La acción de excluir genera en Cuba, hacia el excluido, una simpatía natural

Por Roberto Veiga González

Responde Boris González Arenas, activista político, opositor al gobierno de la Isla. Considera que la realidad cubana está entrampada entre una sociedad desmovilizada, agotada, sin marcos de libertad para asumir responsabilidades con el país, y un poder al cual ya le resulta imposible sostener los niveles de sobrevivencia sin aceptar una libertad ciudadana que, a la vez, se empodere, le exija, incluso lo derrote.

1) Al parecer, actualmente cualquier estrategia y gestión de cambios estaría confinada a condiciones que ya exigen -el deterioro económico, -un amplísimo espectro social con imaginarios excluidos por algo más que “un dogma de Estado”, y -el peso creciente de una imprescindible relación con Estados Unidos. ¿Cómo podrían marcar estas tres realidades la próxima evolución de los acontecimientos en Cuba?

El castrismo ha demostrado que puede sobrevivir con una población en la miseria, al punto que la miseria es un elemento consubstancial de su control. El juego con las “reformas” y “paquete de medidas” dirigidas a aliviar la situación material de la población demuestra cuán claro ha tenido históricamente la elite castrista el anhelo ciudadano. Así que cualquier reforma, desgraciadamente, tiene que imponerse en Cuba, antes que novedades políticas, las que provean de un plato de comida, un par de zapatos y medicinas. Esta situación tiene, favorable para emprender reformas, que la población, luego de sesenta años de hambre y necesidades, está más movida por el instinto que por la razón, y quien le provea de alivio a su condición actual será percibido con gratitud. Eso lo tiene a su favor la tiranía comunista. Pero tiene en contra que las carencias son tantas, que es imposible conocer la reacción a su alivio, incluso para los propios necesitados. Frente a la expectativa de solucionar los problemas materiales puede surgir una lista de anhelos tan grande que del clima de gratitud inicial se podría pasar a un desencanto peligroso para el castrismo.

Sobre el espectro social, este demuestra la madurez de la movilización ciudadana que ha tenido lugar en la sociedad (No entiendo qué quiere decir “por algo más que ´un dogma de Estado´”). También ha revelado áreas de conflicto que se salen del debate democracia versus tiranía. Para ilustrar esta afirmación me remito al conflicto del matrimonio igualitario frente a su negación por parte, principalmente, del conservadurismo religioso. El conflicto hizo reformar el Proyecto de Constitución en favor de las demandas religiosas. Para mí es algo positivo que el debate social se diversifique.

No creo que haya un “peso creciente” de las relaciones con USA. El peso de esas relaciones ha sido enorme históricamente, y esa es la razón de la sobrevivencia ideológica del castrismo. Su establecimiento, como sistema antagónico, de uno de los elementos configuradores de la nacionalidad cubana. Basta ver la configuración actual de República Dominicana y México (creo que también de Canadá) para entender que los países en torno a Estados Unidos tienen en su relación con ese país uno de los elementos esenciales de su identidad. Como la pregunta habla de “próxima evolución” hay que referirse a las elecciones de noviembre. De ganar Donald Trump, la situación general solo supone augurios de dificultad para la continuidad del paradigma castrista de dominio. Es de esperar que, en un entorno de reformas tímidas, se verán algunas medidas en favor del capital privado y se mantendrá la situación de abuso de derechos humanos. Para los esperanzados, estos cambios serían más profundos y benéficos. De ganar Joe Biden, el castrismo obtendría un alivio, aunque tendría que esperar para aquilatar su magnitud. Eso frenaría los proyectos de reformas dirigidos al sector privado y aceleraría las ambiciones de capitalización de los diversos grupos unidos en torno al poder. Es difícil saber cuáles serían las consecuencias de esa “aceleración de ambiciones”, pero no parece que puedan desatar luchas insuperables, al interior de la elite comunista, de su estructura de dominio político.

2) Para acometer reformas, cualquier sociedad necesitaría actores cualificados, proyecciones claras, instituciones eficaces. ¿Cuáles serían estos en la Cuba actual? ¿Qué tendrían en contra? ¿Cómo podrían sortear las dificultades?

Esta pregunta parece referirse a reformas profundas. Hablemos por tanto de ellas, sin que crea que sea pertinente, pues no preveo ningún sistema de reformas como el sugerido. Lo primero es que habría que ir a la Constitución de 1940, que es, en materia de estructura legal lo más acabado que tenemos en Cuba. Allí se diseñan, de manera estupenda, tres instituciones imprescindibles, el Tribunal de Cuentas, Garantías Constitucionales y Electoral. Habría que revisar las leyes que le dieron cauce posteriormente, pero la construcción normativa de ellos en la Constitución tiene, a la luz de hoy, pocas objeciones que hacerle. Esas instituciones deben tomar cuerpo inmediatamente junto a la independencia del poder judicial, el Ministerio Fiscal y la elección de sus funcionarios. En la Constitución del 40 aparece descrita esa independencia y sistema de elección, pero habría que revisarlo a la luz del devenir internacional. No creo que la experiencia cubana después de 1959 pueda aportar casi nada a la que dio luz a la C. del 40. Con un poder judicial sólido (y esto no se desentiende de las necesarias relaciones con los poderes políticos que impidan la judicialización de la política en un momento tan grave) es posible encaminar la transformación social con garantías imprescindibles.

Otro órgano esencial es el ejército. Para reformarlo hay que tener en cuenta que tiene un gran poder social, militar y económico. No se trata solo de contentar a sus jefes, sino de generar alternativas materiales y de realización a una membresía enorme que encuentra, en el organismo armado, garantías de satisfacción a sus necesidades básicas y que reaccionarían hostiles al cambio, en caso de que lo perciban como un peligro. Sin dominar el tema, creo que ese cambio tendría como ejes esenciales la desmovilización de un número importante de efectivos y trabajadores civiles, y la toma de medidas que devuelvan al ejército a su función estrictamente de salvaguarda de la nación. Es necesario retirar el sufragio pasivo a los militares. Un ejército correctamente atendido sería un garante de cualquier transformación. Igualmente, es imprescindible la firmeza frente a cualquier intento de desviación de las transformaciones por parte de un grupo menor de sus miembros. Los estamentos paramilitares del castrismo, esos que se mueven al margen de la legalidad y que son órganos de los mismos institutos armados, están capacitados en la “asociación ilícita” y la “asociación para delinquir” como herramientas de trabajo. Eso supone un peligro enorme, estas personas son una mezcla de militares subordinados a estructuras de mando y delincuentes. De verse relegados podrían nutrir organizaciones de crimen organizado y dar a estas una enorme capacidad operativa y de penetración institucional (no solo por su preparación como por sus contactos previos). La legislación cubana contempla la pena de muerte y es necesario que quede claro que se está dispuesto a usarla. Eso, al menos, mientras esté vigente. La C. del 40 contemplaba la pena de muerte precisamente para miembros de cuerpos armados por delitos de carácter militar.

La apertura a un sistema de elecciones directo y con participación plural, que renueve la membresía del Parlamento, sería imprescindible al menos en un segundo momento inmediatamente posterior al inicio de las reformas.

En Cuba hay actores sociales que han demostrado su capacidad potencial para encarnar grandes liderazgos políticos y, sin dudas, un proceso de reformas haría surgir nuevos, a la vez que precisaría la capacidad real de los existentes. La oposición cubana, contrario a lo que afirman los que desconocen, ha ensayados numerosas formas de asociación política exitosa, cuyo alcance ha estado limitado por la acción de la inteligencia castrista, la violencia y la inexistencia de alternativas legales para la llegada al poder político. En los últimos meses se ha asistido a la emergencia de un fenómeno novedoso en la implicación política de un influencer como Otaola y la capacidad de agrupar en torno suyo un gran nivel de atención. Del estudio del fenómeno se pueden sacar numerosas experiencias. Y demuestran, como está pasando en el resto del mundo, el aprecio popular por este entremezclamiento.

Del Partido Comunista, en caso de un proceso de reformas, veríamos emerger numerosas figuras potencialmente líderes de fuerzas políticas. Rusia parió un Boris Eltsin, en Cuba habrá figuras homólogas.

Todos los liderazgos que surjan, y las prácticas sociales que se establezcan, tendrán en contra, básicamente, la ausencia de disciplina cívica, de respeto a la legalidad, y la desorientación en cualquier red de relaciones sociales, cuando solo han conocido una cadena de mandos. Frente a la dispersión democrática, la ciudadanía podría tener problemas para orientarse y propiciar el surgimiento de nuevos Fidel Castro que comprometan la frágil cultura democrática. En este caso no sería de descartar un líder autoritario, abierto al mercado y con relaciones cordiales con Estados Unidos, como manera de cimentar su reconocimiento internacional y nacional.

Tales dificultades solo pienso que pueden ser sorteables por la solidez y el vigor de las instituciones y una virtud cívica que hoy no podemos identificar debido a la asfixia de la disciplina totalitaria. No obstante, un desempeño económico correcto sería una magnífica vía para conseguir consensos. Creo que establecer desde el inicio las instituciones correctamente definidas es imprescindible, so pena de que se establezcan grupos de influencia que luego resulten un obstáculo para su establecimiento. Las cuentas públicas claras, la transparencia en la elección de los representantes políticos y la defensa ciudadana de sus derechos, son tóxicos para cualquier aspirante a mando extraordinario; establecerlos antes que se pueda asentar un nuevo autócrata son esenciales para la calidad democrática futura.

3) Hay momentos en los cuales una sociedad demanda el concurso de toda la ciudadanía, o de la mayoría. A la vez, para ello siempre resulta imprescindible un referente compartido en ese instante, no en la historia, aunque pueda tener vínculos con ella, capaz de entusiasmar e implicar. ¿Cuáles aspiraciones actuales, proyecciones vigentes, documentos fundamentales, pudieran configurar esto?   En ello, ¿podría ocupar algún sitio la Constitución de 2019?

La noción de referente es compleja. ¿Se puede concebir un referente o este surge? No veo cómo plantear ninguno sin acudir a la historia. Solo puedo concebir uno que no existe, y es la conciencia del horror sufrido bajo el castrismo y la coincidencia de toda la nación en torno al deseo de no regresar a él. Ha sido demasiado el sufrimiento y los cubanos vivimos sin mirarlo porque “hay que seguir”, pero una vez que podamos encontraremos como un elemento identitario de nuestra actualidad, al horror (en esto trabajo actualmente).

No apoyo la Constitución de 2019, es otro episodio en el desarrollo institucional de una mafia, el castrismo. Pero la voluntad de cambio puede propiciarse con cualquier estructura legal, porque las dictaduras socaban tanto el funcionamiento de la legalidad, que hacerlo para restablecer el Estado de derecho no encontrará desde la ciudadanía ninguna reserva.

4) Estas dificultades desatan el criterio político de los cubanos. ¿Qué actitudes caracterizan estas expresiones ciudadanas? ¿Cuáles son las formulaciones sociales y políticas más descollantes, dentro de este universo cubano, que pretenden aportar soluciones viables? ¿Cuáles son los cambios más importantes que solicitan y a través de qué metodologías? ¿Cuánta empatía reciproca pudiera existir entre ellas y la generalidad ciudadana? 

No entiendo bien la primera parte de esta pregunta. ¿A cuáles dificultades se refiere con “Estas dificultades”? ¿A qué expresiones con “estas expresiones”? Respondo a lo que creo entender.

Los cubanos hemos demostrado compromiso con nuestro país, dentro y fuera. Voluntad de cambio y deseo de responder con articulaciones de carácter nacional en que todos nos podamos reconocer. Todo el proceso de consulta de la Constitución, tuvo una parte de esa “cultura oportunista del cumplir”, pero también fue el fruto del deseo general de ver que las cosas mejoren. El exilio cubano ha tenido la suerte de asentarse fundamentalmente en Estados Unidos y allí ha podido mantener un sistema de tradiciones y memoria que garantizan elementos de un acervo del que los que estamos en la isla carecemos (el ejemplo de la “comida cubana”, que ha tomado en el exilio credenciales, tiene sus semejantes en “la política en Cuba”, “el civismo cubano”, “el patriotismo cubano”, todos ellos se han convertido en objetos de culto en el exilio). En Cuba se está articulando una sociedad civil pujante con agendas progresistas y conservadoras que son el germen de articulaciones políticas futuras. El solapamiento de las alternativas políticas impide apreciar con plenitud sus características, porque la oposición política, dada la violencia de la tiranía, se reduce a manifestaciones prácticamente individuales de un puñado de personas, hombres y mujeres, más asociables a gladiadores que a políticos. Aun así, el énfasis social del trabajo de la Unión Patriótica de Cuba (UNPACU), el asistencialismo de las Damas de Blanco, el carácter comunitario del Movimiento Opositores por una Nueva República (MONR), denotan un saber hacer político relacionado con la cobertura institucional de las necesidades que es identificable a lo largo de toda la república y, más tarde, al énfasis que sobre ello ha tenido el castrismo.

Figuras políticas importantes reivindican sus vínculos con la democracia cristiana (Movimiento Cristiano Liberación, Proyecto Demócrata Cubano, Partido Demócrata Cristiano) y con la socialdemocracia (Partido Social Demócrata, Partido Arco Progresista), todos con una preocupación por el crecimiento económico con distintas variantes de liberalismo, salud democrática y programas sociales. Creo que en este aspecto la tradición política cubana permanece vigorosa en la actualidad. No se puede descartar, por supuesto, que proyectos mucho más a la derecha y la izquierda del espectro político contienen sus ambiciones en un entorno poco propicio, sobre todo al interior del Partido Comunista, cuya falta de humanidad podría ser nutriente, una vez desarticulado, de las tradiciones políticas más perversas del país a ambos extremos del arco ideológico.

Sobre metodología solo puedo concebir la creación de instituciones de excelencia, el establecimiento de elecciones absolutamente plurales y directas y el apoyo a la sociedad civil. A su vez la participación extranjera en labores de observación, capacitación y financiamiento, con una saludable legislación en contra de vínculos perversos que sin dudas serán establecidos. En este último aspecto el mundo goza de sobrada experiencia pues Cuba no es ningún caso extraordinario respecto de los peligros que suponen financiamientos desleales a los principios de la democracia. Será imprescindible la conformación de un programa de capacitación democrática para adultos, y la reforma de todo el sistema de enseñanza con valores ajenos al totalitarismo. También deberá dejar de promoverse el “crimen bueno” como forma de control político.

5) Evidentemente, la situación actual de Cuba demanda una ruta, “diversa y tensa, pero conjunta”, que incluya a toda la pluralidad de cubanos, con el propósito de aportar efectivamente a la estabilidad, al desarrollo y a la democratización del país. ¿Cómo facilitarlo? Además, ¿sería factible el empeño si el poder excluye a todos “los otros” de la posibilidad real de participar. ¿Algo podría modificar esto?

Lo primero sería no crear paradigmas falsos que excluyan. Supuestas evaluaciones ciudadanas basadas en el mayor o menor apego a doctrinas inventadas con ese objeto. Nacionalismo revolucionario, socialismo participativo, liberalismo antimperialista, etc…

No se puede dividir a los cubanos respecto de su opinión hacia los Estados Unidos (la apelación a un supuesto afán anexionista de los opositores políticos ha sido una práctica perversa, tanto por el castrismo como por quienes, con afán de relevancia, han pretendido congraciarse con él.)

En el lado inverso, hay que generar un sistema de costos para quienes quieran lucrar con su heroísmo. En la lucha contra el castrismo se han visto verdaderas cimas de resistencia y valor, pero ellos no hacen representativo políticamente a tales héroes.

No hay ninguna posibilidad de que un sistema de reformas profundo tenga éxito si excluye a nadie. La acción de excluir genera en Cuba, hacia el excluido, una simpatía natural derivada de la cultura de solidaridad con los perseguidos por el castrismo.

6) Un proceso de reforma demanda inclusión y diálogo. Esto, a la vez, exige la preexistencia de sujetos (individuales y grupales) de algún modo establecidos, legitimados de alguna manera. La sociedad cubana “transnacional”, y el Estado, ¿poseen estos actores? ¿Cuáles deberían ser las características de ese dialogo? ¿Cómo facilitarlo?

Sí existen esos actores, pero es necesaria una rearticulación de cara a cualquier proceso de transformación. Académicos, miembros de la sociedad civil, defensores de derechos humanos y, muy importante, activistas políticos, serán la base de ese diálogo. De adentro y de afuera de Cuba. El Estado también los posee. La estupidez de la dirigencia comunista tiene un correlato no expresado en personas con capacidad reflexiva e iniciativa política e institucional. De su éxito en la detección de estos sujetos y su organización de cara a un proceso así, dependería un mejor posicionamiento en cualquier intercambio semejante. Ese diálogo es algo que anhela el país. La Mesa de Unidad de Acción Democrática en que he participado desde el inicio se configura en torno a ese anhelo. No es una debilidad de nuestra confrontación con la tiranía, es la certeza de que de ese modo obramos por el bien de todos los cubanos. En Estados Unidos se asienta Cuba Decide, la transformación que esta iniciativa promueve es por medio de plebiscito que defina el deseo de los cubanos respecto de su futuro político. De su realización y reconocimiento se derivaría un importante antecedente que daría reconocimiento y apoyo general al gobierno cubano. Sobre la facilitación: La oposición, la sociedad civil y la sociedad en general, no tiene que facilitar nada, el comunismo es una tiranía y tiene que cesar. La oposición solo trabaja contra ella y aquellas propuestas de contacto y diálogo que hemos concebido es estrictamente por el bien del país. Ahora, si nos ceñimos al rol del facilitador, sería imprescindible el concurso de países con experiencia en estos procesos, como Noruega.

Del mismo modo es imprescindible que la estructura estatal tenga garantías al abandono del sistema de control totalitario. Tengo entendido que Colombia creó una fiscalía especial para dirimir los problemas relacionados con la guerrilla. Quizás haría falta una institución semejante. Existe la especialidad llamada, creo, justicia transicional, habría que preguntarles a los especialistas de ella. Eso sí, en un proceso de diálogo tiene que primar algo, lo que no es el Estado cubano no tiene nada que dar que no sean estas garantías lógicas a la vida, la libertad, el desempeño social, económico y político del castrismo que se desmonta, asimismo, el crédito necesario al proceso con su participación; por lo demás, el único que tiene que dar es el castrismo, luego de sesenta años de brutal malversación de todo lo que nos caracteriza como seres humanos.

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