Bienestar y solidaridad en Cuba serán difíciles sin ocuparnos del Derecho

Por Roberto Veiga González

En un artículo titulado Cuba: ¿Larga vida a los tecnólogos políticos?, Armando Chaguaceda presenta la cuestión de los espacios públicos, o más bien pequeños espacios públicos, que tratan asuntos relacionados con la política, con el poder. Es un tema sensible, peliagudo, desafiante.

Dedicarse a ello implica, al menos, cuatro retos. Ocuparse de lo común, ya sea por parte de quienes lo gestionan, de los ciudadanos, de los intelectuales de la política, etcétera, requiere de una condición socioeconómica que permita tiempo y esfuerzo para dedicar a los demás.

Demanda instituciones y garantías legales que lo faciliten. Implica la necesidad de interactuar entre todas las ideas, pues ellas, aun cuando sean contradictorias, se necesitan recíprocamente para desarrollarse, legitimarse. Exige poder convertir las ideas en acción, en praxis, en realidad, pues de lo contrario estudiar, pensar, opinar, sería sólo un entretenimiento estéril, cuando no enajenante.

En el caso cubano, quizá sólo estudiamos, pensamos, opinamos. Además, en medio de instrumentos que dificultan la interacción entre las ideas, el acceso a la esfera pública general, la posibilidad de legitimarse, y -sobre todo- la necesidad de convertir las ideas en realidad. Asimismo, este quehacer tan acotado, en muy pocos casos es resultado de un cauce ordinario. Por lo general suele ser un accidente sólo tolerado, cuando no un accidente que cuasi se sustenta en una rara condición de “sostenimiento agredido”.

Esto ocurre porque ello no sucede a partir de un derecho. No están suficientemente garantizados los derechos para opinar, influir en la opinión colectiva, y participar en la política. Sobre esto es que primero deberíamos estudiar, pensar, opinar, si deseamos estudiar, pensar y opinar sobre el resto de los aspectos, con algún sentido funcional.

En tanto, sería urgente erigir estos derechos, y otros, en leyes democráticamente elaboradas y suficientemente garantizadas. Es cierto que tales normas jurídicas, como cualquier obra humana, podrían ser deficitarias, pero sí deberíamos asegurar que brinden espacios, además con reglas claras y seguras, y no resulten impuestas por una voluntad única, al menos sin las correcciones que le pudieran exigir otras voluntades con voz y voto.

De este modo, tal vez sea necesario reconocer el aporte positivo de esos minúsculos espacios públicos, que en Cuba tratan asuntos relacionados con la política, con el poder. Considero importante valorarlos sobre todo a partir de las condiciones en las cuales se desempeñan, y no tanto en contrate con el “deber ser”, si bien jamás debemos perderlo de vista.

Acerca de la solidaridad entre colegas de estos quehaceres cuando alguno es criminalizado ilegítimamente, pues, como siempre sucede con ella, no falta, aunque con los perjuicios que ocasiona la debilidad de tales derechos y los déficits de lo humano. No es fácil para alguien defender que otra persona ejerza un derecho no garantizado de manera legal, institucional. Tampoco es común que una persona, en esos momentos supremos de vértigo, se sienta acompañada suficientemente, logre superar la soledad que en esos casos impone ser individual.

Al respecto, siempre señalo tres pasajes de Jesús. Dos de ellos indican la fragilidad de la solidaridad y otro que, de algún modo, esta jamás deja de estar presente.

Jesús se encontraba en el Huerto de los Olivos, cuando ya conocían que sería flagelado y despojado de esta vida, junto a sus amigos, quienes, aun deseando realmente acompañarlo en esos momentos difíciles, atendían a sus necesidades más que a las de Jesús, y dormían, etcétera, mientras éste sudaba sangre a causa del miedo. A la vez, él nunca se sintió solo, sino en relación continua con Dios a quien, además, llamaba padre; pero ya en la cruz, frente a toda la crueldad, ni él fue capaz de encontrarlo y de llamarle padre. En ese instante le dijo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?” Hay que estar dispuesto a esto.

Por otra parte, Simón de Cirene, quien no se lo había propuesto, ayudó a Jesús a cargar con la cruz hasta el Gólgota. Lo hizo únicamente porque le orientaron esa tarea, no para facilitarle algo al condenado, sino porque los flageladores debían asegurar que sufriera en el camino, pero llegara a la cruz, donde sería crucificado. Sin embargo, durante la relación directa en esa marcha, entre gritos y desprecios provenientes precisamente de quienes pretendió ayudar, no dejó de emerger entre ambos alguna sensibilidad de consolación.

Cuando en 2017, comenzó una campaña enorme, desmesurada, en muchísimos medios, en contra del “centrismo” (de Cuba Posible y otros actores), publicaron muchas más personas en contra de esa posición oficial que la cuantía de los que la defendieron. Esta “batalla” duró un poco más de cuatro meses. Nosotros recopilamos todo el debate y se encuentra publicado en la web de Cuba Posible. Según conocimos después, el oficialismo estimó que no habían ganado aquella cruzada, que sólo habían logrado quedar “empatados”.

No obstante, durante el debate, en la medida en que el oficialismo percibió la correlación de fuerzas adversas a sus designios, comenzaron a hacer distinciones; primero, entre los colaboradores de Cuba Posible; muchísimos de los cuales son personas muy respetadas, autorizadas y legitimadas, y Cuba Posible como Laboratorio de Ideas.

Posteriormente, empezaron a distinguir entre Cuba Posible, su contenido, y las dos personas que la dirigíamos. En tanto, lo primero todo era criminal, después sus colaboradores podían ser legítimos, pero Cuba Posible no, y posteriormente la publicación podía ser legitima, pero Lenier González y yo éramos traidores, subversivos, “hijos de putas”.

Tal esquema resultó conveniente y cómodo para el poder. Nosotros habíamos coordinado toda la dinámica de Espacio Laical y de Cuba Posible. Además, éramos de los poquísimos que jamás habíamos tenido algún vínculo con la institucionalidad. O sea, veníamos de “lejos”, de la Iglesia Católica, y ya ni siquiera poseíamos vínculos profesionales con la cúpula católica.

La experiencia histórica del acontecer individual y social ofrece testimonio de que sólo podemos aspirar al bienestar general y a la solidaridad, si nos ocupamos, previamente, del Derecho.

Publicado originalmente por CiberCuba

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