara representantes, que tenía la facultad de hacerlo, y se apeló a las normas establecidas, pero el destacadísimo general Calixto García rondaba el sitio de la reunión, comandando sus tropas, y advirtiendo de que lo depusieran o él lo haría por la fuerza. La Revolución de 1959 triunfó en nombre de la Constitución del 40 y, al llegar al poder, no solo la sustituyó, lo cual podía ocurrir perfectamente, sino que la denostó de inmediato y de modo radical. La de 1976, realmente, no fue nada.   

Sin embargo, actualmente ocurren procesos sociales internos, del cual forma parte la Constitución de 2019, en los que se denota una senda hacia lo institucional, lo legal, la democracia, aunque todavía con prevalencia de sus antípodas. No debemos esperar que estas desaparezcan, so pena de autoengañarnos, pero sí una convivencia más equitativa de nuestros “defectos” y “virtudes”, del “campamento” y la “civilidad”.

Entre esos desafíos se encuentra la libertad política. Habrá que instrumentalizar el pluralismo político. No me aferro a ningún mecanismo. En tanto, siempre he propuesto el pluripartidismo, pero quizá alguien logre algo distinto que yo pueda aceptar. Sin embargo, sea el modo que sea, dejaría de ser legitimo si no garantiza la libertad de opinión, la diversidad ideo política, y la competencia de agendas para ocupar, por medio de elecciones directas, todos los cargos de autoridad pública.     

Sin embargo, no espero una cercana modificación del estatus de partido único. Además, estoy casi convencido de que cuando algo cambie al respecto, este continuará siendo una especie de partido de poder. Pero también poseo la certeza de que es indetenible el avance de la nueva pluralidad cubana y, por ende, pronto podríamos ser testigos de alguna evolución democrática, civilista.  

Alexei Padilla. Pregunta 2: El 16 de julio de este año 2020, el gobierno cubano anunció la ejecución de una serie de medidas para enfrentar los efectos de la crisis económica, agravada en los últimos meses. En su época, Cuba Posible hizo muchísimas propuestas que sugerían la dirección que ahora tomó el gobierno; sin embargo, entonces las autoridades cubanas no fueron muy receptivas. ¿Por qué pueden haber cambiado de actitud?

Roberto Veiga: Ha sido una acumulación de circunstancias desfavorables para el gobierno. El deterioro de la cooperación con Venezuela, las presiones desde la Casa Blanca y los efectos del Covid-19. Todo ello, además, en el marco de la ausencia de un modelo económico. Eso que algunos reconocen como tal, ni es económico, ni es un modelo. Si bien ocurría en unas circunstancias que permitían “administrar la pobreza”, pero ello acaba de colapsar. El gobierno perdió, lo que hace mucho tiempo ya no posee buena parte de la sociedad, esa diminuta capacidad de gestionar una mínima sobrevivencia con alguna equidad. Esta es la razón.

Lo importante ahora será que ello se convierta en una Política (así, con mayúscula). De lo contrario, sería un modo para que el gobierno sustituya su incompetencia y reciba finanzas, a través de una multiplicidad de ciudadanos que logren hacer trabajar a otros. Por supuesto que esto, en sí mismo, ya sería una contribución, pero los cubanos siempre hemos deseado una comunidad (ese sueño martiano de “con todos y para el bien de todos”). Esto exige no confundir al país con una zona franca, ni al Estado con una mera institución fiscal. De seguro necesitamos muchas zonas francas, pero todas al servicio de una República de derecho.     

Ciertamente, hace mucho tiempo que la inmensa mayoría de los cubanos expresaba la necesidad imperiosa de tomar este rumbo. Lamentablemente el gobierno esperó al instante en el cual ello será más duro para el pueblo. Muchos ciudadanos, cualificados profesional y políticamente, argumentaron al respecto a través del Laboratorio de Ideas Cuba Posible. En todos los casos, procurando el modelo socioeconómico más razonable, eficiente y legítimo. Además, desde el compromiso a favor del bienestar de todos y en el empeño de adelantarnos para no hacer desembocar a la sociedad en un ajuste brutal como el que ya padecerá. Pero nada de ello fue escuchado. O sí fue escuchado, pero impugnado, criminalizado, estrangulado.

No considero que esta modificación de rumbo, en estas materias, implique una transformación de las posturas oficiales hacia Cuba Posible, por mucha coincidencia que posea con nuestras propuestas. Tal vez para ellos nuestro mayor “pecado” no sea las ideas propuestas, sino haberlas presentado cuando el gobierno prefería otro relato. Si esto variara, entonces quizá sí estaríamos ante un cambio mayor.  

Alexei Padilla: Yo tampoco creo que se modifique el discurso público del gobierno en relación a Cuba Posible, pero llama mi atención que los actores que criticaban las propuestas que desde allí se hicieron – algunas idénticas a las anunciadas por el gobierno – ahora las aplaudan o guarden silencio. Me parece que las autoridades cubanas tienen como norma negar toda y cualquier virtud o razón a sus adversarios. La cuestión no es qué se dice, sino quién lo dice. Eso quedó muy claro el pasado jueves 16 de julio. No es que el gobierno prefería otro relato, sino otro relator, o mejor, ser él mismo el relator.

Hablabas de cultura política y me hiciste recordar un texto de Julio A. Fernández Estrada en el que comentó de la falta de ella en nuestra sociedad. Permíteme discrepar de ambos. A partir de mis vivencias en Cuba y en Brasil (un país con una democracia en construcción y un acúmulo grande problemas sociales, corrupción política y administrativa, etc.), me atrevo a decir que lo que vemos no es la cultura política y cívica deseada, pero es la realmente existente. De la mano de Velia Cecilia Bobes afirmo que, desde la fundación de la República, en 1901, la cultura política cubana se ha caracterizado por la intransigencia, intolerancia, irrespeto a la legalidad, moralización de la política, legitimación de la violencia (física y simbólica).

La revolución de 1959 en sí, y su enfrentamiento con la burguesía criolla y con los Estados Unidos, llevó a niveles superlativos estas características, al punto de convertirlos en valores o en claves para la supervivencia del proyecto político. Por eso, reitero que lo que vemos no es la falta de cultura política, sino la cultura política afín al sistema.

Roberto Veiga: Considero que esta proyección del gobierno es adecuada. Aunque no dejo de lamentar que la hayan decidido cuando ya carecemos de todas las condiciones necesarias para asumir esta ruta sin desmedidos costos sociales. Sin embargo, como dice el refrán, “más vale tarde que nunca”.

A la vez, aprecio una grieta por parte de los decisores. Resulta imposible que hayan persuadido (a las buenas y a las malas) todo el tiempo a todo el mundo de que algo así sería renunciar a la dignidad y de pronto sea este el único modo de sostenerla. No cuestiono esto último, pues hace mucho tiempo que lo sé, lo expreso, lo defiendo. Pero entonces también ellos estaban convencidos, pero nos sacrificaron por tales y más cuales intereses.    

Les recomendara a los decisores alejar totalmente de su entorno a esos que hasta hace unos días criminalizaban esta ruta y a partir de un discurso (proveniente del primer mandatario) ahora son defensores de esta. No confiaría humanamente, ni políticamente, de alguien que actúa de este modo. Por eso, en este momento, ofrezco respeto por aquellos que han denostado tal senda y en este instante hacen silencio. Sería inmaduro que, por esta razón, se expresaran, de inmediato y con estridencia, en contra de los jefes a los cuales han sido leales. Así no se actúa cuando se ha sido honestamente fiel a alguien o algo.  Por ello, con esos, en cualquier circunstancia, yo echaría pie en tierra, aunque pensemos muy distintos, aunque entre nosotros hasta haya mediado la agresión.

Estas cuestiones guardan relación con nuestra cultura política. Cuando alguien hace una evaluación del civismo en la sociedad a la cual pertenece, por lo general, evalúa más aquellos aspectos carentes que los convertidos en cotidianidad. Pues ya disfruta, tal vez con orgullo, de estos últimos, pero anhela los primeros. Quizá eso le suceda a Julio Antonio (quien es uno de los más íntegros cubanos de hoy) y, de algún modo, también a mí.

Asimismo, siento orgullo por algunas de esas intransigencias nuestras. La lucha es necesaria, y a veces solo es posible un conflicto atroz. Sin embargo, deberíamos aferrarnos a que mientras más intensa sea una lucha mayor tiene que ser la oferta sanadora, incluyente, humanista.

Por eso, rechazo, de manera absoluta, la intolerancia y la legitimación de la violencia (física y simbólica). No son valores, aunque sean cultura; si entendemos por cultura los modos de relacionarnos que tenemos incorporados. Civilidad es otra cosa; el comportamiento de la persona que cumple cívicamente con sus deberes de ciudadano, respeta las leyes, y contribuye al funcionamiento correcto y al bienestar de la sociedad.

Con ello no abogo por una especie de moralización de la política. También rechazo esto. La política no debe ser una operación moralizante, sino un universo múltiple de distintas gestiones a favor de un bienestar compartido que satisfaga las diversas necesidades individuales y sociales. Por supuesto que la ética de los operadores debe henchir este quehacer, como cualquier acto humano, pero no más. Cuando no se tiene claro esto, podemos convertir la política en una especie de juicio final, de cámara de gas para las conciencias, de azote de la libertad.

Alexei Padilla. Pregunta 3: Desde Espacio Laical, primero, y desde Cuba Posible, después, se defendió la construcción de puentes al interior de Cuba y desde Cuba hacia la emigración. ¿Cómo valoras, desde sus resultados, la política del gobierno cubano hacia la emigración? ¿Será posible avanzar en la normalización de los vínculos con Estados Unidos, incluso con el fin del bloqueo, sin contar con las demandas de la emigración cubana radicada en ese país?

Roberto Veiga: Cuba debe incorporar la emigración a todas las dinámicas de la Isla mediante la restitución ampliada de derechos. Esto constituye uno de los fundamentos de la “normalización” de lo cubano. Desde hace décadas se incrementa un proceso de integración entre la sociedad de la Isla y su diáspora. Tal ha sido que ahora demandamos configurar un Estado-nación transnacional. 

Espacio Laical y después Cuba Posible, se implicaron en ese proceso. Además, formaron parte de un conjunto de actores y proyectos que expresaron un salto, lo cual ya venía sucediendo en las entrañas sociales. Dejaron de concebir la sociedad insular y la emigración como dos porciones a relacionar, dialogar, entenderse. Impulsaron un quehacer compartido, a través del cual todos, desde sus singularidades, participaban igual en una misma Cuba(s).  

Esta fue una etapa esencial que logró relaciones entre cubanos con otros territorios y con el suyo propio, por medio de vínculos laborales, comerciales, intelectuales y políticos, además de los familiares. Ello está muy avanzado, solo resta instituir aquellas oportunidades imposibles de conseguir sin el concurso resuelto del Estado.  El 16 de enero de 2018, Cuba Posible publicó un informe con una hoja de ruta para ello, titulado “Necesidad de transformar la relación entre el Estado y la Diáspora cubana” (https://cubaposible.com/necesidad-transformar-la-relacion-estado-la-diaspora-cubana/).

Sin embargo, considero que este instante demanda otro salto al respecto. La falta de incorporación institucional de los emigrantes en las realidades de la Isla sigue concibiéndose como remanente de la añeja bipolaridad isla/exilio y, a pesar de que algo de ello permanece, este ya no es el eje transversal del asunto. Tal déficit forma parte de las deudas con el universo ciudadano. Aunque formalmente no sea de este modo, tan ajenos al quehacer de un soberano están los cubanos residentes en la Isla, como los domiciliados en cualquier sitio del orbe.   

Por otra parte, todo proceso de “normalización” de lo cubano, y de las relaciones entre Cuba y Estados Unidos, implicará a la emigración. Porque lo necesitaría, lo favorecería. De este mismo modo, la emigración, y todos los cubanos que comprendemos que el destino de todos se juega juntos, debemos servir a esos procesos, pero utilizarlos a la vez, pues nada está garantizado. Si convergen suficientes y sólidos intereses entre unos y otros, cualquier o todos podemos comenzar a contar poco

Alexei Padilla: Roberto, yo diría que el acercamiento entre el Estado cubano y los emigrados ha sido modesto. No sé si el avance ha estado motivado por la pragmática o por el compromiso con la mayoría de los emigrados que sin coincidir 100% con el sistema vigente en Cuba, tampoco comparten la agenda de los sectores más beligerantes. Sin embargo, el gobierno cubano no ha atendido en la proporción debida, los reclamos de miles de emigrantes sobre un tema tan sensible como el costo del pasaporte, la existencia de la prórroga del pasaporte y su valor.

La mayoría de los emigrados dan prioridad a los vínculos con la isla por cuestiones familiares. ¿Crees tú que una política inteligente que incluya el fin de figuras como la repatriación, la pérdida de la residencia permanente, junto a la rebaja del precio de los pasaportes, el fin de la prórroga, normas claras y justas para permitir la participación de los emigrados en la vida económica, política y social del país, serían pasos imprescindibles para la normalización de las relaciones Estado cubano – emigración?

Yo al menos, no veo que el fin del bloqueo sin la participación activa de los cubanos de los EUA. Sin que se altere el monopolio político del exilio cubano. Y si el Estado cubano no actúa como un estado democrático, que no hace distinciones entre los ciudadanos por motivos ideológicos, políticos, religioso, etc, no tendrá jamás la confianza de la mayoría de la emigración y, por tanto, esta no se movilizará en favor de ninguna causa asociada al gobierno cubano. No es que el emigrado desconozca los efectos del bloqueo, pero dada la falta de empatía con las autoridades cubanas – que le cobra carísimo el pasaporte, que le impone una prórroga también cara, que le retiró su derecho a residir en el país de origen –, preferirá limitarse a mandar dinero para que sus familiares sorteen las dificultades, que enarbolar la bandera de la lucha contra el bloqueo.

Roberto Veiga: Esas causas que expones acerca de la carencia de empatía de la emigración con el gobierno cubano (por ejemplo, los altos costos de los tramites consulares, la pérdida del patrimonio en la Isla), serán resueltas muy pronto, al menos en una proporción suficiente. Pero estas no son las únicas causas.

Además, una vez corregidos esos inadmisibles impedimentos, la emigración tendría un vínculo mayor con la Isla, incluso en su decurso económico y cultural; y ello incorporará totalmente, en las dinámicas internas, la impronta de los emigrados en el tejido civil y político.

Con esto, las exigencias de democracia y consumo desbordarán cualquier dique político; para bien, por supuesto.  Lo que yo hiciera, si fuera el gobierno, sería adelantarme, liderar ese proceso, invitarlos, esperarlos, promoverlos, compartir el país. En tal sentido, esto solo ocurriría ventajosamente dentro de una senda interna de democratización que otorgue a la ciudadanía la iniciativa civil, económica y política. Estoy convencido de que avanzaremos en ello, tal vez mucho. Sin embargo, el “bloqueo” es el mayor obstáculo, el más grande retardador. Me refiero a ese “bloque” que impone nuestro vaho ciudadano, sostenido por esa ideología de la intransigencia y la exclusión, la cual nos suele prefigurar tanto cuando somos militantes del gobierno como desafectos. De aquí provienen, por ejemplo, la falta de libertad en Cuba y el bloqueo desde Estados Unidos hacia la Isla. Siempre he sostenido que esa es nuestra “maldición histórica”, pero jamás he abandonado la esperanza de que logremos ser más grande que ella.

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