Parece una locura o un anacronismo hablar de reconciliación ahora mismo, con posiciones extremas exacerbadas

Por Roberto Veiga González y Michel Fernández Pérez

La reconciliación entre cubanos o la disposición positiva para la convivencia, incluso política, es un asunto complejo que, además, nos reta. Sobre ello opina José Jasan Nieves, periodista y editor jefe de la plataforma digital El Toque

Algunos aseguran que la actual realidad cubana demanda de una re/conciliación. ¿Qué opina?

Estoy de acuerdo. Es la idea más perdedora de estos años recientes. Parece una locura o un anacronismo hablar de reconciliación ahora mismo, con posiciones extremas exacerbadas. Pero, en mi opinión, hoy es más importante que nunca plantearse el umbral de la reconciliación (que no es olvido ni borrón y cuenta nueva) como el primer paso imprescindible para destrabar un ambiente político enrocado en posiciones sin salidas victoriosas en mediano o largo plazo.

Resulta un hecho legítimo que los actores capaces de convertirse en hacedores de una senda de re/conciliación suelen movilizarse sólo cuando aprecian la oportunidad de quedar incorporados y favorecidos de modo suficiente. Para facilitarlo, ¿qué espacios de la institucionalidad actual podrían favorecerlo y qué apertura debería desatar el gobierno cubano?

El primer paso tiene que ser el reconocimiento de la legitimidad e igualdad de los actores en un espacio de diálogo. Sin reconocer al otro en su derecho a existir, disentir, expresarse públicamente, promover sus ideas, no habrá reconciliación. Sin cesar el acoso, la estigmatización, la represión, la calumnia al otro, por diferente, no habrá reconciliación. Es fundamental construir confianza y ello siempre requiere ofrecer gestos concretos y garantías. Nótese que no he dicho aún qué espacio de la institucionalidad actual puede favorecer ese paso, porque considero que ninguno lo hace. Sea un diálogo promovido por organizaciones paraestatales, como las de la llamada “sociedad civil socialista” (las organizaciones con autorización legal para existir, gremiales, sectoriales, políticas…) o promovido a un mayor nivel de jerarquía institucional; antes de haber diálogo las partes tienen que caminar la milla extra para encontrarse, y eso supone detener y corregir prácticas invalidantes del otro.

Todo lo anterior exige que actitudes altruistas y a la vez pragmáticas se dispongan a prefigurar el presente. Además, que sea capaces de gestionar soluciones ante esa multiplicidad de culpas y errores enquistados. ¿Quiénes sería estos? ¿Cómo lo convertirían en política de la nación?

Si la pregunta se refiere a los “espacios de la institucionalidad actual” que podrían favorecer la reconciliación, y como esos espacios los determinan personas, la disposición a emprender el camino, que se convierta en política de Estado, tiene que venir desde el Partido Comunista y los aparatos militares. Sin la voluntad mayoritaria de actores con peso suficiente para controlar las divergencias y resistencias a las concesiones que tendrán que hacer para dialogar, no habrá reconciliación posible.

¿Cuáles deberían ser los ejes fundamentales para un proceso de reconciliación nacional?

  1. Reconocimiento y respeto de la diversidad política existente en la sociedad cubana.

2. Supresión de prácticas de represión y descrédito al diferente.

3. Garantías de no repetición de actos que han fracturado la construcción de una sociedad incluyente y diversa.

¿Cómo podríamos hacer iniciar un proceso de esta índole, además de modo irreversible?

Primero hay que dialogar, hay que acercarse, encontrar el primer espacio donde haya acuerdos comunes, y sobre esa base construir. Para mantenerse, supondrá necesariamente convertir en ley determinadas garantías que impidan que actores interesados en impedir ese proceso lo boicoteen. Es decir, blindar el ejercicio de la diversidad política y social existente y eliminar la discrecionalidad en la intervención de los procesos sociales, individuales, sean estos políticos o económicos o de otra índole. Esto es, ponerle límite al absolutismo estatal y garantizar también para los opositores a la reconciliación espacios de expresión.

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