¿Aceptaron los católicos el ateísmo “científico”?

Por Roberto Veiga González

¿Por qué aceptaron los católicos cubanos la Constitución de 1976, la cual establecía el ateísmo “científico” a modo de confesionalismo de Estado? Algunos se interrogan.

En 1959 triunfó una revolución que prometía la igualdad para todos. Ello suscitó el apoyo de la generalidad, incluso de católicos.

Los acontecimientos posteriores han sido el devenir de esto, en torno a una tensión entre actitudes de apoyo y rechazo. La correlación entre estas ha variado sucesivamente. Pero en 1976 era mayoritario el apoyo, significativa la conformidad de quienes no apoyaban, y aquellos no dispuestos a esa convivencia procuraban marcharse del país.

Además, en esa fecha Cuba se integraba al bloque socialista. Este solía considerarse, por muchos que no apoyaban el sistema, como algo irreversible, que ofrecía algún bienestar tal vez difícil de conseguir en el bloque democrático, aunque ocasionaba perjuicios por la falta de esta.

Igualmente se asentaba en el triunfo de los revolucionarios en una contienda que, a modo de guerra civil, tuvo su clímax entre 1961-1965. En ella muchísimos católicos, y la Iglesia, fueron enemigos ideológicos del gobierno, y en no pocos casos también enemigos prácticos. Por eso el Estado defendió su lucha contra la Iglesia como protección esencial del proceso.

Apelando a esta, también desplegó una vocación unionista, que colocó a los individuos y las instituciones al servicio de una ideología que, en definitiva, era una voluntad única. Para esto fueron utilizados ingredientes leninistas-marxistas. Llegó a cancelarse todo fundamento de ideas no sostenido en esta doctrina. 

Por eso la Constitución de 1976 no concibió espacio cultural e institucional a las religiones, ni legitimidad a las ideas, conductas y posiciones fundamentadas en espiritualidades religiosas.  

Estos fueron elementos constitutivos de aquel “pacto social”. Aunque, como todo pacto, era rechazado por algunos, tenía elementos que cualesquiera no apreciaba, las generaciones futuras lo concebirían de otra forma, y luego sería cuestionado por muchos que lo apoyaron, dado sus yerros y extemporaneidad.

En estas circunstancias asistieron los católicos a ejercer el voto en torno a esa Carta Magna. Quizá no acudieron como bloque ideológico, pero tal vez sí consientes de la catolicidad y comprometidos con la institución eclesial.

Los resultados arrojaron un 97,7% a favor, 1,0% en contra y 1,3% blanco-nulo. Sería interesante confirmar si los miembros de la Iglesia se inclinaron al respaldo o al 2,3% de expresión disidente. Pero el voto es secreto.  

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