Una nueva pluralidad política atraviesa la fibra social de muchos países

Por Roberto Veiga González

Una nueva pluralidad política atraviesa la fibra social de muchos países. Dentro de ella tenemos las agendas de identidades particulares (género, racial, religiosas), otras sobre ámbitos concretos (medio ambiente, protección al consumidor, animales), y agendas acerca de asuntos generales, primordiales, transversales (derechos humanos, fundamentos sociales y estatales, cuestiones electorales, economía, bienestar social, o con un universo de cuestiones sin llegar a una proyección programática competitiva). Además, quizá ahora sean estos los actores cívicos de mayor compromiso social.

Son proyecciones directamente políticas porque, a diferencia de otros quehaceres de la sociedad civil, sus cometidos específicos pasan por el ajuste y desarrollo del Estado. A la vez, no lo son a modo de plataforma programática gubernativa, pues no ofrecen una cosmovisión que pretenda aportar a la integralidad social, a través de una agenda de gobierno, lo cual además les exigiría competir para desempeñar el ejercicio del poder. 

Los partidos políticos han sido otra cosa. Grupos organizados, siempre con una plataforma, ante todo ideológica, y con un programa definido (sobre cuestiones económicas, sociales, culturales y familiares), que descansan en múltiples sectores sociales, y siempre buscan el mayor número de miembros posible. Con un sistema de filiación (integrados, por ejemplo, por individuos, sindicatos, cooperativas y otras asociaciones), una sólida administración, un cuerpo de funcionarios permanentes, los necesarios grupos de trabajo, la educación política de los miembros, una enorme presencia en la esfera pública, y la actividad puramente electoral.

Sin embargo, en las últimas décadas muchísimos partidos políticos han abandonado este carácter. Aunque suelen conservar la expresión de determinadas aspiraciones, la intención de brindar propuestas para una gestión del país con cierta integralidad, varios instrumentos para movilizar a sujetos sociales, y el empeño de ejercer el poder, para lo cual compiten. Además, lo hacen con un carácter menos ideológico, menos militante, sino más gerencial, si bien de naturaleza política. Muchos tienden a ser únicamente una especie de “marca”.

Ello es positivo, pero señala un nuevo derrotero. Por una parte, facilita las coaliciones y la movilidad electoral; y por momentos parece que las candidaturas aún provienen generalmente de los partidos políticos solo porque, dadas las condiciones, estos continúan siendo el “hábitat” propicio para la promoción de líderes con ese tipo de agendas. Por otra parte, esta realidad ha permitido que, en algunos casos, prosperen con sumo éxito candidatos a la presidencia de países que no provienen de agrupaciones políticas programáticas. En tanto, quizá este desempeño va dejando de ser exclusivo de los partidos políticos, y esto ya demande un ajuste mayor de la política, de la teoría, del derecho.   

Aprovecho para sostener que, en la mayoría de los actuales líderes, con posiciones fijas e intransigentes, no hay ideología. A veces se afirma que, por tales enfoques, son en extremo ideológicos, pero esto no es exacto. Ellos no tienden a poseer un conjunto integral de ideas sobre el universo de las cosas, sino solo algún tipo de “fanatismo” acerca de cuestiones determinadas.  

Por supuesto que a esta nueva pluralidad política no le corresponde el rol de los partidos políticos. Pero tal vez sí otro, que incluya su presencia en la estructura de representación política, sin intentar sustituir a estos. Quizá también esto exigirá una reforma.

El universo político del mundo reclama una nueva civilidad, un impetuoso y múltiple ejercicio de la ciudadanía, y nuevas formas que provengan de la experiencia política. También en Cuba.  

No me refiero a la modificación del estatus de partido único, que perdurará de algún modo y, si variara en cierto momento, de seguro continuará siendo una especie de partido de poder. Sin embargo, reafirmo que, si pretendiera agrupar y representar “a todos” los cubanos, debería empeñarse en abrir el país a la actividad diversa de los ciudadanos. Muchos lo solicitan. Incluso nosotros, en Espacio Laical, previo al VI Congreso del PCC (2011), realizamos un dossier donde se abogó por ello.

Pero ahora solo preciso acerca de aquellas agendas esbozadas al inicio. A la República de Cuba le corresponde, tanto como al resto del orbe, aunque desde las circunstancias propias del país, asegurar los instrumentos para que esta nueva pluralidad ejerza su cuota de soberanía. Tal vez no sólo en cuanto al derecho de asociación y la presencia en la esfera pública, sino además hasta el acceso a la Asamblea Nacional. Ello podría corresponder dado el carácter del parlamento cubano.

No corresponde a este ámbito, pero aprovecho para también suscribir que sería pertinente la legalización, como institución en la Isla, de algunos medios de comunicación no formalizados. Algunos de ellos podrían aportar decoro a libertad de prensa en nuestra sociedad.

No sé si algo de esto será posible. Ojalá que sí. Sin embargo, para ello, en tanto comunidad ciudadana, debemos alejar de la política todo hálito “religioso” y, de paso, también apartar de la política y de la religión cualquier traza de “fanatismo”.

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