Lo individual no es una condición primitiva

Por Roberto Veiga González

Para acometer dinámicas democráticas debemos configurar múltiples orientaciones antropológicas, politológicas. Entre ellas, tenemos dos binomios que, a la vez, se integran. Son la relación entre lo individual y lo social, y entre los intereses particulares y la responsabilidad social.

Cada ser humano puede ofrecer algo que los otros necesitan y, a su vez, puede recibir mucho de cada individuo. De ahí la complementariedad social. Igualmente, cada persona, como individuo, necesita recibir del exterior para desarrollarse, madurar, y después, en tanto sujeto social, devolver, a modo de reciprocar.  

Esto demanda que el quehacer cívico de una ciudadanía, diversa, resuelva la bifurcación entre individuo-sociedad-poder público. En tal sentido, el individuo debe erigirse en Estado. De algún modo, todos los ciudadanos, todas las comunidades, todas las asociaciones, todas las instituciones (de cualquier tipo) y, por supuesto, todas las autoridades, son el Estado.  

Desde esta lógica, cada entidad, cada dinámica, debe disfrutar de su naturaleza social, institucional. Dentro del Estado y, en alguna medida, actuando como Estado, deben desempeñar su quehacer comunitario, pero cada cual -invariablemente- de acuerdo a su naturaleza.

Sin embargo, esto no puede convertir a cada sujeto natural, asociativo o institucional, en un mero individuo colectivo, en masa, en una aprisionada partícula del Estado. La individualidad de las personas, asociaciones, instituciones, debe trascender y, además, constituirse en fundamento, impulsor y finalidad del Estado, si bien todos compartimos un destino, un camino.

Por ello, resulta necesario incorporar la política a modo de proceso continuo de construcción conjunta -que implique a todos- de un orden público para el bienestar. Sin embargo, esto no es sencillo. En muchos casos, a personas y a grupos y a sectores poderosos, les importe poco lo que le ocurre al resto de la sociedad.

La idea de interés debe ocupar un sitio central en la cuestión social y, por ende, en la política. El interés suele interponerse y separar, pero no porque sea en sí mismo un hecho negativo. Los intereses disimiles, a veces contrapuestos, cuando logran articularse debidamente, pueden impulsar un desarrollo mayor, acelerado y mejor para todos. 

Pero esto demanda dos cometidos. Una civilidad dialéctica que procure detenerse donde corresponde, no afectar al otro, sin dejar de ser autónoma, libre.  Una organización democrática eficaz, que se concentre en la articulación de los intereses de los individuos, a partir de las aspiraciones compartidas, y en busca de la libertad personal más plena posible, mas no a modo de soledad, abandono.

Está en juego la capacidad de construir la humanidad de forma conjunta. Para hacerlo, debemos colocar la responsabilidad como esencia opuesta a la indiferencia. Paradójicamente, agravan esta indolencia aquellos “paradigmas” que, desde diferentes preferencias, estiman lo individual a manera de condición primitiva, perjudicial.

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