Cuba Posible, el descongelamiento y el futuro de las relaciones Cuba-Estados Unidos

En coloquio con amigos y colegas, José Raúl Gallego pregunta a Roberto Veiga

José Raúl Gallego: ¿Cuál fue el papel de Cuba Posible (y particularmente su directiva) en el proceso de acercamiento entre los gobiernos de Cuba y Estados Unidos?

Roberto Veiga González: Muchas personas, más que instituciones, participaron de ese proceso. Sobre todo, para hacerlo posible como acontecer. Sin embargo, siempre apunto que su concreción, en lo esencial, dependió del arrojo de Raúl Castro y Barack Obama. Pensar otra cosa es equivocarse, no saber, hacerse como quien no comprende, o algún oportunismo. Decisivos fueron también los equipos negociadores de ambas partes, lo cual resulta una historia que tal vez en algún momento sea contada de modo suficiente, al menos en aspectos importantes. Pero además resultaron muy (pero muy) importantes muchos otros actores que intentaron impulsar, dar cuerpo y prefigurar ese proceso. Entre ellos debo destacar el excepcional trabajo de diplomáticos de los dos países. Si bien todo esto no encontró el respaldo suficiente, sobre todo en la Isla, de la “comunidad política, ejecutiva”. 

Cuba Posible tuvo en ello un desempeño modesto, pero logró atravesar todo el proceso, desde los antecedentes hasta los estiércoles, además de manera interesante, fascinante. Pero esto no fue algún tipo de privilegio, sino una consecuencia.

Si la empresa hubiera sido juntar estadounidenses y cubanos para gestionar ayuda humanitaria hacia un país en catástrofe, hubieran solicitado el concurso de otros estadounidenses y cubanos. Igualmente, si hubiera sido organizar una “invasión militar” (que jamás ocurrirá) a la Isla. La cuestión es que hicieron falta estadounidenses y cubanos decididos a un arreglo (tanto bilateral, como entre cubanos).

Siempre he defendido la distensión y el encuentro entre cubanos y entre la Isla y el mundo, en particular con Estados Unidos. A partir de 2005, al asumir como editor de Espacio Laical, esto fue incorporado por su consejo editorial y perfilado como política. De inmediato progresaron los vínculos con cubanos que también pretendían esto, en la Isla y en la emigración, y con amplios e importantes sectores estadounidense a favor de ello. Por años trabajamos juntos y mucho. Innumerables fueron estas labores. Por ejemplo, por sólo mencionar una, cada año realizamos en Estados Unidos una Jornada pro normalizadora que no eran meramente formales, simbólicas, como suelen ser las cosas de esta índole.

Durante ellas trabajamos, por ejemplo, con el Departamento de Estado y asesores de la subsecretaría de Estado, miembros demócratas y republicanos de la Cámara de Representantes, miembros del Grupo de Trabajo sobre Cuba de la Cámara de Representantes, asesores para América Latina del Comité de Relaciones Exteriores del Senado de la Unión. Asimismo, por ejemplo, tuvimos varios encuentros con directivos de Brookings Institution, académicos de American University y de la Universidad Internacional de Florida, colaboradores de la Fundación WOLA, el director del FMI para el hemisferio occidental, y la directora para América de Amnistía Internacional. Y el Diálogo Interamericano que, desde los tiempos de Espacio Laical, ofreció acogida honesta, apoyo cierto y rumbo despejado.  

Con los años, muchos de los estadounidenses que conocimos en estos empeños fueron actores decididos de la normalización de relaciones “Raúl Castro/Barack Obama”. Incluso, teníamos amistad sólida con personas que estuvieron alrededor de una mesa, una noche, cuando inició en Estados Unidos la idea de instaurar este proceso. Además, intenso fue el vínculo en esa etapa.

Por ejemplo, conversamos muchísimo sobre ello, aunque sin que nadie nos comunicara formalmente del acontecer, durante sus estancias en Cuba y las nuestras en Estados Unidos. Supe, a mediados de 2013, que podría haber un canje de prisioneros. Organicé, a fines de 2013, una reunión de una estadounidense importante que deseaba encontrase con el Arzobispo de La Habana para otear la disposición de la Iglesia a favor de un probable proceso de tal índole. En marzo de 2014 nos entregaron en Estados Unidos, a Lenier González y a mí, la carta de autoridades estadounidense pidiendo el apoyo del papa Francisco a estas gestiones. De pronto supe, por esta propia carta, que un oficial de la seguridad cubana preso en la Isla, por trabajar para los servicios secretos estadounidense, de quién conocí bastante, podía ser intercambiado por “los cinco”. A mediados de 2014 comenzamos a preparar un evento que realizamos en Washington, en enero de 2015, que debía tener lugar después que sucediera algo importante a fines de 2014, si bien no conocíamos qué ocurriría en esa fecha. Fue el primer encuentro entre actores de los dos países después del anuncio de la normalización. O sea, bastante información poseíamos y demasiada era nuestra implicación.

Después, durante algún tiempo, trabajamos mucho. Reuniones para explicar, convencer, solicitar, defender, juntar. Nada relevante, pero tal vez sí de interés para algunos. Sin embargo, no entraré en detalles al respecto, porque todo aún resulta reciente y ello también es “patrimonio” de todas esas otras personas.

En última instancia, el papel más importante de Cuba Posible fue demonstrar que, inclusive, aquellos considerados la “oposición leal” en Cuba apoyamos y apoyaríamos las decisiones de ambos gobiernos en rumbo a una mejor y más eficaz relación bilateral.

Por otra parte, sí comentaré un instante que no olvido. Justo una semana antes del 17 de diciembre de 2014, cuando ya todo estaba conveniado, pero nosotros no conocíamos lo que sucedería ese día, fuimos invitados a conversar por el Embajador de Estado Unidos en la Isla. Asistimos Lenier González y yo, y charlamos cerca de tres horas con él y algunos colegas suyo. Recuerdo que al final me preguntó: “¿Qué le pedirías en este momento al gobierno de mi país”? Le respondí: “Un gesto grande muy grande con Cuba, que nos permita probar si somos capaces de arreglar nuestros problemas”.

José Raúl Gallego: ¿Conocía de ese oficial cubano en prisión?

Un alto prelado de la gestión universal de la Iglesia, destacado en Cuba, lo asistía en la prisión, a través de visitas y por medio epistolar. Cuando ya culminaba su labor en la Isla, por alguna razón, pretendió que yo continuara ese acompañamiento. Con cierta sugestión acepté y comenzamos a prepararme para ello. Nunca llegué a visitarlo, pero en la preparación encontré a una persona de suma inteligencia, formación y estabilidad. Muy cerca del instante en que nos vincularíamos directamente, un obispo cubano impidió que esto ocurriera, alegando que era difícil justificar pastoralmente que fuera yo quien lo atendiera y que, en algún momento, ello me traería dificultades con el gobierno. De seguro fue sensato.

José Raúl Gallego: ¿Participaron en el proceso de normalización como actores de la mediación de la Iglesia Católica?

A partir de la intervención del Cardenal Arzobispo de La Habana con motivo de lamentables sucesos con el grupo opositor denominado “Damas de blanco”, inició un proceso de diálogo entre el gobierno y la Iglesia (2010-2012), en el cual muchos cifraron grandes esperanzas que no pudieron satisfacerse. En aquel momento, resulta evidente, Raúl Castro consideró la conveniencia de reconocer un interlocutor interno. La Iglesia Católica era la única institución fuera del sistema que, además, no había tenido algún tipo de connivencia con el Estado y, también, constituye una institución universal e históricamente reconocida. En tanto, esa era la más idónea.

El núcleo de Espacio Laical decidió acompañar el proceso y, en alguna medida, cooperamos mucho con el Cardenal Arzobispo de La Habana. Sin embargo, aunque lo hicimos como católicos y desde una entidad de la Iglesia, lo cual benefició el cometido de la institución, jamás las autoridades eclesiales nos pidieron tal desempeño. Y, una vez debilitado el proceso, algunas de ellas prefirieron dejar claro que lo realizado era sólo incumbencia personal de nosotros. Si bien el Cardenal siempre conoció y asintió, previamente, cada detalle de lo que emprendimos. La Iglesia, con todo derecho, nunca nos legitimó como actores eclesiales, ni apoyó nuestra participación en otros procesos sociales.

Pero aún en Espacio Laical, ya se negociaba entre delegados de Raúl Castro y Barack Obama, y de este proceso devino el apoyo a nuestra proyección. Al parecer, durante la negociación secreta se había manejado la necesidad de que actores independientes cubanos pudieran desarrollar una participación en la esfera pública del país y se llegó a cierto acuerdo acerca de personas que ya tenían alguna historia al respecto, siempre que fuera posible probar, por ambas partes, que, en estos menesteres, nunca habían trabajado para ninguno de los dos gobiernos. Nosotros fuimos de esos actores que recibieron “cierta licencia”, aunque jamás nos comunicaron nada y no sabemos quiénes otros formaron parte de los beneficiados. También conocemos que fueron estadounidenses relevantes quienes presumieron potencialidades en Cuba Posible e insistieron en el bienestar que podría ofrecerle a la sociedad cubana.

Agradezco sobremanera el reconocimiento y apoyo, siempre respetuoso y delicado, por parte de influyentes y poderosos estadounidenses. Pero ello posee un costado lamentable, ajeno a quienes desde Estados Unidos nos consideraron de esa forma. Resulta frustrante que el sitio de Cuba Posible en la realidad cubana provenga de importantes sectores norteamericanos, mientras era escatimado en la Isla por quienes deberían garantizarlo, acogerlo. 

José Raúl Gallego: ¿Durante esa etapa participaron de algún diálogo con autoridades cubanas o funcionarios del gobierno?

Roberto Veiga: No fuimos actores legítimos de la Iglesia en tal proceso. Aunque, dada la agenda que desarrollamos al respecto, en varias ocasiones coincidimos con algunas personas de ese entorno y siempre intercambiamos ciertas consideraciones. Estimo que representaban con lealtad al jefe de Estado, además con excelente formación y sensibilidad política. Siempre fueron y fuimos extremadamente respetuosos y francos. 

José Raúl Gallego: Desde la distancia ¿cuáles considera que fueron los aciertos y desaciertos en ese proceso de acercamiento entre Cuba y Estados Unidos, sobre todo pensándolo desde la intención de contribuir a un proceso de democratización de la sociedad cubana?

Toda distensión resulta piedra angular de la democratización. Por ello se hace imprescindible entre cubanos, si bien, dado nuestro itinerario, pareciera que no habría por qué esperarlo. A la vez, ninguna democratización será estable sin una distensión entre los poderes de la Isla y de Estados Unidos. Esto último, en nuestro caso, es una condición cuasi natural.   

La cancelación de ese proceso llamado normalización y los lineamientos del PCC, afectó de manera descomunal al país, mancilló una realidad social muy cubana dispuesta a procurar la solución de los problemas comunes, y derrotó al propio Raúl Castro, aunque éste mantenga todo el poder.

Él comprendía la necesidad de reformas, aún dentro de las coordenadas del propio sistema, que no asumiría de manera amplia. Pero se impuso reforzar condiciones para que sus “herederos políticos” la realizaran con posterioridad. Entre ellas se encontraban, el logro de una economía eficiente, una mayor eficacia de las instituciones del Estado, y una multilateralización de las relaciones internacionales que sería dispuesta a favor de las trasformaciones internas. Sabía, además, que todo ello tenía una condición esencial, pues no sería factible ni estable sin normalizar los vínculos entre Cuba y Estados Unidos. Por ello, validar tales cancelaciones fue renunciar a un legado propio, acorde a las exigencias de su período en la jefatura del Estado.

No puedo conocer por qué lo hizo, cuáles razones pudieron concurrir para ello, cuál fue su intención. Sin embargo, reconozco que un conjunto de circunstancias lo colocaban en desventaja, en torno a la única metodología que aceptaba: “sin prisa, pero sin pausa”.

Por ejemplo, la negociación debió realizarse de forma secreta, lo cual no permitió cuajar consensos previos dentro de la oficialidad. Desde el anuncio mismo, unos sectores oficiales celebraron y otros sintieron una especie de luto. La escasa disposición para reducir el protagonismo de los “sovietistas” del sistema. La preocupante incapacidad que mostraban las instituciones de la Isla para beneficiarse de una relación con Estados Unidos, como, por ejemplo, la vinculadas a la agricultura y al comercio. El desarrollo de la autonomía económica, cultural y política que propiciaba la nueva realidad. La falta de experiencia oficial para un discurso y alcanzar concertaciones en torno a las dinámicas emergentes. El éxito político del presidente Obama en su visita la Isla.

Estas, y otras circunstancias, esbozaban un escenario que muy pronto desbordaría ese corsé procesal, que no deseaba detenerse, pero a un ritmo (sin marcha). Consideraron entonces que nuevamente deberían ganar tiempo, mas lo perdían.

Este declive se desató, en la Isla, al culminar Obama su discurso en La Habana. No se desenlazó desde Estados Unidos, ni fue Donald Trump, si bien después todo se ensombreció con él. Incluso, a mediados de 2017, tuve la oportunidad de encontrarme con un asesor importante y directo de Trump, quien además había participado en la organización del acto sobre Cuba en Miami, en 2017, y en el diseño de aquel discurso del inquilino de la Casa Blanca. Le ratifiqué mi reprobación por todo aquello, lo cual era público desde que culminó dicho espectáculo. La conversación fue muy distendida.

Me aseguró que aún su gobierno podía modificar el rumbo de sus relaciones con la Isla, pero era necesario actuar pronto, pues el tiempo político para hacerlo era breve. Afirmó que ellos podrían lograrlo con sólo tres acciones por parte del gobierno cubano. Las enumeró: ampliación cualitativa del acceso a internet por parte la ciudadanía; comenzar a institucionalizar una economía mixta en su acepción más plena posible; y que cada escaño al parlamento sea ocupado por medio de elecciones donde la ciudadanía escoja entre, al menos, dos candidatos, aunque en todos los casos estos sean nominados por el propio PCC.

Por su locuacidad, aquellas palabras no me parecían improvisadas. Pero era imposible intentar promover aquello. El mandatario estadounidense posee una personalidad compleja, no advierto si ese equipo hubiera podido sostener esta opción, en la Isla una especie de “sovietismo trasnochado” había estigmatizado la normalización de relaciones entre ambos países y la propia reforma “raulista”, y ya estaban contados los días de sobrevivencia de Cuba Posible.

José Raúl Gallego: ¿Por qué aceptó Raúl Castro la visita a Cuba de Barak Obama, que sería una especie de colofón, si ya sentía tal desventaja?

No conozco qué pensó, sintió, sino lo sucedido, y con escasas condiciones para interpretarlo. Evidentemente, a pesar de que ya estaba decidido en otra dirección, concluyó el protocolo simbólico a favor de la normalización entre ambos países y, de algún modo, legitimado por él. De esta manera, al menos eso, ya quedó incorporado.

José Raúl Gallego: Raúl Castro inició un proceso de reformas económicas que luego fue congelado y en cierto modo revertido. Algunas de las reformas económicas que necesitaba la sociedad cubana no avanzaron con la flexibilización de Obama, sino que se han anunciado ahora en el contexto de las presiones de Trump y el coronavirus (eliminación del gravamen y de la lista de actividades del TCP, creación de Pymes, capacidad de importación para formas no estatales). Si Biden resultara electo existe la posibilidad de un retorno a “la vía Obama” en un contexto en que la figura de Raúl Castro mantiene la cohesión de la cúpula de poder en Cuba ¿cuál considera que debiera ser la posición de ese gobierno de manera tal que propicie un mejoramiento en materia económica y de derechos para la sociedad cubana y no solo un apuntalamiento económico del Gobierno que pudiera facilitarle un tránsito hacia un modelo autoritario?

Todo será casi imposible sin unas relaciones internacionales orientadas al desarrollo y la estabilidad de las transformaciones internas. Pero ello exige una normalización de relaciones entre Cuba y Estados Unidos. De lo contrario, será difícil que el país consiga las condiciones de estabilidad y bienestar.

Se concebía que el mundo apoyara a Cuba para que estuviera en condiciones de realizar las reformas. Pero el “portazo” a la política de Barack Obama hacia la Isla convenció a los poderes internacionales de que esa política es exigua. Por ello, es muy probable que de ahora en adelante el camino sea inverso: serán las transformaciones en Cuba las que están llamadas a ser un pilar para la cooperación internacional.

En tanto, cualquier política de normalización con Estados Unidos debería concebirse en beneficio de las reformas que demanda el país. Además, debe procurarse una relación con los ámbitos estadounidenses propensos a la negociación y también con aquellos otros que recelan de la misma. Única manera de alcanzar una relación estable, cierta.

Considerar que cualquier negociación con Estados Unidos podrá retomarse en el punto donde fue cancelada por Cuba durante la era Obama, sería un error que debemos evitar.

Comprendo que personas, con las mejores intenciones, aspiran al “colchón blando” de Obama y para abrirle camino colocan toda la responsabilidad en Trump. Lamentablemente, no fue así, y muchísimos de los implicados en Estados Unidos con esa etapa serían quienes prefiguren el nuevo acercamiento, si los demócratas ganaran las elecciones de noviembre.

Estos se verán forzados a una revisión de los fracasos en aquellas gestiones, por razones humanas y también políticas. A muchísimos de ellos les costó en su país el vínculo con la Isla y en algunos casos tuvieron que pagarlo de un modo muy parecido a como se pagan esas cosas en Cuba. Igualmente, no faltan, entre ellos, quienes estiman que sin una modificación de estructuras en la Isla no sería posible (no ya ideológicamente, sino práctica y funcionalmente) un acople entre los dos países (en lo económico, en lo civil, etcétera), que beneficie a la sociedad cubana, no meramente simbólico. 

Incluso, en este sentido, algunos estiman que el gobierno cubano debería dejar claro si lo que busca es un status de relación entre los dos gobiernos que cancele la confrontación y, de este modo, le haga fácil el acceso al “sistema mundo”, pero sin vínculos reales entre ambas sociedades.

Espero que por ningún cerebro orbite algo tan banal. Será imprescindible una relación genuina. Lo cual recomienda que, de ocurrir tal proceso, los gobiernos impliquen, de inmediato, a la sociedad civil de ambos países, y de modo protagónico, no de alabardero.

Lo que podríamos denominar la “comunidad” de Cuba Posible está dispuesta a servir nuevamente al país, en esta hora suprema, no sólo en cuanto al ajuste de relaciones entre ambos países. Estamos forzados a procurar que las necesidades y sueños de tantísimos cubanos no se conviertan, definitivamente, en tierra, en humo, en polvo, en sombra, en nada.

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