Nos falta libertad

Por Roberto Veiga González

Mucho hablamos de libertad. Ciertamente cada vez hace más falta. Incluso, allí donde puede parecer que abunda. El sacerdote jesuita, francés, Pierre Teilhard de Chardin (1881-1955), quien fue un eminente paleontólogo, geólogo, filósofo y teólogo, nos legó una interpretación evolutiva de la humanidad y del universo razonada desde una perspectiva tanto científica como religiosa.

Su teoría, partiendo de la afirmación de Dios como Alfa y Omega, asegura que hay un momento en que Alfa, punto donde todo está inscrito, estalla produciéndose el llamado Bing–Bang y que con esto se emprende el camino hacia la creación del mundo y la realización plena de la persona humana.

Asegura que de este estallido emerge el reino mineral con todas sus posibilidades y caminos; y que cuando este reino agotó sus posibilidades, Alfa, aprovechando toda la experiencia del mineral, continuó su expansión e hizo emerger el reino vegetal, también con diversas posibilidades y caminos; y que posteriormente Alfa en su continua expansión y contando con la experiencia de los reinos mineral y vegetal logró que emergiera el reino animal, por supuesto que con sus múltiples posibilidades y caminos.

Precisa que un reino no procede del otro, sino que cada reino nuevo es una emergencia de los anteriores, pues el paso de un reino al otro se logra a partir de un conjunto de situaciones que se dan y se combinan de una forma especial para ofrecer una resultante de categoría y cualidad superior a cada uno y a todos sus componentes. Un ejemplo de emergencia lo encontramos en la realidad del avión, cada una de las piezas no pueden volar, pero todas juntas sí.

Afirma también que el proceso de evolución no se detuvo en el reino animal, porque después de millones de años de experiencia, Alfa continuó su expansión hasta traer a la persona, al ser pensante. En tanto, la historia de la evolución ha sido un proceso de concienciación, un afán de conciencia, un ir de la oscuridad a la luz. La persona –alfa desplegada- ya es conciencia. Incluso, el ser pensante emerge también con varias posibilidades y caminos: las culturas, el universo de pensamientos, etcétera.

Teilhard de Chardin se pregunta si una vez llegado hasta aquí ya terminó la evolución. Al responderse afirma que tal vez sí, pero no en el ser que estamos siendo. Opina que Alfa continuará empujándonos hacia una conciencia de cohesión, de amor como se le llama en teología y en filosofía, hasta hacernos descubrir que no basta con pensar y saber, que hay que hacerlo “humanamente”, pues esa es la ley fundamental de la naturaleza.

Igualmente, aseguran de diversas maneras filósofos como Agustín de Hipona (354-430) y Tomás de Aquino (1224/1225-1274), que no nacemos libres, pues un niño no sabe decidir, pero sí nacemos para la libertad. Además, que la conseguimos en la medida que maduramos como persona, con capacidad de decidir, de disponer libremente sobre sí mismo, desde el más íntimo centro y sobre la totalidad.

Pero claro que esta capacidad no es absoluta. La libertad es lo mínimo que nos dejan no determinado para orientarnos. Ella está condicionada por todo un sin número de factores, como pueden ser los históricos, culturales, políticos, sociales, familiares y hasta genéticos. Todo esto constituye nuestra plataforma, con riquezas y pobrezas, y a partir de ella es que podemos escoger. Esto exige realismo y esfuerzo para madurar y liberarse de toda la pobreza que esclaviza: la ignorancia y el miedo, entre otras.

Por eso, la libertad puede ser una fuerza de maduración para el bienestar. En este caso, como sostiene el filósofo francés Jean Guitton (1901-1999), ella debe definirse, en el fondo, por la responsabilidad. Ser responsable de una acción es ser el autor humano principal. Pero también la responsabilidad se define, inversamente, por la libertad, que es la capacidad que tiene la persona de ser responsable. Los dos conceptos forman un todo. La libertad es un poder de responsabilidad. La responsabilidad es una libertad en actos.

No obstante, el libre albedrío es el principio del acto por el cual juzgamos libremente. Su esencia es la elección. Esto precisa de dos partes: una intelectiva y otra apetitiva (voluntad). Deliberar sobre el mejor medio para el fin pertenece a la razón. Quererlo y poner los medios para emplearlo, a la voluntad.

Las personas y los pueblos son seres históricos que se columpian entre dos tiempos: el pasado y el porvenir. Este último sólo se construye desde el presente de la libertad, saltando y rompiendo su clausura de la actualidad para verterse hacia nuevos horizontes.

Para Teilhard, todos debemos comprender que sin un ejercicio maduro de la libertad no podremos hacer historia y, por ende, nada ofreceremos al futuro.

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