El tríptico “libertad, cultura y bienestar”, sostén de una “nueva época”

Por Roberto Veiga González

Actualmente se debate acerca del bienestar que Cuba necesita. Pero cualquier bienestar, general e individual, exige la práctica cotidiana de una ciudadanía cívica. Esta noción orienta hacia el ejercicio de la responsabilidad política de cada persona para garantizar un orden social capaz de facilitarle, a su vez, el cumplimiento de todas las otras responsabilidades en torno al bienestar de todos y a la convivencia civilizada.

Esta participación se denomina “cívica”, precisamente y según el criterio general, para diferenciarla de cualquier otra manera de participar que implique algún tipo de violencia, ya sea física o con armamentos; pero no sólo estas, aspira también atemperar al máximo todo tipo de coacción y agresión verbal. Pero ello, en nuestro actual contexto, parecería inadmisible.

Al ejercicio de tal ciudadanía le correspondería el desempeño de los deberes/derechos que tenemos todos los cubanos para intervenir, de diversas formas, sobre las decisiones políticas que pretenden ordenar nuestras vidas. Esta participación debería ser –entonces- una obligación irrenunciable. Pero esto, ahora, no es posible. La sociedad habría de exigir, y el gobierno tendría que facilitar, el esfuerzo mancomunado a su favor.

Sólo de este modo podríamos plantearnos realmente el desarrollo de un Estado de derecho, como refrenda el artículo 1 de la actual Carta Magna. Pero este concepto no se conforma con un Estado que garantice libertades y equilibrios, y respete la soberanía ciudadana. Este ideal propugna un Estado que obedece al pueblo, y un Estado y un pueblo que respeten un entramado legislativo que, a la vez, se somete al imperio del Derecho. La ley y el Derecho no siempre coinciden. En estos casos, lamentablemente, siempre resulta quebrantada la justicia y desnaturalizado el Estado de derecho. De ello hay profusa experiencia.

Para avanzar hacia una ciudadanía cívica que gravite y se oriente hacia el Derecho, será necesario el cultivo de los valores (en la libertad). En sentido sociocultural y desde un punto de vista sociológico, podemos decir que los valores son los fines, las orientaciones y los controles fundamentales y trascendentes de las acciones humanas y de la convivencia social dentro de una subcultura, una cultura o incluso en el conjunto de la humanidad. Asimismo, el universo de los valores llega a desarrollar su función civilizadora, como sostén de la libertad, cuando la persona consigue adherirse al mismo, integrarlos y articularlos.

El pueblo cubano es maravilloso, pero carece de una economía capaz de permitirle el bienestar, es pobre, posee escasa formación cívica, se ha fragmentado, y no cuenta con los suficientes elementos y espacios para participar en el diseño social. Esto puede hacer de nuestra Isla un lugar donde se desata, con cierto vigor, la debilidad de los valores, alguna “impiedad”. Para afrontar esto será necesario que la ciudadanía, o una buena parte de ella, ofrezca testimonio de virtudes políticas y humanistas.

Si bien, cabe destacar, podría resultar fatal concebir esto desde un vínculo dicotómico entre libertad y Derecho. No se trata de que alguna instancia (una iglesia o un partido político) nos advierta sobre “el bien” y “el mal”, y nos exija los derroteros del orden social y de la existencia individual, a modo de garante de los “valores”. Sólo se alcanza el auténtico imperio del Derecho desde el compromiso con el humanismo (que debe ser creciente y por medio de la familia, la cultura, la ética, la religión, etcétera) y a partir de una libertad sin cortapisas (aun cuando esta suele no ofrecer suficientes certezas). No hay justicia sin libertad, sino tal vez -en el mejor de los casos- mero orden y triste serenidad.  

Debemos poder definir con libertad, en cada circunstancia, qué sería lo oportuno, lo positivo, lo edificante. Esto no es una concesión al relativismo; todo lo contrario. Ello intenta proteger, de modo absoluto, no relativo, la libertad humana. La libertad de todas las personas, con capacidad para ser consecuentes con su conciencia, es lo que le permite trascender las circunstancias y, por ende, aportar con efectividad a la evolución individual y social, a lo justo, al Derecho. Nadie (persona, fuerza política o institución de alguna índole) debe considerarse la custodia y expresión supremas de la Justicia.

Desde esta manera, los cubanos estaríamos en mejores condiciones de aportar a un orden democrático, mediante el compromiso a través de la polis y desde una relación dialógica (que puede ser tensa, pero no debe dejar de ser cívica), capaz de lograr una convivencia decorosa. Entonces tal vez podríamos incorporar el tríptico “libertad, cultura y bienestar”, y convertirlo en sostén de una “nueva época”.   

(bienestar   individuo   sociedad   ciudadano   política   Estado de derecho   ley   justicia   valores   libertad)

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