Cuba: ¿hacia el abrazo o el descrédito?

Por Jaime Javier Veiga Alonso

¨Esta es la paz, que ardiente ansío,
como ansía el sol, soberbio y encendido,
romper su luz en el cristal del río. "
(De¨Paz¨,10.XI.1917)

La historia de cualquier país muestra falta de decoro político en algunos instantes y la nuestra no es una excepción, aunque además podemos darnos el lujo de mostrar que en muchos momentos hemos expresado todo el decoro del mundo. Pero desde hace tiempo esta capacidad ha ido cuesta abajo y lo contrario se instala como un monstruo que nos devora. Sobran los ejemplos de infamias en cualesquiera de las partes políticas y esto reclama un aviso, pues de ese modo jamás habrá democracia para nadie ni beneficio alguno.

Acercarnos a una política civilista exige una proyección de la sociedad en general que intente el bienestar humano para todos, además tanto en lo individual como en lo social. Efecto que solo es posible llevar a cabo desde y para la libertad, y con total respeto, incluso para con las posiciones diversas.

La política civilista cubana como praxis está ausente; en general, no existe. Lamentablemente esto ha sucedido por la polarización que proviene de la falta de aceptación del criterio plural, algo que debería ser tan natural como respirar. Incluso esto ha malformado nuestra cultura política que ya está sostenida en la confrontación y al parecer solo busca el aniquilamiento entre unos y otros.     

Sin embargo, debemos comprender que esta deformada cultura política no es solo un capricho sino el resultado de una práctica que ha terminado imponiendo estas actitudes. Mucho daño nos hemos hecho entre todos durante mucho tiempo y nadie respeta a quien le ofende, a quien le agrede, a quien no le ofrece bienestar sino lo contrario. Por esto la sospecha, la difamación y el hostigamiento se han convertido en el principio trasversal de la política, lo cual a veces parece que ya forma parte de nuestro espíritu.

Lo anterior es triste, pero todavía padecemos algo peor. Están los arribistas, quienes no tienen preferencias políticas ni el coraje de defender un ideal, y solo se posicionan en cada momento, inclusive traicionando si lo necesitan, bajo el manto de aquella posición que consideren de algún beneficio. Estos sí son muy peligrosos, porque ellos son la escoria política de una sociedad.

Esto solo podría modificarse a través de una práctica política distinta. ¿Habría que cambiar la praxis de aniquilación por una civilista? ¿Cómo iniciarlo desde actitudes motivadas en la sospecha y la confrontación? ¿De qué modo variar estas maneras si no dejamos de despreciarnos?

Solo hay un modo. Podrían ofrecerlo aquellos cubanos de buena voluntad, los cuales abundan por fortuna, aunque a veces parezca lo contrario. No me refiero a esos que buscan riquezas, esperan medallas, pregonan consignas vacías, apelan a etapas pasadas mientras las pisotean, a los que siempre inculpan a los otros. Me refiero a quienes confían, incluyen y tributan a la historia aportando al presente y legando lo mejor a las generaciones futuras; siempre por medio del cultivo de la rosa blanca martiana. O sea, del amor, de la libertad, de la patria. Confío en ellos.

En nuestras manos está salir de los males que arrastramos y empezar a construir esa Cuba martiana, humanista. En ella la opinión y la comprensión deben expresarse en diálogo; el coraje y el respeto en libertad; la pasión y la firmeza en amor; y finalmente el amor, la libertad y el diálogo en Patria. Espero por esos cubanos cultivadores de la rosa blanca. ¿Llegarán a tiempo?  

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