¿La transgresión reivindica o humilla?

Por Roberto Veiga González

Desde hace tiempo es posible padecer el deterioro de la conducta de no pocos cubanos. Puede ser cierto que dichas conductas no logran la magnitud que alcanzan en otros lugares del mundo. Pero esta realidad nos debe preocupar a todos. Ella es expresión de una interioridad cargada de confusión y desorden, herida en su humanidad.

Casi siempre hay una “culpa colectiva” en la existencia de dichas conductas. Quizá somos responsables de no reclamar que se exija el debido proceder público. También cuando no alertamos activamente acerca de los déficit educacionales y sobre la carencia de espacios para cultivar espiritualmente a la sociedad. Igualmente podemos ser responsables cuando preferimos no opinar de manera efectiva en relación con tantas circunstancias colectivas que engendran dichas actitudes.  

Las causas socioeconómicas suelen tener un peso colosal en la gestación de inestabilidades conductuales. Es innegable que la crisis vivida en el país desató un proceso de menoscabo de los valores. Sobre todo, desde el “desmerengamiento” del campo socialista, cuando se debilitaron los paradigmas establecidos y se redujo enormemente el poder adquisitivo de los cubanos.

A partir de ese momento, sin redefinir los paradigmas y el consecuente acomodo del orden y las normas vigentes, para acondicionarlos suficientemente a la emergente realidad, los cubanos emprendieron la tarea de aumentar su facultad adquisitiva más allá de la establecida oficialmente por el Estado. Es necesario precisar la justeza de dicha ambición. No es reprobable que alguien desee alimentarse medianamente, tanto cuantitativa como cualitativamente. A otros no les bastó con eso y desearon también poder vestir con cierta presencia y alguna variedad. Y no faltaron quienes anhelaron más: mejorar sus viviendas, pasear, etcétera. Todo esto, hay que reconocerlo, son anhelos muy humanos e incluso necesarios para realizarse como personas que existen para la felicidad.

La cuestión fundamental está en no haber adecuado los paradigmas y las estructuras con el propósito de facilitar la gestión de todas las aspiraciones humanas con la debida licitud y coherencia entre las necesidades naturales de la persona y las normas establecidas. Esto trajo como consecuencia que, para lograr determinados bienes reales y necesarios, fuera preciso vulnerar las normas jurídicas.

Ello provocó que muchos advirtieran una división aguda entre la ley y lo necesario, es decir: lo licito. Dicha realidad comenzó a generar una “cultura” de la transgresión, que continuó con la desorientación de muchos acerca de la posibilidad de emplear también medios carentes de ética (no sólo ilegales) para obtener un bien real y ahondó, además, en no pocos, la perspectiva de procurar por medios injustos bienes aparentes, o sea, males deseados a partir de la conformación de una escala de valores incorrecta.

No es posible suponer que todo trasgresor es un inmoral. Pero sí asegurar que la necesidad de transgredir ha instaurado en muchos una debilidad de la capacidad para optar entre lo adecuado y lo inadecuado. Como quebrantar es obligatorio para subsistir, las personas suelen sentir necesidad de hacerlo y el deber de no cuestionar a quien lo haga, sino más bien protegerlo.

En cuanto al robo, la vida está por encima de todo ideal ético. Por tanto, se puede justificar la apropiación de bienes en casos extremos de subsistencia. Además, muchos hasta suelen considerarlo una “virtud” cuando dicho patrimonio pertenece a quien tiene responsabilidad en la existencia de las condiciones extremas. Siguiendo esta lógica, algunos estiman cierta justificación al hecho de tomar bienes del Estado para lucrar y mejorar así las posibilidades de vida, aunque sea muy humildemente.

Con independencia de la veracidad que pueda tener esta tesis, opino que el énfasis se debe poner en procurar con responsabilidad del mejor ajuste de las circunstancias. Lo contrario puede constituir una simple justificación para abdicar del compromiso debido, que incluso puede conducirnos hacía una humillación peligrosa.

Estas conductas se han arraigado y extendido lo suficiente como para dañar la escala de valores colectiva. No obstante, es inevitable reconocer, la cultura cubana goza de fuertes valores tradicionales y, en mi opinión, el país cuenta con una sólida reserva moral, que podrían facilitar la recuperación deseada por muchos.

Pero ello exige que los cubanos cincelemos, mancomunadamente, las posibilidades para gestionar todas las aspiraciones humanas con la debida licitud y coherencia entre las necesidades legitimas y las normas establecidas. Si dejamos de hacerlo, nos estaríamos traicionando a nosotros mismos.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s