Necesitamos una cultura política democrática

Por Alexei Padilla Herrera

La cultura política de los cubanos es, en mi opinión, uno de los factores que explica la polarización permanente. La investigadora Velia Cecilia Bobes nos recuerda en uno de sus libros que intransigencia, intolerancia, caudillismo, caciquismo, legitimación de la violencia física y verbal para resolver diferendos políticos e irrespeto a la legalidad, han caracterizado la cultura política de buena parte de nuestro pueblo y sus dirigentes desde el periodo revolucionario.

Eso no comenzó con la Revolución. Si bien esos rasgos de nuestra cultura política –también presentes en la de otros países latinoamericanos– contrarían los principios de la democracia liberal, convivieron con ella a lo largo del periodo prerrevolucionario (1902-1958). Pero buena parte de la ciudadanía estaba consciente de que esos rasgos minaban la credibilidad de la democracia política, como el camino para resolver los conflictos entre los diversos sectores de la sociedad, establecer un Estado de derecho, alcanzar la igualdad, el respeto a la diferencia, la ampliación de los derechos sociales y económicos, sin condicionar ni instrumentalizar el ejercicio del resto de los derechos humanos.

No deseo aquí idealizar las dos repúblicas que antecedieron a la Revolución de 1959, sino argumentar la incompatibilidad de los valores democráticos con prácticas como la intolerancia, la exclusión, la violencia, el caudillismo, la corrupción, etc. Pongo un ejemplo, el asesinato de Jesús Menéndez, para excluirlo de la vida política, y la impunidad de la que gozó Joaquín Casillas, el asesino, fueron hechos incompatibles con los principios de cualquier democracia.

Aunque esos principios fueron ignorados por las elites y por una parte de la ciudadanía, inspiraron a muchos de los que se enfrentaron a tiranías, gobiernos corruptos e intentaron transformar la realidad social del país. En esos valores fue educada la generación de hombres y mujeres que iniciaron la lucha insurreccional contra Batista.

La radicalidad de la Revolución cubana significó la ruptura, en el plano ético, con una parte de los valores de la democracia liberal (no hablo de liberalismo económico ni capitalismo, que son otra cosa). Ocurrió una normalización de la intransigencia, de la intolerancia, de la violencia como vía para resolver los disensos políticos e ideológicos, el culto a un líder o Partido, el irrespeto hacia el pensamiento diferente. Lo que se consideraban rasgos negativos de la nuestra cultura político, fueron re-significados y convertidos en valores del nuevo régimen político.

“Eso indicaría, por ejemplo, que la convocatoria a mítines de repudio a opositores y críticos del gobierno, o las presiones, amenazas y arrestos de periodistas y activistas contestatarios, no son hechos aislados, sino una política de Estado. Política a la que se adhiere una parte de la ciudadanía que incurre en tales prácticas por convicción, conveniencia, comportamiento de mando, miedo.

O sea, en el plano internacional, el gobierno cubano defiende el diálogo, el respeto, la cooperación, el entendimiento y la resolución pacífica de los conflictos entre las naciones del orbe; pero en el plano interno se criminaliza el disenso, se excluye, se fusila la reputación de quienes osan expresar sus desavenencias con el gobierno.

Las interacciones en redes sociales digitales demuestran que se ha llegado a un punto tan alto de polarización en el que cualquiera que critique al gobierno o sus líderes es tildado de vendepatria, mercenario, gusano o, en el mejor de los casos, de malagradecido. Un insulto que se intensifica si se trata de músicos populares negros (Descemer Bueno, Gente de Zona) a los que, según se dice, la Revolución habría hecho personas.

Es vergonzoso que injurias racistas hagan parte de las arengas oficialistas. Que los cubanos de la esquina contraria, incluso viviendo en democracias formales, también proceden de la misma forma cuando discrepan con los defensores del gobierno cubano, del socialismo. No hay un post de Mariela Castro en las redes sociales que esté libre de una avalancha de insultos. La discrepancia de criterios no debería justificar actos de incivilidad. Ahora mismo, si no apoyas a Trump, te tildan de comunista así te llames Gloria Estefan, Carlos Alberto Montaner o Mario Vargas Llosa.

Esa idolatría por Trump, la identificación con su figura y estilo de liderazgo, el apoyo acrítico a sus palabras y acciones, son movilizados, en parte, por la cultura política que los cubanos compartimos. Es una suerte de fidelismo a la Donald Trump, con el perdón de los que se sientan ofendidos. Estoy convencido de que una Cuba democrática o más democrática, según el criterio de cada cual, depende de la transformación de la cultura política de las y los cubanos. Depende, en fin, de una transformación axiológica que nos dote de una cultura política democrática.

Pero, ¿cómo lograr eso en un contexto de crisis económica, de bloqueos interno y externo, de incertidumbre, desesperanza, en el que las crecientes dificultades materiales fortalecen el individualismo y la falta empatía brutal? ¿Cómo lograr desmontar valores antidemocráticos en condiciones de no democracia? Esas son preguntas para las que aún no tengo respuestas. No obstante, me lleno de esperanza cuando corroboro la existencia y persistencia de muchos de los que participaron en el “Laboratorio Cuba Posible”, de los que contra viento y marea publican sus artículos de opinión en “La Joven Cuba”, de los comunicadores que mantienen a flote un universo de medios digitales independientes que nos muestran el país con sus matices, de los activistas que defienden diversas causas sociales.

Ahí está la semilla del cambio axiológico que, en tesis, garantizaría una transformación socio-política en que todos puedan ser, en alguna medida, si no vencedores, no excluidos de la comunidad política.

 

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