Cuba: ¿Larga vida a los tecnólogos políticos?

Imagen tomada de CiberCuba

Por Armando Chaguaceda

Cuando una sociedad se corrompe, lo primero que se gangrena es el lenguaje. La crítica de la sociedad, en consecuencia, comienza con la gramática y con el restablecimiento de los significados. Octavio Paz

Con la caída del Muro de Berlín, dos gobiernos -entre muchos- enfrentaron un complejo desafío existencial: Norcorea y Cuba. En un entorno global hostil a los regímenes de partido único y economía planificada, sus liderazgos procuraron la sobrevivencia. Por su limitado poderío material y humano, ambos tenían que acudir a recursos asimétricos. Pyongyang apostó a la desestabilización y el chantaje racionalmente calculados, con el arma nuclear como baza. La Habana al refuerzo de las relaciones diplomáticas, la solidaridad y la propaganda inteligente, bajo un enfoque de Sharp Power.

En la isla, tal elección se tradujo en la hábil combinación de cierre conservador y reformismo epidérmico. Represión hacia dentro y seducción hacia fuera. El sustrato leninista primó en los predios de la economía, la política, la educación y la comunicación de masas. Pero un giro gramsciano operó, de modo subordinado, circunscrito a los ámbitos artísticos y de pensamiento de la política cultural. En ese entorno aparecen, al lado de los obsoletos profesores de marxismo leninismo, los tecnólogos políticos

Los tecnólogos políticos no son exclusivos del caso cubano. Iván Krastev y Stephen Holmes, al analizar las políticas de imitación expandidas tras el fin de la Guerra Fría, las presentan cómo el arte de hacer realidad apariencias políticas. Un arte encargado de legitimar el poder de Estados autoritarios en sociedades poscomunistas. Sobre el telón de fondo de una retórica democrática globalizada.

Los tecnólogos políticos son especialistas en manipular la opinión pública con objetivos afines al sistema. Realizan un trabajo “creativo” en coyunturas sensibles -elecciones, escándalos, protestas, procesos constituyentes- manteniendo la ilusión de apertura y pluralismo dentro de entornos autoritarios. Al decir de Krastev y Holmes, los tecnólogos políticos son “enemigos intransigentes de las sorpresas electorales, del pluralismo de partidos, de la transparencia política y de la libertad de unos ciudadanos bien informados para participar en la elección de sus gobernantes”.

Varios tecnólogos políticos son famosos, en países y circuitos del universo autocrático. En Rusia destaca Gleb Pavlosvsky, antiguo disidente soviético y asesor -desde su Fundación para las Políticas Efectivas- de B. Yeltsin y V. Putin. En Venezuela tenemos el sociólogo Oscar Schemel, dueño de la encuestadora Hinterlaces e integrante de la Asamblea Constituyente del madurismo. En China encontramos a Eric Li, empresario, tertuliano digital y fundador del conglomerado mediático Guancha. La lista es larga.

La tecnología política opera a través de un ecosistema de ONG gubernamentales, medios de prensa autorizados e intelectuales reformistas, todos leales al sistema. Con sus recursos comunicacionales e intelectuales, los tecnólogos políticos refuerzan la gobernanza cuando no conviene aplicar la violencia excesiva. Dentro de la cobija del Estado autoritario, ideología oficial y tecnología política establecen una división del trabajo. La ideología se orienta a la masa de la población, cautiva de medios e información tradicionales. La tecnología política seduce a segmentos conectados de élites nativas y públicos foráneos

Las condiciones políticas de la Cuba actual son poco favorables para el debate cívico. Bajo el orden postotalitario vigente, el estado de las libertades de información, expresión, organización y manifestación sitúan al país en un lugar deficitario dentro del hemisferio occidental. Cuando toda forma de organización espontánea -incluso aquellas no partidarias, como el ambientalismo comunitario y la protección de animales- deviene objeto de monitoreo, coptación y veto del Estado, es difícil sostener un debate político. La ciudadanía interesada en participar activa y autónomamente en la política nacional sufre tremendas restricciones.

De ahí que la mera existencia de los tecnólogos políticos esté ligada a una excepcionalidad autorizada por el Estado. Una condición que no se traduce en derecho para el resto de sus conciudadanos. Dado que el modelo oficial condena a cualquier espacio intelectual autónomo al aislamiento o el deceso, aparece la alternativa del ágora Potemkin[i]. Espacios donde los debates son controlados en cuanto a la diversidad de sus participantes, la amplitud de sus públicos y el pluralismo y politicidad de sus temáticas. Los tecnólogos políticos operan sobre esa realidad, ofreciendo una ilusión de apertura controlada bajo el Estado censor.

Los textos e intervenciones enmarcados por foros de tecnología política -cómo la revista Temas y su espacio Último Jueves – acogen temas nobles. Allí se aboga por un socialismo próspero y un Poder Popular mejorado. Abundan las alusiones normativas a la participación, la descentralización y el debate. Pero esos ideales no son contrastados con el estado real de las estructuras, los actores y los procesos concretos del régimen político cubano. Cuando sus animadores plantean, de modo retórico, la idea de un hipotético pluripartidismo se le limita a variantes del modelo actual. [ii]Sin problematizar porque incluso ese pluralismo limitado resulta ahora imposible.  Se trata, en todos los casos, de opiniones “sin tiempo y sin sujeto”.

Los tecnólogos políticos cubanos han cumplido -en dependencia de contextos y temas- posturas de promoción de la deliberación y administración de la política. En los años 90 ayudaron, junto a publicaciones y proyectos de la Iglesia católica, a posicionar temas cómo la sociedad civil. Han desempeñado, alternamente, los roles de promotor del debate cívico y gatekeeper de catarsis controladas.

Pero todo análisis debe ser dinámico, pues el impacto social de los intelectuales depende del contexto y momento en que se inserten. Aunque el régimen cubano no ha evolucionado en lo esencual desde el fin de la Guerra Fría, la nación sí ha cambiado. Luego de la reforma migratoria y la expansión de Internet -y ante la proliferación de plataformas, públicos y de problemáticas- el rol promotor de los tecnólogos políticos cubanos se vuelve prescindible. Al menos su auspicio cuasi monopólico.

A diferencia de los años 90, la producción, difusión y consumo de informaciones e ideas están hoy más extendida en el país. La esfera pública de lo cubano adquirió un carácter transnacional. Los nodos se multiplican y las interacciones fluyen, desde diversas identidades y posiciones. En ese sentido, los tecnólogos políticos pueden seguir siendo atractivos frente al monólogo obsoleto y aburrido de Granma. Pero no constituyen ya la única ruta y frontera posibles para la formación y debate cívicos en la Cuba actual. Son un actor más, debidamente autorizado, en el panorama nacional.

A partir de esa situación,  el nexo persistente entre Estado autoritario y tecnólogos políticos permite plantear varias preguntas. ¿Operar de modo exclusivo -y excluyente- con las reglas de juego oficial, cómo hacen los tecnólogos políticos, contribuye a la socialización política de una ciudadanía activa? ¿Ello no reproduce -y refuerza- la legitimación del régimen autoritario que constriñe a aquella? ¿En qué medida la autorización excepcional de un debate público focalizado mantiene el protagonismo de los tecnólogos políticos? ¿Esa excepcionalidad no guarda relación con la prohibición general a experiencias similares? El asedio al Centro de Estudios Convivencia y el cierre forzado de Cuba Posible, entre otros ejemplos recientes, no generaron expresiones de solidaridad entre sus colegas/competidores del campo de tecnólogos políticos. ¿No se establece, por la vía de los hechos, una retroalimentación perversa entre las actitudes de permiso y censura dispensadas desde la cúspide del poder?

Los tecnólogos políticos cubanos vivieron horas doradas bajo la normalización con EUA, entre 2014 y 2016. La prensa extranjera los buscaba, tenían cierto eco -o al menos eso parecía- en segmentos de la burocracia local. Sus debates animaban las incipientes reformas y reflejaban importantes criterios y discrepancias, no demasiado radicales, de la población. Pero en el momento actual sus análisis parecen alejados de la realidad. Repiten las mismas tesis de hace treinta años, pensadas para un país diferente. Sus propuestas no solo padecen la reversión de la normalización, operada por la administración Trump. Es el propio gobierno, al que la tecnología política maquilla, quien hace quedar mal a la retórica reformista con su mezcla de inmovilismo, lentitud y represión.

La perspectiva del vaso medio lleno o medio vacío deriva de los referentes -intelectuales, políticos, éticos- con que evaluemos el impacto de los tecnólogos políticos. Todo dependerá de si elegimos mirar lo que el gobierno permite o lo que la sociedad demanda. Como dijo una vez Claude Lefort, no existe verdadera representación popular, incluso bajo el pluripartidismo -inexistente en Cuba-  “si el juego político se encuentra circunscripto a una elite y escapa a la inteligencia y la capacidad de intervención de aquéllos que esperan que su destino cambie”. Inteligencia e intervención populares que permanecen hoy secuestrados por el poder dominante. Sin una respuesta alternativa de los tecnólogos políticos.


[i]El término Potemkin remite a la fabricación, por parte del mariscal G. Potiomkin, de una serie de aldeas idílicas para que fuesen vistas por la zarina Catalina de Rusia, durante su trayecto a la recién conquistada Crimea. Lejos de estos pueblos fantasmas, la vida de los siervos rusos transcurria bajo la carencia generalizada de riquezas y derechos en el marco de la autocracia dominante. 

[ii] Ver https://oncubanews.com/opinion/columnas/con-todas-sus-letras/predicciones-iii/

Publicado originalmente en CiberCuba

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