Arreglamos el país o comenzamos a dejar de tenerlo para siempre

Por Roberto Veiga González

Hace décadas que trabajamos para que Cuba enrumbe hacia un desarrollo que asegure, definitivamente, mayores cotas de libertad y bienestar. No estoy satisfecho con lo alcanzado. Si bien somos “un país” y tal vez sea difícil percibir a la Isla como parte de esa especie de “cuarto mundo”, ya no sólo bordeamos el precipicio, porque ahora nos sumergimos en indiscutible agujero.

Hace muy pocos años, al observar el país, me interesaba sobre todo por los análisis acerca del desarrollo institucional, legal, democrático, civil, etcétera. Sin embargo, en los últimos años, cualquier ligero examen de la realidad sólo me empuja, a bruces, hacia la búsqueda sobre lo elemental: conseguir que las cosas funcionen. Desconsolador, después de tantos sueños, de tanta faena, de tantos costos.

Por ejemplo, ha sido imposible forjar un sistema de relaciones capaz de producir alimentos, de ofrecer un transporte público decoroso, de naturalizar el empleo del internet y la telefonía; en fin, no se han alcanzado las condiciones para la cotidianidad individual y social.

Resulta lamentable que, en mis observaciones, se desdibujen tanto la Cuba que debemos ser (si bien solo de acuerdo a lo posible) como la que fuimos (aun con sus errores y horrores). Por ello, tal vez sería razonable que cada cubano, cada porción ideo política, medite acerca de su satisfacción con lo alcanzado (como individuo-cubano-socialista o liberal o socialcristiano, etcétera).   

Igualmente, conservo la certeza de que el desarrollo de la Isla, incluso de la libertad individual, se beneficiarían de modo elocuente de lograrse relaciones estables entre Estados Unidos y Cuba. Pero también debemos alejar ese “complejo de dependencia” que, de algún modo, alega una “incapacidad natural” de Cuba para la liberación y el desarrollo sin el vecino del norte. Además, se torna asombroso cuando estas opiniones provienen de quienes también se oponen al mejoramiento de los vínculos entre ambos países. Ello resulta un galimatías peligroso, sobre todo si se impone desde el poder y con todo el poder.

La solución está solamente en los cubanos. Pero “los cubanos” no son una entelequia, ni “soy solo yo y/o mis afines”, ni dejan de serlo aquellos que “me han perjudicado a mi y/o a todos”. En tanto, el bienestar y la libertad que necesitamos, solamente será posible cuando instituyamos la tensión legitima entre toda la pluralidad, el diálogo como procedimiento político y la concertación genuina a modo de único recurso para exigir “obediencia”. A la vez, esto demanda interpelarnos sobre la libertad individual y social, y acerca del ejercicio cívico de la ciudadanía.

Ciertamente, pareciera que no tenemos por qué esperar este suceso. Ello, hasta ahora, ha sido imposible y, además, en ese atrevimiento muchísimos han terminado frustrados. La diferencia es que ahora componemos el país, o podríamos comenzar a dejar de tenerlo para siempre. 

4 comentarios sobre “Arreglamos el país o comenzamos a dejar de tenerlo para siempre

  1. Muy buen dia Roberto gracias pir publicar este muy civilizadisimo articulo sobre la unidad nesaria de nosotros, todos los cubamos que en el mundo habitanos, por el bien de todos hcia nuestro pais y su sistema socio político que lo ha llevado por el desfiladero hasta el borde del del precipicio. Sabias palabras las tuyas. permitdme pues publicarlo en mi blog y Facebook

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