Cuba en el andamio. Breves notas para un debate pospandémico

Por Ulises Padrón Suárez

En estos días de pandemia, confinamiento, cuarentena, toque de queda, ha salido a relucir, algo que los académicos y los políticos han negado por décadas, la existencia y consistencia de una comunidad LGBTIQ más en Cuba. Es palpable en la cohesión para reclamar derechos humanos (la besada frente al ICRT, la liberación del artista Luis Manuel Otero, la inconstitucionalidad del DL-370); también en la diversidad ideológica de las voces y generaciones que la componen; y la articulación con otras causas, como la petición de una ley integral contra la violencia de género y la lucha antirracista. La pandemia nos sumerge en la catarsis que permite comprender, en medio de la crisis sanitaria, política y social, la relación asincrónica entre Estado, sujeto e imaginación política.

Debería ser más explícito y hablar de luchas y subjetividades intersecadas, porque solo en ese escenario tenso, contradictorio y múltiple podrían caber todos los proyectos de Nación y todas las comunidades imaginantes. La coronavirus además visibiliza las fracturas de las estructuras sociales, las ineficiencias de una economía disléxica y la necesidad de un cambio político para que sigamos apostando por él sin transformaciones sustantivas. Todo ello dentro de un mapa en el que participan nuevos actores, o reactualizados, que implosionan la unidad histórica del gobierno.

En el ensayo El saber de los fantasmas: imaginarios y ficciones la chilena Lucero de Vivanco Roca Rey, enfatiza que “la sociedad instituyente es la que inventa y se inventa, la que cuestiona su ontología y genera nuevas formas de ser sociales, poniendo un sello identitario y haciendo avanzar la historia.”[1] El motus del activismo cubano aunque en esencia político ha permitido, “construir en construcción”, un devenir histórico, un soma de lucha (en todas sus acepciones incluso las ambivalentes) y una imago que permite apostar (como proyecto Nación), por una comunidad LGBTIQ más. En Cuba, aunque “se eternizan” ciertas instituciones la realidad social está cambiando y los presupuestos ideológicos del Poder cada vez menos logran explicar coherentemente el desbordamiento de la pulsión sexopolítica de sujetos y sus corporeidades, constituidos en los bordes de la sociedad heterosexual, racista, misógina (histórica y acríticamente) como  reacción al locus de un Otro enfermo, adverso y políticamente inestable.

En 1996 el documental Mariposas en el andamio, de Luis Felipe Bernaza y Margaret Gilpin, mostraba lo que hacía décadas eran solo líneas discontinuas de la representación trans. La imagen del travesti como sujeto social paradigmático en pugna con el discurso homofóbico que, desde el inicio de la Revolución, fue desplaza del discurso y las políticas de la Revolución. Las UMAP, el primer Congreso de Educación y Cultura, el Éxodo de El Mariel, el sida marcaron acontecimientos y las políticas heterodisciplinantes para grupos marginados. En medio de la crisis económica y simbólica de los 90, la reaparición del homosexual, como sujeto en y de la comunidad, se hizo más recurrente. Su corporeidad ambivalente, en resistencia, comenzaba a operar en el registro discursivo pero, sobre todo como una propuesta de sujeto codificable en una sociedad raigalmente colonial, patriarcal y heteronormativa. No tanto así como un individuo extravagante sino, más bien, como una representación de una colectividad desde presupuestos heteronormativos, capaz de hilvanar una genealogía de la resistencia ante y durante del Periodo Especial. El filme Fresa y Chocolate de Tomás Gutiérrez Alea, en 1993, propuso una lectura más abierta sobre la alteridad sexopolítica, en la sociedad, aunque impuso un modelo homonormativo de las sexualidades no binarias.

Volviendo a Mariposas…, el poeta Norge Espinosa, al cumplirse los 20 años del estreno en Cuba, enfatiza que el audiovisual enlaza a “una comunidad [que] significa [además] construir también su noción de memoria, alentarla desde el repaso del hallazgo y la pérdida, levantando sobre los fragmentos del pasado una imagen que puede explicar las angustias y proyectos del presente, en un índice más profundo que el simple festejo o la voluntad de soñar durante una noche de gala.”[2] El sujeto y comunidad LGBTIQ más entretejen una discursividad emergente como práctica cultural y política, en el límite interseccional feminista y antirracista.

Sin embargo, “la revolución permanente es la heterodoxia permanente,” diría el escritor Carlos Fuentes. Acción de-constructivo que se sale de los márgenes de las instituciones e invierte la lógica de la legibilidad del Poder y sus fuerzas burocrático-represoras. La heterodoxia y la heterogeneidad fundan una alteridad desde la cual se imagina una comunidad racializada y sexodisidente; una sociabilidad más democrática, radical e inclusiva; con un sistema de participación político real que repiensa lo social desde la plasticidad y, sobre todo, donde se reescribe un relato que hasta el presente ha discurrido en fragmentos inconexos y no como ficción histórica de la discriminación de ese Poder. En el clásico libro La maldición. Una historia del placer como conquista, Víctor Fowler asegura que “las actitudes de rechazo a la homosexualidad tienen una historia tan larga como la vida misma de la nacionalidad.”[3]

En el 2018, el país estuvo inmerso en el referendo constitucional y el artículo 68, que versaba sobre el matrimonio igualitario, del anteproyecto captó exageradamente la atención de la ciudadanía. La discusión polarizó a sectores progresistas y reaccionarios. En el bando reaccionario, las iglesias cristianas desplegaron una campaña amenazante con financiamiento de grupos religiosos ultraconservadores cercanos a la administración del presidente Donald Trump. Su impacto fue demoledor para los activistas LGBTIQ más cuya desunión intrínseca no permitió enfrentar políticamente el despliegue homofóbico. La ausencia de alianzas entre activistas promovidos por el Estado e independientes y, por supuesto, la inexistente agenda común para hacer frente al fundamentalismo religioso pone en peligro la aprobación del matrimonio igualitario y la limitación de las libertades de las personas LGBTIQ. Con el auge que han ido tomando los grupos fundamentalistas, al lado del conservadurismo político de la izquierda institucional, podrían peligrar derechos garantizados, como el aborto, en el caso de las mujeres. Constituye, pues, un peligro que se cierne ante el avance de las iglesias cristianas y el laissez faire del gobierno.

En las reuniones de la Asamblea emergió una nueva figura dentro de los diputados, abiertamente gay, que apostó por la inclusión del matrimonio igualitario. Luis Ángel Adán Robles y junto con Mariela Castro Espín fueron las voces que se pronunciaron a favor de la propuesta. Resulta curioso que solo dos diputados de 605, apostaron por este proyecto. La carrera del diputado se vio eclipsada sin finalizar la legislatura dejando un vacío en la representación de grupos no heteronormativos. La falta de voluntad del gobierno para consolidar un capital político constituye problemático al canalizar las demandas de la sociedad civil, sobre todo cuando en Cuba se aplica una política de cuotas en el parlamento por género y color de la piel. La renuncia del joven parlamentario antes de finalizar la legislatura alberga otros cuestionamientos irresolutas en el marco del gobierno cubano, además que expone los vacíos de la inclusión en abstracto y la incapacidad del gobierno de adaptarse al cambio de paradigma.  

La dilación de dos años para aprobar el próximo Código de las Familias, se convierte en una estrategia “populista”, como dijera el politólogo Harold Cárdenas, e inconstitucional por su propia naturaleza jurídica, al presentar a la ciudadanía un nuevo código y al dejar en manos de la ciudadanía los derechos humanos. La demora evidencia que el Estado paternalista soporta a un sujeto patologizado pero no a un sujeto sexodisidente políticamente emancipado. Recuerdo las discusiones bizantinas entre los grupos de activistas del Centro Nacional de Educación Sexual (CENESEX) y el otrora Centro Nacional de Prevención (CNP) sobre si se realizaba promoción de salud o activismo social, como si fuera posible desligar ambas prácticas en grupos cuya visibilización comienza en el acceso a la sanidad como derecho humano universal.

En medio de la crisis sanitaria, el capital político entre personas LGBTIQ y negras se vuelve un complejo desafío para la sociedad civil. Si lo entendemos como una red alianzas, recursos e influencia entre la ciudadanía y las estructuras de gobierno. A la vez que la nueva circunstancia nos impone una nueva realidad en cuanto, como afirma Paul B. Preciado, “la gestión política de las epidemias pone en escena la utopía de comunidad y las fantasías inmunitarias de una sociedad, externalizando sus sueños de omnipotencia (y los fallos estrepitosos) de su soberanía política.”[4]

La pandemia ha hecho más evidentes la estratificación social, la ruptura del sujeto social (blanco, heterosexual, de clase media) radicalizado políticamente en un escenario  altamente ideológico. Estas rupturas no son actuales pero recrean el rizoma social y político contingente, en el cual sujetos sobreviven ante la escasez de lo básico para la reproducción de la vida; donde se construyen alianzas, a la vez que se intensifican las inequidades. El performance político de las nuevas identidades queers, en conjunto con las demandas históricas antirracistas, modela una sociedad líquida frente a un pasado colonial, esclavista y heteronormativo.

¿En qué lugar ubicar a las personas trans, el acceso al matrimonio igualitario o la descriminalización de las sexualidades no heteronormativas y, a la misma vez, frenar la emergencia del fundamentalismo religioso y el conservadurismo de la clase política? ¿En qué punto convergen las luchas antirracista, el feminismo y el activismo LGBTIQ frente a un Estado que retarda el diálogo con la sociedad civil? Cualquier apuesta por una Cuba futura traerá aparejado estas y otras interrogantes que constituirán esenciales para la pluralidad y equidad política. Una Cuba en el andamio, performática, divergente, supone el desborde de las formas de la política tradicional y del nacionalismo excluyente.

En el 2008, subía a escena Visiones de la Cubanosofía, por el grupo de teatro El Ciervo Encantado. Constituye un relato introspectivo sobre una Cuba profunda en los márgenes de la memoria. Esgrimía entonces la resignificación de lo político para repensar la nación. La puesta en escena era un inmenso andamio transfigurado en altar; entretanto un Martí recorría en silencio el andamio, a la vez que una Virgen desconsolada pendía en el altar. Esta estremecedora y abismal imagen de la Isla conmueve por la destreza sugestiva, una Isla perseguida por sus demonios y la urgencia de la reconstrucción. Construir un espacio en tensión de participación ciudadana, desde la diversidad racial, sexopolítica y comunitaria, estará obligado a promover la equidad como eje emancipatorio y libertario. De otro modo, reproduciremos desigualdades históricas. Cualquier proyecto futuro deberá ser radical desde una perspectiva interseccional. La inclusión debe interpelar las políticas públicas para los grupos marginados, como agentes de la reescritura de la historia.


[1] Lucero de Vivanco Roca Rey. “El saber de los fantasmas: imaginarios y ficción”. Alpha No. 29, Diciembre 2009, pp.217-232. <http://alpha.ulagos&gt; [20/3/2013].

[2] Norge Espinosa Mendoza. https://www.elcineescortar.com/2016/05/21/cine-gay-en-cuba-a-20-anos-de-mariposas-en-el-andamio-un-homenaje/

[3] Víctor Fowler. La maldición. Una historia del placer como conquista. Editorial Letras Cubanas, La Habana, 1998.

[4] Paul B. Preciado. “Aprendiendo del virus”. El País 28 de marzo, 2020. https://elpais.com/elpais/2020/03/27/opinion/1585316952_026489.html?ssm=FB_CC

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