Para que un diálogo sea positivo tiene que haber garantías políticas

Imagen tomada de 14ymedio

Por Roberto Veiga González

Participa Reinaldo Escobar, acerca del tema más sensible de la realidad política cubana y, además, lo hace de modo directo, concreto. El editor jefe de “14ymedio” busca encontrar el punto de arranque definitivo para una solución valedera de nuestras problemáticas sociales. El cambio, el diálogo, las agendas…

1) ¿Cuál es el actual estado social y económico de Cuba? ¿Se aprecian soluciones?

El estado actual del país en lo económico y en lo social puede resumirse en una sola palabra: incertidumbre.

A la mala gestión económica que persiste en privilegiar la “empresa estatal socialista” y controlarlo todo desde arriba, a través de una planificación centralizada, se suman dos factores externos: la agudización de las restricciones impuestas por el Gobierno de Estados Unidos y más recientemente las consecuencias del covid-19 que ha ocasionado un derrumbe del turismo, la paralización de la producción de bienes y de la prestación de servicios e incluso una disminución en la entrada de las remesas familiares desde el exterior, a lo que se agregan cuantiosos gastos internos para enfrentar la situación.

El desabastecimiento de los mercados ha complicado la vida de los consumidores y ha desatado una oleada de revendedores y “coleros” (vendedores de turnos en las colas), acaparamiento de mercancías deficitarias y desvío de productos básicos de los almacenes. El Gobierno ha atacado con rigor las consecuencias, pero sigue desatendiendo las causas de estos flagelos.

La nueva fórmula de abrir tiendas que solo venden sus mercancías a través de tarjetas magnéticas alimentadas con moneda libremente convertible, ha generado una mayor diferenciación entre quienes tienen recursos financieros provenientes del extranjero y quienes no los tienen.

Las soluciones que ha propuesto el Estado, relacionadas con la intención de ampliar el desarrollo de las formas no estatales de producción, van en la dirección correcta, pero carecen de la profundidad necesaria y se instrumentan a un ritmo demasiado lento.

2) ¿Cuáles serían las soluciones necesarias? ¿Cuánta probabilidad poseen?

Una cosa son las soluciones necesarias y otra las soluciones con probabilidades.

Para un sector radical las soluciones en Cuba pasan por el trámite de “derrocar la dictadura”. Este propósito solo tiene posibilidad de llevarse a cabo a través de una masiva y violenta revuelta popular, un golpe de Estado o una invasión extranjera (que pudiera ser la consecuencia de cualquiera de las dos primeras opciones). En esta línea están quienes favorecen un recrudecimiento del embargo y promueven actos de desobediencia civil dentro de la Isla. La probabilidad de que algo así ocurra parece baja.

El sector más moderado apuesta por un cambio desde arriba, incruento y gradual que implique un proceso de reconciliación entre cubanos y necesariamente un arreglo definitivo al diferendo con los Estados Unidos. Esto será posible en la medida que los actores de la generación histórica salgan del escenario y que se produzca un cambio de la política hacia Cuba de parte del vecino del Norte con el objetivo de propiciar un acercamiento. Los partidarios de esta opción están en disposición de dialogar con el gobierno, pero paradójicamente ese diálogo solo podrá ocurrir cuando el Gobierno no pueda soportar la presión de quienes quieren derrocarlo. 

El sector más “reaccionario” pretende un inmovilismo tendiente a la continuidad. Son los octogenarios de la generación histórica y su cohorte de aduladores que tienen el poder para reprimir y manejan las medidas aperturistas como válvulas de escape para reducir las exigencias de los violentos e ilusionar a los moderados. Da la impresión de que han hecho un pacto secreto con los reformistas, todavía enmascarados en las esferas gubernamentales, consistente en pedirles que les concedan morir de viejos a cambio de colocarlos en la lista de los herederos.

La pregunta de cuántas posibilidades poseen cada una de estas opciones no debe responderse a partir de la eventualidad de éxito que tengan en sus propósitos sino a partir de la posibilidad que tengan de llegar a objetivos beneficiosos para el país.

Obviamente el derrocamiento por cualquiera de las vías violentas previstas ocasionaría una fractura total y rápida, pero podría dejar a la nación en un caos incontrolable tras un vacío de poder con un alto costo en vidas humanas, una presumible destrucción del ya deteriorado patrimonio económico y una larga secuela de venganzas.

La transición desde arriba, convenida con la oposición interna y los agentes de presión extranjeros, tendría que ser en un principio lenta y gradual. En el toma y daca, imprescindible en una transición pactada, ninguna de las partes habrá capitulado. 

Todo puede comenzar a partir de la decisión del Estado de instaurar una economía de mercado con mayores libertades económicas manteniendo la promesa de defender la justicia social y con sucesivas aperturas políticas que garanticen libertades de expresión y asociación. 

Los protagonistas de este proceso necesitarán prudencia para no ir demasiado lejos ni excesivamente rápido, pero habrán de tener audacia para no quedarse rezagados ni actuar demasiado lento.

La peor variante sería la posición intransigente de quienes no quieren cambiar nada o que proponen cambiar lo mínimo para que no cambie lo esencial. Su obcecación coloca en desventaja a los moderados que terminan siendo calificados de “cómplices de la dictadura” y le da razón a los violentos como fórmula para encarecer la posibilidad de un cambio. 

Controlan todo el poder, pero tienen en contra el tiempo. No tienen futuro.

3) ¿Cuál sería el elemento político “nuclear” capaz de asegurar el inicio de un proceso integral de reforma sociopolítica?  

Lamentablemente ese elemento no existe en lo inmediato. Para iniciar ese “proceso integral de reforma sociopolítica” habrá que esperar a que la generación histórica culmine su ciclo biológico y que los actuales herederos salgan del juego por el cumplimiento temporal de sus funciones. También habrá que esperar que en el entorno de la sociedad civil y la oposición política se articulen propuestas viables que cuenten con la posibilidad de ser compartidas y que conquisten a un electorado.

4) Un proceso de tal índole demanda inclusión y diálogo. Esto, a la vez, exige la preexistencia de sujetos (individuales y grupales) de algún modo establecidos, legitimados de alguna manera. La sociedad cubana “transnacional”, y el Estado, ¿poseen estos actores?

Antes que sujetos legitimados se requiere alcanzar las condiciones de legitimación de los presumibles sujetos. La inclusión se tendría que derivar de la voluntad política de los gobernantes para despenalizar la discrepancia política y aceptar la posibilidad de un diálogo que implique la existencia de interlocutores reconocidos por ambas partes.

El primer paso debe darlo el Estado y conlleva al menos crear las condiciones previas para el reconocimiento con plena legitimidad de los presumibles actores de un cambio como única alternativa a la violencia. Esas condiciones previas son la siguientes:

  • La renuncia a que el Partido Comunista sea, por ley, la fuerza dirigente de la sociedad
  • Convocar a una Asamblea Constituyente para la redacción de una nueva Carta Magna.
  • Una nueva Ley electoral.
  • Una ley de asociaciones que permita la legalización de partidos políticos y la existencia de una sociedad civil independiente ajena al concepto de polea de transmisión que hoy prevalece. 
  • Una ley que garantice el funcionamiento de la prensa independiente y otras formas de libertad de expresión artísticas, académicas y de manifestación ciudadana.
  • Una ley que garantice, las libertades religiosas.
  • Eliminar las restricciones que tienen los cubanos residentes en el extranjero para viajar a la Isla, invertir en negocios y establecerse en ella.

5) ¿Cuáles deberían ser las características de ese diálogo? ¿Cómo facilitarlo?

La primera condición es que puedan participar todas las partes.

Para que un diálogo de esa naturaleza tenga un resultado positivo tiene que haber garantías políticas. Quienes gobiernan no pueden pretender encarcelar a sus interlocutores y los opositores no deberían aprovechar la ocasión para asaltar el poder.

Esto requiere la existencia de garantes, preferiblemente de gobiernos extranjeros y de instituciones internacionales. Lo ideal sería que el diálogo se realice en un territorio neutral fuera de Cuba.

Lo que pudiéramos llamar “el lado de acá de la mesa de diálogo” debe estar integrada no solo por los moderados que tanto insistieron en dialogar, sino también por aquellos que en su momento creyeron que dialogar era traicionar y que pueden atribuirse el mérito de haber sentado al régimen en la mesa.

El lado del poder debe estar representado por el máximo poder gubernamental y partidista o en su lugar por quienes tengan la capacidad de tomar decisiones.  No debe incluirse a los militares.

La agenda del diálogo debe alimentarse con propuestas de ambos lados. Si este diálogo se realizara antes de que se hayan cumplido las siete condiciones previas que hemos relacionado en la respuesta anterior, el objetivo de la agenda “del lado de acá de la mesa” debería ser lograr que se cumplan dichas condiciones.

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