Cuba, un nuevo tiempo

Roberto Veiga responde a Michel Fernández, en coloquio con amigos y colegas

Michel Fernández: ¿Cuál es el mayor temor que tienes sobre lo que pudiese pasar en Cuba?

Roberto Veiga: Duele el actual estado del país, además porque pudo evitarse. Igual me preocupan los próximos acontecimientos. Por más que se empecinen desde el poder a no cambiar, las circunstancias habrán de modificarse. Mientras todo “siga como antes”, se ahondará y extenderá la crisis. Sin embargo, quienes se resisten a los cambios podrían exacerbar sus rigideces, y la ciudadanía vital, proclive a la transformación, la esperanza, carece de condiciones para prefigurar la realidad. La debilidad política atraviesa a todo el entramado social, incluso al gobierno.

Si dejan de ejecutarse los cambios necesarios, de seguro nos adentraremos en peores escenarios. Esbozo tres nociones, a modo de ejemplo. El debilitamiento de la legitimidad y las instituciones, y la parálisis, junto al agotamiento social y la creciente individuación, podrían enrumbarnos hacia una especie de “haitianización”, si bien nunca emulemos a este cercano país. También, el empecinamiento, la crisis, el agotamiento, pudieran desatar una situación algo caótica (aunque quizá no descontrolada, pues las instituciones públicas podrían agudizar su deterioro, pero no ocurriría igual con las entidades de control), lo cual, en ausencia de fuerzas políticas vitales, provocaría la interposición de influencias extranjeras que, junto a determinado segmento del poder, iniciarían un proceso de estabilización tal vez con demasiada desventaja para todos. Igualmente, considerando estos peligros, el poder podría adelantarse y pactar con fuerzas exógenas y, a falta de una sociedad civil dinámica, pudieran instituir un orden de prebendas, si bien con algún acceso de la mayoría a “pan y circo”, que convierta la Isla en una maquila, capaz de proveer de trabajo “indecente” a intereses económicos particulares, incluso espurios.

Pero también podríamos no llegar a tamaña desvergüenza y comiencen cambios encaminados a que los cubanos tomen el control del país y trabajen por el beneficio que necesitan. En el poder y su entorno existen actores pragmáticos, incluso no pocos anhelan democracia y desarrollo. La generalidad de la sociedad desea libertades, trabajo real, bienestar. Importantísimos segmentos sociales y económicos de la emigración desean ser actores del progreso y del Estado de Derecho en Cuba. No obstante, resulta difícil otear probables nociones acerca de un acontecer de esta índole. Aunque sospecho que, en cualquier caso, podríamos encontrar satisfacciones y también muchas nuevas frustraciones porque, tal vez, no alcancemos a sustraernos de “lo real maravilloso”.

Con estos apuntes no pretendo describir lo que sucederá, pues ello es imposible. Sólo presento elementos que estarán presente en el futuro próximo, sencillamente porque ya existen en potencia, y se formularán de un modo u otro en dependencia de la acción u omisión humana. Tampoco me cabe dudas de que un ejercicio cualitativo de la política por parte de sujetos sociales, incluida la emigración, y de actores del propio oficialismo, haría posible lograr mucho más y en muy poco tiempo. Quizá deberíamos intentarlo nuevamente.

Michel Fernández: Desde hace alrededor de una década, se han desarrollado proyectos de muy diversa índole, donde casi todos parten de una visión crítica de la realidad cubana. Pero también comparten la defensa de una Cuba más inclusiva, que no discrimine por motivos políticos, permita el ejercicio de las libertades ciudadanas sin miedo y a la vez garantice los derechos sociales de todos los cubanos, además comprometida con la soberanía nacional y la no injerencia de los Estados Unidos en nuestros asuntos internos. Cuba Posible fue uno de estos proyectos. ¿Hasta qué punto sería posible la articulación de esos grupos en un proyecto político que pueda conducir a Cuba por la senda de la prosperidad y la libertad?

Roberto Veiga: Para lograr algo de tal índole quizá sea necesario un proceso dentro de esa pluralidad de actores que, en mi opinión, resulta un segmento ciudadano importantísimo, uno de los más sólidos signos de esperanza. Hacerlo exige incorporar una identidad, que ya poseen, pero asumirla de manera autónoma y en contraste con otras identidades políticas, incluso con el PCC. Y eso implica escalar la tensión, aunque ello se proyecte desde la formula martiana de “con todos y para el bien de todos”.

Exigiría, por ejemplo, una convicción robusta sobre la necesidad de hacerlo y los peligros para el país si no fuera asumido de este modo. Apreciar la disposición de ocupar un espacio político que por lo pronto no encontrará garantías legales, institucionales, políticas. Ignorar la falsa necesidad de mostrar que “no somos culpables” ante todas esas dudas y calificativos sobre nosotros que puedan provenir del conservadurismo oficial por el sólo hecho de ejercer nuestra autonomía ciudadana. Sobrepasar esa condición que nos ha hecho sentir en desventaja cada vez que debimos acordar una posición compartida porque consideramos que, en nuestro peliagudo escenario, nos deslegitiman aquellos matices o proyecciones que nos diferencian de esos otros con los cuales, a su vez, compartimos preocupaciones esenciales. Esto último quebranta cualquier intención política democrática.     

Asimismo, sería forzoso un consenso sobre los grandes temas nacionales. El cual no debería intentarse sobre todos y cada uno de los aspectos de la realidad, pues ello empobrecería. Únicamente un acuerdo general y a la vez muy preciso, capaz de establecer horizontes sólidos que aseguren la marcha a partir del protagonismo de todas las singularidades e iniciativas.

En cuanto a la forma de articulación, tal vez sería conveniente aquella lógica martiana de una “confederación” de actores grupales e individuales, con amplia base democrática, que debían trabajar juntos sólo en aquellos aspectos necesarios que habían aceptado compartir, y en lo restante continuaban actuando de manera autónoma.

Ante las complejidades actuales, si quienes hemos conformado ese diverso bloque sociopolítico deseamos apoyar a la sociedad en la búsqueda de la mejor solución, tal vez no quede otra opción que asumirlo.

Michel Fernández: ¿Cuáles serían los ejes sobre los que se pueda articular un proceso de reconciliación nacional en Cuba?

Roberto Veiga: Una re/conciliación implica arrepentimiento sincero de errores y dolos propios, franco perdón a las faltas y culpas de los otros, y restitución de la confianza recíproca. Muy difícil de conseguir en una sociedad sumamente plural, ansiosa, afectada. Sin embargo, podría ser beneficioso como referente (capaz de orientar, halar) de un proceso de ajuste sociopolítico a favor de todos.

Mucha experiencia hay al respecto. Pero también cada proceso es un cosmos único que no debe encuadrase en el recuento de otros, ni en códigos que bocetan procesos análogos. Siempre será importante la experiencia, pero esta no debe sustituir la libertad y el ingenio de los sujetos de nuevos procesos.   

Estos procesos, aun cuando incorporan elementos filantrópicos, siempre resultan una cualidad política capaz de responder a intereses que, al integrarse, corrigen perjuicios y contienen una posibilidad de bienestar para todos. Por eso los actores que pueden convertirse en hacedores de esta senda suelen movilizarse únicamente cuando aprecian la oportunidad de quedar incorporados y favorecidos de modo suficiente.

Ello, a la vez, demanda que unos y otros minimicen los alegatos fanáticos acerca de las culpas y la justicia, y establezcan dispositivos de diálogo y exigencia recíproca. El restablecimiento de la armonía es la esencia de la justicia. El castigo directo a la libertad de las personas responsables de faltas resulta un elemento al servicio de la justicia cuando prevalece el peligro social, pero no es la justicia en sí.

Podríamos examinar los procesos de “re/conciliación nacional” de España y Sudáfrica. En España encontramos un ejemplo de la suspensión del recargo a los presuntos culpables, a partir del criterio de que ambas partes habían cometido atrocidades y en el deseo compartido de evitar su repetición. Sudáfrica, por su parte, brinda el ejemplo de un camino de re/conciliación que acuerda disminuir las causales a sancionar sólo para los casos de violencia extrema, excluyendo las vejaciones y violaciones cotidianas. En ambos casos lograron procesos exitosos, aunque no exentos de déficits.

Por otra parte, no aprecio las llamadas “comisiones de la verdad” al modo en que existieron en América Latina, Europa del Este y Sudáfrica. Estas entidades, que en gran medida capitalizaron los supuestos procesos de re/conciliación, tendieron a supeditar todo el quehacer a la investigación y exposición de las culpas, a modo de castigo, y sus consecuencias no fueron las mejores. Por ello, en Sudáfrica, en algunos casos las victimas resultaron aún más humilladas y los victimarios disfrutaron de instrumentos “hipócritas” que les permitieron reciclarse con mucha ventaja. Nunca resultará favorable supeditar toda la armonía por lograr a la expiación de las culpas. Debe ser todo lo contrario, gestionar la expiación de las culpas, pero a merced del bien de todos.

También prevalece el imperativo de “no olvidar” lo ocurrido, como exigencia de justicia. Realmente, constituye un requerimiento del bienestar. Pero resalto dos aspectos. Primero, tendrían derecho a recordar unos y otros y otros. Segundo, muchas veces este “no olvido” se exige como remplazo de la sanción penal. Esto último no resulta propio de un acto de re/conciliación, donde la vindicación queda al servicio de argumentos que nos trascienden. Pero ello sólo puede ser una opción personal (moral, filosófica, religiosa) que no debe exigirse políticamente. Por tanto, la recuperación de la memoria historia debería ser a modo de experiencia, y no una especie de nuevo canon, y por medio de investigaciones y exposiciones, civiles y académicas, totalmente libres.

En nuestro caso todo esto resulta un imperativo porque en ello nos jugamos la República y el bienestar de todos. Pero reclama convertirlo en una condición cultural y política, y evitar asumirlo como simple catarsis, mero pretexto, eslogan estéril. El compromiso con el pasado sólo reivindica cuando sostiene esfuerzos precisos a favor de un mejor presente y un futuro superior.

Michel Fernández: ¿Qué papel jugarían en ello el Partido Comunista de Cuba y los grupos cubanos del exilio más intransigentes contra la “Revolución”?

Roberto Veiga: En cualquier caso, podrían tener una presencia importante.

El PCC proyecta una tenaz adecuación leninista, que apela a José Martí, incluso a Carlos Marx, sólo como supuesto hálito de legitimación. Además, tal acomodamiento ha devenido en pura emoción expresada por medio de ratificaciones, eslóganes, diatribas. Sin embargo, en sus filas, sobre todo en las bases, la mayoría no es meramente leninista. Cercanos a esta doctrina podremos encontrar a “sovietistas” y otras personas con posturas intransigentes a priori. Pero dentro de la mayoría podríamos hallar enfoques aproximados al pragmatismo, a los socialistas democráticos, a la socialdemocracia y hasta social liberales, lo cual se puede constatar en muchos de sus militantes cuando abandonan el partido y/o marchan a otro país.

En la emigración, por igual. Ahí también existe una mixtura emocional intransigente alrededor de un núcleo que lo es profundamente, pero todos los que se muestran de ese modo no lo harían en cualquier circunstancia. Es un fenómeno análogo al que ocurre dentro de Cuba, cuando muchos se adecuan al leninismo por comodidad. En la generalidad de nuestra diáspora podemos percibir perspectivas liberal democráticas, democratacristianas, socialdemócratas, socialistas democráticas, otros progresismos, etcétera.

Esta pluralidad es algo que supera el cliché PCC-Exilio. Está presente en ambas realidades porque ellas son, en circunstancias específicas y de diferentes modos, correlatos de una nación, la cual tiene su centro en la sociedad que reside en la Isla, sumamente plural.

Sin embargo, de no lograrse dinámicas sociales capaces de una solución sensata y en corto tiempo, esas intransigencias más bien emocionales, de un lado y del otro, prefigurarían el destino próximo, definitivamente. Por otra parte, de configurarse una izquierda y una derecha (racionales), que re/concilien, democraticen, desarrollen, también durante mucho tiempo esos emotivos intransigentes podrían ejercer un influjo significativo a modo conciencia crítica. Lo cual sería positivo políticamente, si la pluralidad democrática estuviera apta para gestionar la convivencia con estos. 

A la vez, deberíamos considerar que la política racional y plural estaría forzada a no conformarse con transformar el modelo sociopolítico, sino a procurar además una cultura política que provenga sobre todo de la praxis de los diversos actores democráticos. De lo contrario, en un futuro cercano las intransigencias emocionales, añejas y de nuevo tipo, podrían refundar la nación.

Por ello, si deseamos una República cívica y razonable, factible sólo por medios racionales y civilistas, deberíamos intentarlo, porque se agota el tiempo de lo ahora posible.

Michel Fernández: A veces tengo la sensación de que quienes deseamos una Cuba que no responda a los extremistas de ninguna de las dos orillas, no hacemos lo suficiente por construir esa Cuba posible, pero aún no alcanzada. ¿Qué más podríamos hacer? ¿Qué sacrificios necesita Cuba hoy?

Roberto Veiga: Con independencia de los naturales déficits humanos, ese universo plural cumplió con lo que le correspondía en aquella etapa (cercana en el tiempo, pero ya distante en contextos y retos). De lo contrario no hubiera sido tan “caro” el precio que todos hemos tenido que “pagar”.

En general se asumió el testimonio socrático, el cual sustenta que la persona, sostenida en su conciencia, puede trascender las circunstancias. Aunque, como es lógico, siempre a la vez cautivo de esa otra máxima, de Ortega y Gasset, que asegura: “el hombre es él y sus circunstancias”. Pero tal dependencia no ha correspondido sobre todo a debilidades profundas, sino al esfuerzo para que las transformaciones posibles beneficien realmente a quienes sufren y no se conviertan en una estafa. 

El actual momento inicia otro tiempo, que demanda nuevas preguntas, nuevas ideas, nuevas respuestas, nuevos proyectos, nuevas acciones. Deberíamos buscarlas y asumirlas juntos.

Un comentario sobre “Cuba, un nuevo tiempo

  1. No se trata de amotinarnos
    sino de exigir la soberanía que perdimos el 10 de marzo de 1952 utilizando los mecanismos de participación política que ya existen. El delegado del poder popular no solo esta para atender demandes tales como el mal servicio de agua o que no se recoge la basura. Tambien se le pude pedir demandas politicas. Tenemos que hacer valer el poder popular. Parece ingenuo pero es un recurso que nunca ha sido explotado. Podríamos hacer la prueba.

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