Solucionar la crisis cubana: una cuestión de integridad política

Por Roberto Veiga González

Presentación

Numerosas realidades cubanas evocan pesadumbre, además porque no parece viable alguna solución a pesar del esfuerzo de unos u otros.

Quizá ya nada sea realmente posible si dejamos de transformar uno solo de los componentes socio institucionales lacerados. Igual si una parte de la sociedad deja de participar en el esfuerzo o queda al margen de los beneficios por lograr. Gigantesca es la envergadura que, acaso no hay opción, nos salvamos todos o nadie.

Desafíos inmediatos

Para asentirlo bastaría otear los siguientes desafíos. La discriminación política, racial, de género, de orientación sexual, religiosa; la incorporación de la emigración a los afanes internos; el envejecimiento poblacional y la necesidad de un sistema de pensiones solvente; la atención a la violencia doméstica, y al desarrollo integral de la infancia y la adolescencia; el cuidado especializado a las personas con discapacidades; la protección a personas sin recursos ni amparo; el cuidado al medio ambiente; el mejoramiento de los sistemas de educación y salud, y de otras prestaciones sociales; el mercado laboral a partir de las capacidades educativas y de los presupuestos del trabajo decente, y un salario que satisfaga las necesidades básicas, e incentive la productividad y la calidad del trabajo; y la reconstrucción de la infraestructura socioeconómica del país.

Pero ello demanda un cambio económico que por momentos se aproxima a los anuncios de reforma del gobierno, si bien jamás queda clara la voluntad de asumirlo. Lo cual supondría orientarse hacia una economía de mercado, con funciones estratégicas y reguladoras del Estado, y una concepción múltiple de la propiedad económica. La inversión, nacional y extranjera, pública y privada, en todos los sectores económicos, admitiendo la contratación y remuneración directas a los empleados. Enderezada a la creación de riqueza, empleo, experiencia, tecnología, capital y acceso a mercados; además, en busca de quedar colocada en las cadenas globales de creación de valor. La incorporación a las instituciones financieras internacionales; la solidez de las finanzas y las capacidades crediticias, especialmente el microcrédito; y un sistema tributario progresivo, capaz de garantizar el mejor empleo de lo recaudado.

A la vez sería improbable sin desarrollo en dos aspectos políticos básicos. La desconcentración y descentralización del Estado y la autonomía de los gobiernos locales, y una ampliación del catálogo de derechos humanos y de las garantías para el ejercicio y cumplimiento de los mismos. Lo primero contribuiría a la eficacia gubernativa y lo segundo a una ciudadanía en condiciones de imaginarse como sujeto primordial de la sociedad, del Estado, del bienestar. 

Desligar el nudo

Pero ello no suele ocurrir de modo suficiente por la mera voluntad del poder, incluso si este comprende que lo necesita. Sólo acontece cuando al menos también lo prefigura la acción ciudadana. Lo cual es difícil en el actual contexto porque demanda, por ejemplo, prensa libre, derecho de asociación, democracia política e impero de la ley.

Nada de esto es ajeno al texto constitucional de 2019 y por eso podría acometerse, pero este no lo garantiza. Fueron incluidos términos y tal vez concepciones de nueva talla política, pero en ningún caso, al construir la pauta, estos determinan su orientación. También sería un error considerar este déficit como elemento constitutivo de la flexibilidad que debe regir las normas constitucionales. Ciertamente, los cánones de una ley de leyes deben asegurar su plural, complementaria y progresiva interpretación, pero jamás puede dejar dudas acerca de su orientación esencial. Esto garantiza que las diversas proyecciones al respecto sean plurales, complementarias y progresivas, pero no inversas, contrarias a su espíritu.

Esto pudiera ser consecuencia de que la Carta Magna no fue trazada con la debida participación de aquellos criterios plurales que podían contrastar y mejorar las preferencias oficiales. Esto corrobora que la madura evolución o transformación de cualquier modelo sociopolítico no puede prescindir de una extensa y decisiva acción ciudadana.

Resulta preciso comenzar su corrección, aun cuando ello pueda provenir de enconos que actualmente, a modo de “peligros”, parecen quebrantar la oportunidad de cualquier solución. Pero, aunque paradójico en apariencia, no será factible sortear los disímiles “riesgos” considerados por algunos, precisamente sin establecerlos como ruta y garantía de progreso. Entre ellos, la prensa libre, el derecho de asociación y el pluralismo político. Además, esas otras cuestiones espinosas y todavía pendientes únicamente por torpe tozudez. Por ejemplo, la reconciliación, la inclusión de los emigrados en la realidad de la Isla y la indemnización de expropiaciones de forma beneficiosa a todos.

Obertura

Para que sobrevengan sinergias de esta índole harían falta condiciones que instalen alguna especie de “disposición exacta”. A continuación, indico cinco que a lo mejor concurren.  

Al parecer el poder no comprende tal imperativo o hace como quién no lo percibe. A la vez sostiene, lo más férreamente posible, la ausencia de oportunidades que pudieran facilitarlo. Si bien a estas alturas la generalidad de los mecanismos para sujetar la autonomía ciudadana ya no le ofrece los provechos de otrora, sino por el contrario. 

Resulta general la noción de hecatombe, además endémica, sin que importe la preferencia ideo política, con sólo escasísimas excepciones. Lo cual pudiera situar alguna percepción de necesidad compartida y además de peligro compartido.    

La sociedad, producto de la frustración y el perseverante anhelo, comparte ya un ansia de bienestar que podría convertirse en opción social, aptitud ciudadana.  

La Constitución de 2019 coloca al Estado de Derecho como nueva variable dentro de los componentes de la política. Si bien lo ubica de manera frágil, ambigua y marginal. Pero, indudablemente, resulta un principio a modo de elemento/marco que podría favorecer deseos e intereses diversos, añejos y nuevos segmentos de actores. También, innegable, pudiera facilitar al propio poder la salida de los atolladeros primordiales que hoy lo abaten como nunca.  

Existe una zona ciudadana, de clara identidad y con suficiente consenso sobre los grandes temas nacionales, convencida del imperativo de un bienestar, incluso, que trascienda lo económico. Con la perspectiva de sostener la posición crítica, pero junto a una propuesta sólida, capaz de gestionarse de manera pacífica y exigente a la vez. Dispuesta a procurar la avenencia con todos los actores, siempre que ello no perturbe el avance hacia una Cuba mejor. No obstante, dicha zona está atomizada y en muchos casos vapuleada.

Facilitación

Se discute acerca de la ayuda, a modo de facilitación, para avanzar en esto por parte de cubanos y extranjeros “honorables”. Para eso algunos indican la necesidad de un equipo suficientemente neutral que acompañe a la pluralidad. Precisan además que debe hacerlo por medio de un cometido orientado a la búsqueda de una confianza nacional capaz de conseguir un “olvido estratégico” de la mayor parte de las razonables quejas de los contendientes, con el objetivo de lograr que los enemigos puedan disponerse a construir juntos la nación.

Unos estiman que estos facilitadores podrían iniciar su labor sólo cuando las partes estén en condiciones de reconocer la legitimidad de tal propósito. Otros valoran que sería beneficioso una labor de estos con anterioridad a ello porque de ese modo podrían asentar la conciencia de esta necesidad y adelantar la disposición de los opuestos.  

VIII conclave del PCC

En medio de estas dificultades, en los próximos días acontecerá el octavo conclave del PCC, agrupación ideológica que por imperativo legal rige la sociedad y el Estado. Será conveniente observar los acuerdos que resulten porque sólo esta entidad, dado el sitio supremo que ocupa, podría asegurar el desarrollo vital de las soluciones debidas al modo adecuado. Si bien, lamentablemente, muchos no lo esperan.       

Según el conocimiento público, la reunión evaluará la implementación de los lineamientos aprobados en el sexto congreso del PCC, en 2011, establecidos en un 70 por ciento. Lo cual resulta preocupante porque el contraste entre tal porcentaje de institucionalización y los resultados obtenidos en la última década, sugiere que fueron mal concebidos o fatídicamente gestionados. A la vez, las razones legitimas que expliquen tal deficiencia nunca deberían ser las adversidades políticas ya que fueron diseñados precisamente para vencerlas.          

Asimismo, la información publicada refiere al bienestar social por conseguir, pero sin mostrar la ruta para hacerlo. No indica estrategia, por ejemplo, para el desarrollo de la cuestión laboral, la seguridad social, la educación y la cultura, esta última no sólo a modo de ideología.

Ciertamente, ello sería casi imposible sin desarrollo económico, pero sobre esto yerran los textos publicados hasta ahora acerca del congreso. Al parecer la reunión centrará sus aspiraciones al respecto en conservar el predominio de la planificación económica y la empresa estatal, aunque no deja de mencionar otros instrumentos de gestión todavía marginales. Preocupante también porque ambos dispositivos, legítimos en principio, pero incorrectamente determinados en la Isla, han sido el principal motivo económico interno del fracaso.  

A la vez el conclave ratificará la necesaria unidad política de la nación, lo cual podría ser comprensible dado el estado adverso de la República, pero lo hará cargando con un lastre que compromete ese intento. Por diversas razones ello deriva en una confusión que estima por unidad el predominio de una sola expresión, como si el silenciamiento de las otras uniera o uniformara, en vez de disgregar, excluir, deshacer.

El PCC debería advertir que sus decisiones actuales podrían comprometer definitivamente los destinos de la nación, de la República. Por ello, de seguro, la actual circunstancia histórica demandaría un conclave distinto.    

Final

Tales retos profundos nos convocan y tendríamos que asumirlos. De lo contrario, los actores más activos durante los últimos 30 años habríamos fracasado. Y esto no sería sólo a cargo de quienes han gobernado y sus seguidores, sino de todos. Nadie queda fuera del proceso y de la responsabilidad, a pesar de que unos disfrutan de diversos modos de inclusión al sistema y otros padecen diferentes maneras de exclusión. De no conseguir soluciones, de seguro Cuba será demasiado diferente a la que hemos soñado todos, ya sean afines o contrarios al actual sistema sociopolítico.

El debilitamiento de la legitimidad y las instituciones, junto al agotamiento social y la creciente individuación, podrían enrumbarnos hacia una especie de “cuarto mundo”, si bien nunca emulemos con tal extremo. Igualmente, en el mejor de los peores casos, considerando estos peligros, el poder podría adelantarse y pactar con fuerzas exógenas y, a falta de una sociedad civil dinámica, pudieran instituir un orden de prebendas, aunque con algún acceso de ciertas mayorías a “pan y circo”, que convierta la Isla en una maquila, capaz de proveer de trabajo “indecente” a intereses económicos particulares, incluso espurios.

Pero tampoco dudo que un ejercicio cualitativo de la política por parte de sujetos sociales, incluida la emigración y actores del oficialismo, en poco tiempo haría factible un rumbo alentador. Acaso, al decir de monseñor De Céspedes, “esa Cuba posible, pequeña y pobre, pero digna, generosa (como no ha dejado de serlo ni en nuestras peores situaciones) y éticamente ejemplar en tantas realidades”.

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