Conciencia y liberación. Una ruta humanizadora

Por Roberto Veiga González

La libertad colectiva exige que el “compromiso” con “lo trascendente” de cada individuo, o grupo, vinculado con cualquier materia, solo participe en lo público a través de sí mismo. No porque algo sea considerado trascendente debe disfrutar de algún privilegio supra social.

Sin embargo, tampoco debe quedar confinado a lo privado o forzado a lo abstracto. Todo lo contrario. Ha de ser posible convertir esos compromisos en historia, a través de acción, lo cual solo es factible desde una igualdad en la libertad.

El humanismo cristiano ofrece una interpretación de la condición humana en clave cristiana que pretende conceder, a quienes libremente lo acepten, uno de esos “compromisos” trascendentales idóneos para humanizar la libertad.

Lo mejor de este humanismo, en el decurso de la historia, ha intentado relacionar lo transcendente y lo inmanente, y confinar esa dialéctica destructiva que proviene de la complejidad de lo humano. Por ejemplo, el dualismo y el dogmatismo, el sentimiento de culpa, el rechazo del cuerpo y el sexo, la desvalorización de la mujer, y el miedo a la muerte.

Es un humanismo amplio y múltiple, difícil de encerrar en un corpus o dar por completado.  Si bien comparte el supuesto de que la conciencia es el centro de la libertad y, por ello, del bien posible. Además, en general traza una línea integradora entre creación, dominio, ética, contemplación, libre albedrio, libertad, acto humano y liberación en la justicia. Además, logra ofrecerla como ruta humanizadora.

Sostiene que la persona humana es creada por Dios a su imagen y semejanza. Que Éste la hizo libre y le comunicó la inteligencia y un mandato de domino, de gobierno, sobre la creación. Y para que lo consiguiera le enfatizó en la libertad.

Recuerda que dicha libertad, aunque tenga un primer momento en el libre albedrio, desde el cual se puede escoger hacer el mal, no está desvinculada del bien objetivo y mucho menos del sistema de valores que hayamos interpretado como expresión de este bien, con el cual debemos estar comprometidos por medio del comportamiento ético.

Además, precisa que la conducta moral solo es posible si hay libertad, porque ésta hace a la persona capaz de responder de sus actos. Realmente, sólo puede existir responsabilidad si la acción depende de cada persona, si ella manda desde su inicio, es decir: si es libre.

Para argumentarlo, muchas veces indica el texto del génesis, con el árbol que simbólicamente representa el centro de la vida, de la comunidad (o sea, la conciencia del bien y del mal), y la exhortación a no tomar la fruta prohibida.

Argumenta que, con ella, Dios precisa que ante nosotros está la posibilidad de hacer el mal, pero que hemos de emplear la libertad para lograr el bien.

También asegura que la manera de ejercer dicha libertad queda sellada en las Sagradas Escrituras, con el Nuevo Testamento, al mostrar a Jesucristo, rostro de Dios, ejerciendo su libertad por medio de la donación y de la cruz.

De este modo, quiere hacer comprender que la persona es la mayor apertura de lo material a lo inmaterial y, por tanto, lo espiritual de la persona es la carta magna de la libertad humana.

En tal sentido, argumenta que la libertad es un poder de responsabilidad, y la responsabilidad es una libertad en actos. De esta manera, asegura que la libertad ha de estar al servicio del bien y de la justicia.

Así conduce al postulado de que el acto libre es responsable y por tanto humano, cuando consigue representarse lo que piensa hacer, hace o ha hecho; cuando comprende por qué lo hará, lo hace o lo hizo; cuando posee un objetivo; cuando ese objetivo está orientado hacia un fin último; cuando se elige un medio justo para alcanzar dicho fin; y cuando se es capaz de responder por ello, tanto acerca del inicio como por sus consecuencias.

Para esto, afirma, será necesario desarrollar la razón, los sentidos y la voluntad.

Asegura que esta antropología de la libertad hace posible comprender la importancia y la interrelación entre comunidad y libertad. Sostiene que es imprescindible una libertad personal que se empeñe en complementarse unos con otros, en función de lograr el bien de todos. 

Pero para que ello sea posible, afirma, sería conveniente que las personas crezcan espiritualmente. Ello exige que se abran a Dios y a Jesucristo, quien porta al Padre y constituye la puerta para acceder al mismo. O sea, que asuman su identidad de Hijos de Dios, para que por Cristo y en Cristo también se relacionen con Dios.

Afirma que esto facilitaría a las personas madurar humanamente, ser uno y concebir que Dios nos llama en el otro.

En tanto, defiende que este podría ser el mejor cimiento para comprender los fundamentos y los fines de una dinámica (social, cultural, política, etcétera) de relación diversa; capaz de promover la identidad, la alteridad y la cohesión.

Pero esto, como ratifica dicho humanismo, demanda de una persona capaz de escuchar, incluso por medio de la contemplación. Asegura que ello es imprescindible porque sólo entonces se hace factible una lectura profunda de las vidas personales y familiares, de la cultura, la sociedad, la economía, del derecho, de la política, la ciencia y la historia, que permita comprender la mejor manera para acercar el vínculo entre designio y gracia.

De este modo, argumenta, se podría marchar (desde la libertad) hacia una realidad mucho más cercana a la liberación, a la justicia, al bien, a Dios.

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